
Inauguración de la temporada del centenario de la Arena de Verona con el título fetiche del festival:
Aida. No han escatimado en gastos y han tirado la casa por la ventana, sobre todo en el aspecto escénico, encargando la nueva producción a La Fura dels Baus. La propuesta escénica y la dirección orquestal de Omar Wellber es lo mejor de esta función.
La producción de La Fura me parece un nuevo acierto operístico del grupo catalán, que vuelve a desplegar su habitual fantasía visual, llena de plasticidad y de exhuberancia mediterránea, pero al mismo tiempo siendo fieles al texto. Una manera muy personal de enlazar pasado, presente y futuro. Es verdad que se desentienden, como también suele ser habitual en ellos, de la parte dramática del asunto, pero para eso ya está Verdi, así que mejor no tocarlo

. Y buena también la propuesta musical de Omar Wellber, detallista y cuidadosa en timbres, matices y dinámicas. Quizás le falte algo de pulso teatral, pero todo se andará. En general, no he oído hablar bien de este director, pero en las dos cosas que he visto suyas, esta
Aida y el
Onegin valenciano, me ha parecido un tipo interesante y a tener en cuenta.
La parte vocal de la función, en cambio, deja bastante que desear. La protagonista, la china Hui He, es una voz importante, pero inflada de manera exagerada, lo que provoca descontrol y malgasto en la administración del aire, y como consecuencia unos fiatos cortísimos, todo lo cual quedó de manifiesto en el tremendo naufragio habido a orillas del Nilo, con el
O patria mia. La veterana Giovanna Casolla se mete en un berenjenal ella sola al asumir un papel como Amneris, que exige frasear continuamente en el registro medio-grave, zona donde la soprano napolitana está ahogada por falta de anchura y de sustancia. En cambio, cuando la voz se va arriba, todavía hay sonidos con muy buena pegada.
Otro que se mete en camisa de once varas es Fabio Sartori al debutar un papel como Radames para el que no está capacitado ni por voz ni por técnica. Canta continuamente sofocado y con sonidos sucios, y apenas aparecen esos fulgores en el agudo que suelen salvar otras prestaciones suyas. Rigurosamente sólo apto para sordos el Amonasro de Ambrogio Maestri, un cantante que no sé si algún día aprenderá a relajar y abrir la garganta

. El único punto positivo de la velada es descubrir a un cantante que no conocía: Adrian Sampetrean, un bajo rumano de apenas 30 años. No es nada del otro mundo, la voz es más baritonal que de bajo, y está muy retrasada, pero por lo menos hay sonidos aterciopelados y no los habituales rugidos de ultratumba de muchos bajos de hoy en día.