Acabo de terminar un reciente
Attila, de Viena, de hace sólo unos días. Para variar, poco interesante

. La soprano (Lucrecia García) y el tenor (Schukoff) son un desastre. La primera ha despilfarrado ya tres cuartas partes de su voz cantando un repertorio inclemente con una técnica rudimentaria. Le deben de quedar tres o cuatro notas mínimamente decente. El registro medio-grave es un suponer, ya que lo resuelve en un cuasi
parlato, desarrapado y antimusical. La parte alta es digna de una jaula de grillos. En cuanto al tenor, quiero creer que se encontraba indispuesto, porque la actuación es, literalmente, impresentable.
Algo mejor las voces graves (Belosselsky y Petean), aunque tampoco son ningún goce para los oídos. Sin embargo, lo que más me ha llamado la atención, son los continuos (e insoportables) ruidos durante toda la función. Si hace unos meses hubo quejas por los famosos cascotes que disturbaban el final del
Macbeth, del entrañable Tcherniakov, eso era un maullidito de nada comparado con esto. Hay caceroladas, gritos, tiros, risas, descargas de metralleta y gansadas por doquier. Y todo ello, como digo, durante la ejecución de la música. Para que la fiesta sea completa, también hay todo lo contrario: durante la cabaletta del barítono, se detiene la música con un súbito silencio, se supone que por exigencias "dramatúrgicas". Se podría decir, como en
La verbena de la Paloma, que "son cosas de estos tiempos", pero me pregunto si de verdad no hay nadie que pare esto...
