Pero señor mitchum, si a usted le interesan 70 años de 400 de historia de la ópera, y además interpretados según unos criterios estéticos muy concretos, es normal que no encuentre contento en esta programación (ni en muchas otras).
En mi casa hasta el culo me descansa, que decía Chus Lampreave.
Lo que quiero decir es que Mortier se ha quedado anclado en los 80. Si incluso cuando va a estrenar una ópera nueva lo hace con una de Glass, que lleva casi 40 años componiendo. En dos años de programaciones no ha habido ningún espectáculo que sorprendiera al público tanto como en su día lo hicieron el San Francisco de Sellars, o los trabajos con los Hermann o Wernicke, o las primeras óperas con la Fura. En su etapa de Bruselas y Salzburgo todo el mundo miraba a Mortier para ver las nuevas tendencias de la ópera. Hoy ya no. Todo, incluso lo más interesante, está ya visto. Ya no le quedan reflejos para seguir sorprendiendo. No es gravísimo, me parece un excelente gestor y tanto esta temporada como la que viene son muy buenas (mejores que la primera de Moral, a la altura de la segunda y algo por debajo de la última, por poner un ejemplo). Pero no se ha vendido sólo como un buen gestor, y su trayectoria anterior hacía esperar algo más que todavía no ha sucedido.
Sí que vino con una idea de renovar los públicos y buscar conexiones con otros mundos culturales. En cierto modo lo consiguió con Abramovic, de la que todo el Madrid cultural hablaba y que agotó enseguida todas las entradas. Entusiasmó a un público que nunca había pisado el Real. Pero a diferencia de lo que hacía en los 80 y 90, no llevó a otros públicos al terreno de la ópera, sino que llevó la ópera al terreno de otros públicos, ofreciendo un espectáculo vacío de contenido, que no aportaba nada a la ópera como género y que sólo tenía interés desde un punto de vista estrictamente teatral y visual.
Si la intención de Mortier era seguir renovando la ópera y conectar con otros públicos, no se han cumplido todavía ninguno de los dos objetivos. Si lo que pretendía era presentar un proyecto interesante, bajo unos presupuestos estéticos con los que yo conecto (importancia de la escena, del todo global, con una visión ambiciosa del género), para un teatro medio como el Real; entonces va por el buen camino.