Una cosa es dirigir un Otello de forma más "Wagnerizante" o afrontar el bel canto (o el post belcanto ojo, de Donizetti ya claramente preverdiano) con alguna licencia acercándose más a la verdad dramática (tengo un artículo estupendo de Gualerzi en el libro programa de La Scala cuando ví la despedida de Devia en Lucia, en el que afirma que la creación de la Callas es más Verdiana que belcantista o Donizettiana, pero sin dejar de valorar su grandeza y l aimportancia histórica de su interpretación) y otra ver esas fotos de Aida de Bieito que me producen horror y repugnancia desde el primer momento. Lo primero es una opción que puede producir un debate más o menos polémico, pero el intérprete se ha basado en elementos que están en la obra, lo segundo me impediría de salida disfrutar de la música y me tendría que ir como el que huye de un cubo de detritus maloliente. No hay nada de Verdi, ni de Aida, ni de Ghislanzoni, nada elevado, ni rastro de algo bello, áulico o sublime ... "Mi fa ribrezzo"
Una cosa es pretender que se toque con instrumentos de tripa como exigen los historicistas radicales, que además tienen una vis expansiva tremenda (lo mío no me lo toquen pero mis principios los pretendo extender a todo repertorio) y otra que se respeten los mínimos esenciales de una obra, que en caso contrario, la
hacen irreconocible como sucede con muchísimas puestas en escena actuales. Es como los personajes famosos que de tantas operaciones estéticas ya no les conoce ni su madre.
Además, insisto una vez más, el melodrama romántico italiano decimonónico no acepta, ni le sienta bien el konzept y las dramaturgias paralelas. Requiere, principalmente, cantantes excepcionales para las que están previstas las partituras, un gran director de orquesta que acompañe y estimule a las voces, cree atmóferas, clímax y tensión teatral y, en fin, puestas en escenas que permitan seguir la obra sin libros de instrucciones, ni delirios, potencien las situaciones dramáticas, si son estéticamente bellas mejor, y no molesten al canto, la prestación de los artistas (esos saltos, movimientos espasmódicos, equilibrismos varios a que se ven sometidos) y la escucha del público (ruidos de todo pelaje, gritos lacerantes, carcajadas absurdas, cascotes que vuelan, tableteo de ametralladoras,...)
Lo de Jacobs no se lo perdono al Sr. Siddharta
