Nadie discute el interés del Rigoletto de Dieskau y hay que conocerlo porque, además, la dirección de Kubelik es fascinante y el resto del elenco sobresaliente, pero tampoco es de recibo ridiculizar a un señor que lleva casi 500 Rigolettos en teatro (y no en Carrión de los Condes, sino en todos los grandes teatros sin excepción y en un arco temporal de más de 30 años) y lleva muchos años siendo el mejor en el papel y el primero en la lista teatral de muchos aficionados, que por edad, no hemos podido ver a Cappuccilli, MacNeil, Stracciari o Danise. Y además es italiano.Tiene guasa que tenga que defender a un señor como Nucci, que nunca ha sido santo de mi devoción.
Pero, también hay muchos elementos en ese Rigoletto de Dieskau que me molestan. Timbre blanquecino y mate, falto de empaste, de mordiente, de squillo (difícilmente perdonable en ópera italiana), excesivo alambicamiento, cáalculo y falta de espontaneidad (también fuera de juego en repertorio italiano), unos modos poco idiomáticos y, en fin, excesiva filosofía e intelectualidad liederística y alemana.
Y todo ello ha sido también apuntado por grandes conocedores del canto y la ópera, no sólo son "locuras de tifosi":
Me gusta mucho lo escrito por Gonzalo Badenes al referirse a las críticas que a partir de las interpretaciones verdianas de Dieskau recibieron los "barítonos italianos de batalla" (tipo Protti) habituales en los teatros y también en grabaciones de esos años:
"Con sospechosa reiteración leemos críticas demoledoras a estas grabaciones, escritas desde el prisma de las versiones realizadas por Fischer-Dieskau. No nos engañemos: el genial artista Berlinés, a diferencia de sus colegas italianos, abordó dichos personajes a partir de un estudio minucioso de las partituras, más bajo
las condiciones impuestas por la propia limitación física de su instrumento, mucho más apto para el microcosmos del lied que para el despliegue teatral del escenario operístico. Por el contrario, voces robustas y proclives al descontrol lograron el éxito popular merced a su aproximación macróscopica y por ende, a veces epidérmica a personajes
cuya vertiente intelectual es en todo caso, un producto de la sofisticación estética a que lleva el consumo excesivo del disco, cuando este medio se convierte en el único punto de referencia para apreciar el arte musical." Ahí está la clave. Vamos, el mesacamillismo frente a los amantes del teatro.
