Die schwarze Spinne (la araña negra) de Gotthelf. Un cuento de terror (con intención apologética cristiana) que muy bien podrían trasladar al cine
Carpenter o Darabont.
Gotthelf era un novelista y clérigo suizo que escribió novelas costumbristas, de ambiente rural, en las que la virtud suele recibir su
justa recompensa. Es decir, le iba la literatura de fantasía.
Pero esta obra es otra cosa. En su efecto sobre el lector actual, es una novelita de terror. En su propósito, es una parábola de trasfondo
faústico: los habitantes de una villa, obligados por el señor del lugar a emprender un trabajo imposible (trasplantar árboles) que les
aparta de las tareas de la cosecha que les protegerán del hambre cuando llegue el invierno, aceptan la propuesta de un extraño cazador, que se
ofrece a sacarlos del apuro a cambio de la entrega de un niño sin bautizar.
Los lugareños rechazan el pacto, pero una joven, Christine, lo acepta por su cuenta para salvar al pueblo. El pacto se sella con un
beso del cazador (todo esto recuerda la escena de Eva con la serpiente genesíaca) en la mejilla de la muchacha, que dejará una marca que, poco a poco, irá tomando la
forma de una araña. Los habitantes del pueblo, que aceptaron con alivio los beneficios del pacto, al acercarse el momento del pago convenido, acusan a
Christine de haber actúado a sus espaldas y, para engañar al diablo, bautizan de inmediato al primer niño recién nacido. Las cosas, por supuesto,
no quedan aquí: una plaga de arañas ataca la comarca. Y la marca en la mejilla de Christine se hace cada vez mayor y más vívida. Aquí paro. Sólo
una pista: araña gigante.

Thomas Mann decía admirar esta obra de forma ilimitada.
Hay edición en español en letras universales de Cátedra (no sé si ya está publicada; la he visto en el catálogo).
Kleider machen Leute (el vestido hace al hombre), de Keller, otro suizo y otra fábula, en la que un pobre sastre, por una confusión que él no ha buscado, es acogido en un
pueblo como si se tratara de un misterioso conde polaco y se entrega a una vida de regalo.
Este motivo de la confusión al estimar la posición social de un personaje se ve mucho en
la literatura alemana. También en la realidad (el caso del famoso capitán de Köpenick, dramatizado luego por Zuckmayer;
la película el último de Murnau también tiene mucho que ver con esta cuestión de que el vestido hace al hombre).
También en Peter Schlemihl, de Chamisso, el protagonista, que ha cedido su sombra al oscuro, es confundido por el Rey de Prusia que, supuestamente, viaja de
incógnito. Sin duda, Keller tuvo en cuenta este precedente.
Keller era un borracho estricto y minucioso, que dependía de su madre para subsistir (una madre que valoraba en poco los empeños literarios del hijo) y que
consiguió una plaza de funcionario, gracias a su fama literaria, demasiado tarde para salvar su sentido de la autoestima.
Es también autor de una de las grandes novelas de la literatura en lengua alemana: Enrique el Verde.
Hoffmann, en la aventura de una noche de San Silvestre también alude expresamente al cuento de Chamisso. Su personaje, en vez de desprenderse de
su sombra, cede (por amor, no por dinero) su reflejo en el espejo, y queda despojado de su alter ego especular, como si de un vampiro se tratara.
Por cierto, algunos aspectos de la maravillosa novela de vampiros Carmilla, de Sheridan LeFanu, son muy similares a la muy anterior Vampir-
Geschichte, de Hoffmann. En este cuento, el terror es más brutal que en Carmilla. La vampira llega a cometer actos de canibalismo.
Ya puestos en literatura vampírica, también he leído una fascinante balada sobre el asunto de Goethe, la Novia de Corinto.
Un pasaje (perdón por lo pedestre de la versión española, es para que se entienda de qué va la cosa):
Liebe schließet fester sie zusammen,
Tränen mischen sich in ihre Lust;
Gierig saugt sie seines Mundes Flammen,
Eins ist nur im andern sich bewußt.
Seine Liebeswut
Wärmt iht starres Blut;
Doch es schlägt kein Herz in ihrer Brust.
El amor los une con firmeza
las lágrimas se mezclan en su pasión;
con codicia absorbe ella las llamas de su boca
y él confunde sus pensamientos en los de ella.
El pujante amor del joven
calienta la fría sangre de la doncella,
en cuyo pecho no late un corazón.