Carl Tunner escribió:
Cuando sales de esta ópera sin un nudo en la garganta, sin dolor de estómago, sin estremecimiento por todo el cuerpo...
Está claro que si el espectador busca esas sensaciones en este Wozzeck, no las va a encontrar. Cambreling y Marthaler hacen una lectura cerebral sofisticada de esta obra maestra y huyen conscientemente de subrayar sus elementos más violentos. Precisamente se criticó a Bieito que su visión de Wozzeck era redundante, porque añadía elementos sórdidos a un drama que ya va al máximo en la partitura y en el libreto. Marthaler hace lo contrario: coloca Wozzeck en un no-lugar posindustrial, en un reino de la monotonía, un espacio que parece inmune a la tragedia.
Cambreling le da la réplica perfecta y disecciona la partitura (me recuerda siempre al estilo de directores como Boulez o Salonen), la expone analíticamente ante el espectador, hace sonar cada detalle, cuidando los volúmenes de cada sección y estirando algunos tempi. También evita el efectismo en algunos pasajes, sin traicionar la monumentalidad de la partitura. Por ejemplo, amortigua la explosión orquestal de la puesta de sol en la II Escena (todo lo contrario que el espectacular caos sonoro que desatan Abbado o Barenboim, por ejemplo), pero sin rebajar un ápice la tensión. Impresionante cómo logra que se oiga a todos los músicos y cómo construye las escalas de tensión de un modo meticuloso y exhaustivo, como en el maravilloso último interludio, que fue sencillamente magistral. La orquesta del Real sonó muy bien, en la línea de sus mejores actuaciones recientes. Llevaba un año sin escucharla, con el oído ya hecho a la orquesta de la Royal Opera House, y he de decir que la orquesta del Real no tiene nada que envidiar.
Me sorprende la unanimidad en los comentarios críticos con
Marthaler. Creo que es una puesta brillante, una relectura escalofriante de la obra. Su principal objetivo es mostrar una separación radical entre el mundo de los adultos, corrupto, enfermo y mezquino, y el mundo de sus hijos, que juegan ajenos a la sordidez central (nosotros especadortes la vemos porque somos adultos). Viebrok diseña para ello una gran nave de fabricación barata, casi una carpa, que durante el día es un campo de juegos infantil (aunque sólo lo vemos tras los cristales laterales que lo separan de la desolada cafetería donde los padres esperan a sus hijos, que ocupa el centro de la escena) mientras que por la noche es una aún más sórdida taberna, o tal vez un centro de acogida. Wozzeck trabaja en ambos, apenas duerme, y con sus carreras habituales recoge todo para que la transición entre la noche y el día sea perfecta, para que los niños puedan ocupar el lugar de los mayores. Vive entre el día y la noche (como esos momentos, como recuerda Thomas Mann, en los que anochece o amenece y se puede ver al mismo tiempo, con una luz ténue, la luna y el sol), entre ambos mundos, los adultos y los niños, sin pertenecer a ninguno de ellos. Es padre incapaz de ser padre, amante incapaz de ser amante, niño incapaz de ser hombre. Esta dicotomía perfectamente mostrada por Marthaler y Viebrok está muy presente en el libreto y la música, extremadamente descriptivos en lo tocante a los momentos del día y la luz. Pues bien, después de insistir durante toda la obra en esa división, que amplifica el papel que en el libreto desempeña el hijo de Wozzeck, espectador inocente del drama abstracto de sus padres y que en el fondo es un rayo de esperanza (los niños no son como los adultos), Marthaler destruye esa ilusión de un plumazo con la estremecedora escena final, injustamente criticada (ya había abierto una pequeña brecha antes, en la escena de la taberna, con el padre que emborracha a su hijo en la primera mesa). La penúltima escena acaba a oscuras, apenas intuimos al doctor y al capitán y sólo oímos, por sus bocas, los últimos chapoteos de Wozzeck. De pronto para el último interludio la escena se ilumina con una luz fría, fluorescente, y en las mismas mesas ocupadas por los adultos durante toda la obra aparecen los niños mirando al frente, inmóviles. Los hijos en el mismo lugar que sus padres, condenados a repetir un mismo ciclo. No hay esperanza, no hay renovación ni mejora. Estamos en 1925 y ya no hay progreso. Estamos en 2013 y ya no hay progreso. Los niños pobres sudan por la noche, los niños pobres no pueden ser adultos, si fueran hijos de caballeros podrían permitirse ser virtuosos. El campo de juegos para niños pobres es una ilusión de bienestar, una integración falaz, un espejismo que oculta y adormece. Y lo mejor de todo es que Marthaler no nos vende su libro. Lo deja ahí, sutilmente. Y he leído por ahí que esta puesta anula el contenido de desgarro social y crítica a las jerarquías que hay en la obra! Todo lo contrario, es demoledor. No hay esperanza.
A nivel vocal hubo de todo. Creo que
Keenlyside hace un trabajo admirable. Supera su inadecuación vocal con bastante arte, aunque la escritura de Wozzeck es inclemente y penaliza a un barítono lírico como él. Durante el I Acto peleó por hacerse oir, sobre todo en la mitad grave de su voz, sorda y mal proyectada. Sin embargo, el fraseo y la acentuación son exhaustivos, el texto está trabajado hasta el extremo. Y es cierto que es un gran actor y que casi podemos hablar de encarnación del personaje. El problema es que, bien por reflejo de anteriores interpretaciones del papel (lo canta bastante ahora) o bien por contradictorias indicaciones del director en esta ocasión, hace un Wozzeck algo histriónico, con demasiados tics. Es loable cómo mantiene la concentración para hacerlo creíble, pero me gustan más interpretaciones menos redundantes, que no alejen al personaje al pintarlo como un enfermo sin remedio, sino que, al estilo de Grundheber, lo acerquen al espectador. Pero me gustó mucho. Nadja
Michael estuvo mal, todo en forte, sin una sola modulación, descubierto, gritado, desdibujado. Marie es muchísimo más. Del resto ya se ha comentado bastante y estoy en general de acuerdo.
Hay muchas formas de representar Wozzeck, una obra lo suficientemente implantada en el repertorio como para que no nos tegamos que quedar en una primera lectura visceral y directa. Identificar ópera y melodrama es bastante reduccionista y desde luego no le hace ningún favor a una ópera compleja, envenenada, cínica y desesperada como Wozzeck. Lo único que hay en común entre dos obras contemporáneas como Il Tabarro y Wozzeck es que Gobbi perpetró las dos. La ópera debe emocionar, pero hay muchas emociones posibles.