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Ya sé que tampoco es para la historia, pero llevamos tres funciones y ¿nadie se anima a decir algo de "Ainadamar"?
Lo que más me interesaba en la función de anoche era la obra. Que había escuchado bastante en el disco y no me parece, como dicen los ingleses, para escribir a casa sobre ella. Y temo que ayer en vivo se confirmó la impresión.
Ainadamar me parece, básicamente, una obra tramposa. Me pasa como con –y siento hacer saltar a los que consideran esta una obra maestra- los “Carmina” de Orff. Efectista pero vacía. Se escucha bien, sí, incluso sale uno del teatro canturreando “ay que día tan triste en Graná” . Pero no tiene la menor emoción, ningún dramatismo, nada de tensión… Mucho flamenco y algo de ritmo caribeño, hasta sonidos mediorientales a veces, pero ninguna gracia, la menor fuerza. Por no hablar de algunos números (el trío anterior a la muerte de Margarita) que se me hicieron abiertamente aburridísimos.
De las voces esta vez no hablo y no porque fueran amplificadas –y mal, como ahora explico- sino porque la impresión es que ninguna (bueno, salvo Nuria Rial que me encanta pero tampoco tiene un papelón) era digna de unas representaciones que debieran haber sido eso que ahora se llama históricas, por la incorporación de Nuria Espert y los poemas recitados por ella (y muy bien integrados en la música, dicho sea de paso). Ni siquiera, lamento decirlo, la de la propia Espert, que incluso amplificada pareció tener algo de afonía y de hecho, amplificada y todo, la orquesta se la comió en uno de los poemas hacia la mitad de la obra hasta hacerlo casi inaudible.
Lo que me lleva a uno de los responsables, más allá de Golijov, de que ayer saliera fumando en pipa: el Pichón. No es broma, lo dice el programa: “Ingeniero de sonido: Pichón Dal Pont”. Bueno, pues este señor, muy sentadito en su mesa de mezclas, no dio una. Ya digo que tapó a Nuria Espert, dio volumen hasta la exasperación al cantaor flamenco que era el único que probablemente habría llenado el teatro de voz natural, hizo imperceptible el efecto en que los disparos del fusilamiento y los casquillos al caer se van transformando en el ritmo del zapateado que sigue, igual que arruinó los discursos de Millán Astray, que son tan dramáticos en sí mismos que constituyen uno de los momentos de mayor tensión de la obra con su sola lectura, ¡pero que no se entendían a fuerza de volumen distorsionado!. Un desastre, francamente.
Tampoco esta vez me llenó Sellars. Quizá porque prefiero la simplicidad del decorado “alla Iolanta” que el abigarrado muralismo mexicano de esta vez. Aunque la verdad es que cuando sobre el “Yo soy la libertad” de Margarita se abre el telón de fondo para que se vea la plaza y en ella, como si estuviera ensayado, una panda de adolescentes montando en patines y bicicletas, una pareja haciendo arrumacos… ese momento resultó lo único verdaderamente emocionante de la noche.
Hasta Alejo Pérez distó mucho de concertar y más bien contribuyó al desconcierto: entradas a destiempo, desajustes entre coro y solistas… en fin, no se si era por luchar contra la electrónica del Pichón, que era como luchar contra los elementos, pero tampoco estuvo anoche nada fino. Al final aplausitos de cortesía para todos, algo más intensos con la Espert, y en tres minutos a la calle. Las 10:30 y sol.
Total, una ópera mona para introducirse sin sobresaltos en eso que se llama “ópera contemporánea”. Pero la entrada usada no da derecho a pedir la admisión en el “lado oscuro”. Pero ya queda menos para el “Moises y Aron´”.
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