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Suscribo la pésima dirección musical de Pablo Pérez anoche, anodina, sin personalidad, sin fantasía, lenta hasta la exasperación... Especialmente triste la lectura tan plana de Che gelida manina, yo incluso desconecté a mitad del aria. Pero en su defensa diré que el cast que cantó ayer había ensayo UN SÓLO DÍA (el día 14), y que tampoco se pueden hacer maravillas ante eso. Había visto el primer reparto y, aun acusando la misma lectura impersonal de la obra, sí que había mucha más química, mucha más magia... Y desde luego no los desajustes de ayer, que rozaron lo ridículo en muchos momentos.
El señor Ódena se adelantó unos tres compases a la orquesta (Domandatelo a me: il suo nome è Musetta) y Arteta, que tendrá montado el papel a partir de la línea de Marcello, le seguía. Pablo Pérez estaba desesperado en el atril y pedía a los músicos que van subrayando la melodía (va cambiando de instrumento en instrumento) que tocaran más fuerte a ver si los cantantes se daban cuenta, lo cual era casi peor, puesto que se evidenciaba el desfase, pero no había manera. La cosa no se arregló hasta la pausa orquestal (Aspetta... Ehi, camerier!). El momento fue, como digo, ridículo. También la señora Gheorghiu se adelantó lo suyo en los addio addio del final de su segunda aria, pero no fue tan evidente.
Gheorghiu se mostró tal y como es: Un timbre bellísimo, muy coloreado, una voz algo pequeña sin nada de mordiente y sin oler el slancio, que sube con cierta facilidad (aunque es incapaz de matizar por encima del fa4 y todo lo canta en forte, y el do5 de final de acto I fue un alarido en toda regla) y que por abajo no da una sola nota impostada, aunque es cierto tiene bastante resuelto el paso y consigue pasar el trance con maestría. Pero también mostró que es una gran estrella, que tiene un magnetismo y una personalidad arrolladora, que sabe estar en el escenario y que saca todas las castañas del fuego. Realmente superaba en tablas a todos los demás juntos. Empezó algo fría, con evidentes problemas para frasear en su escena de entrada (la voz iba cambiando la posición en cada vocal), pero realmente sacó todo su paleta de colores en su primer aria, fabulosa. El tercer acto estuvo bastante entregada en lo vocal, rozando el verismo en el duo con Marcello (de hecho se saltó los mordientes y grupettos que Puccini coloca para, precisamente, evitar que la soprano se desboque) y de nuevo echó la carne en el asador en su segundo aria, a pesar de, como he mencionado ya, las prisas por acabar. Todos sabemos que Gheorghiu no mira al director jamás, así que se recreó todo lo que quiso en los últimos compases del cuarteto, embelesadísima como estaba con Saimir Pirgu, mirándose a los ojos, respirando juntos... y alargando agónicamente el acto III. En el IV apareció incomprensiblemente vestida de calle (?): una cosa es que el Liceu le permita usar su guardarropa personal y otro que se plante una chaqueta cruzada medio japonesa... aquello parecía un ensayo a la italiana. En fín, más allá de la anécdota, estuvo realmente bien en lo vocal, llenando de sollocitos y lagrimitas el espacio que le quedaba entre nota y nota, y muriendo como se espera de una estrella: dejando sin respiración al público. Yo, tengo que decirlo, disfruté muchísimo. Escénicamente hace lo que le da la gana hasta el punto de estar fuera del luz la mitad de la obra (peor para ella, en el acto III no le vimos la cara ni una vez, estaba completamente en sombra), pero conoce perfectamente el papel y consigue recrear magistralmente a la vecinita de en frente. Divertidísimo el SHHHHHH!!!! que lanza a Rodolfo en la interrupción de sus amigos previa al O soave fanciulla.
En el punto opuesto está Cedolins. Cedolins no huele el personaje y se queda en lo ñoño sin buscar la picaresca, pero vocalmente hizo una creación impecable de la partitura de Puccini. La voz tiene mucha más prescencia, mejor proyectada, más homogénea, más mórbida, siempre de un timbre algo marciano y una colocación muy poco palatar, pero, en su extravagancia, muy atractiva. Se mostró generosa, atenta a la música y desplegó todos sus recursos. Memorable los ataques en pianissimo en su primer aria (di priiiiiiimavera), muy a lo Caballé, así como el do5 final de acto I, que atacó en pianissimo desde el centro del escenario (Gheorghiu se escondió para su momento chiíta), con algún atisbo de quiebra pero manejando la situación.
Es imposible comparar a Vargas, en estado de gracia a pesar de los años que lleva cantando, con Pirgu. Vargas no es una voz grande, pero es una grandísima voz, y conoce el personaje al dedillo. Colocadísimo, sobrado de medios, con un timbre de una belleza increíble (y eso que jamás he podido soportarlo en cd...), sentó cátedra en SU rol. Pirgu es más joven, más ardiente, más dinámico, pero con un instrumento paupérrimo, sin nada de metal, un vibratto lento insoportable y unos agudos cogidos con pinzas y completamente calantes.
Maltman no es un cantante para repertorio italiano más allá de su personalísima versión de Don Giovanni, pero estuvo muy bien. Su voz tiene una proyección espectacular y es realmente envolvente, muy en la línea de Cedolins o de otros cantantes como Carlos Álvarez o Ewa Podles, pero a pesar del buen tamaño conseguía manejarla con una gran ductilidad y crear unas dinámicas muy teatrales. Ódena, sin embargo, de voz más con más empaste y metal, más noble, no canta nada que no sea en forte. El timbre es excepcional, en algunos momentos recordaba a un joven Joan Pons con algo más de pinch que el menorquí, que nunca tuvo una voz netamente argentina, pero a pesar de la superioridad en el color, se quedó a años luz del inglés como intérprete. No repetiré su lamentable error del segundo acto.
Arteta, desde que trabaja con Ruth Falcon ha desarrollado una voz de una gran morbidez (la colocación altísima vuelve al timbre realmente brillante en el agudo) y un tamaño que, en ocasiones, casi va en su contra, puesto que le impide atacar con naturalidad las muchísimas mini-intervenciones a lo largo del acto II, aunque es capaz de marcarse desde un apabullante vals hasta unas intimísimas últimas palabras a Mimí antes de su muerte (todo en ppp, fabulosa). Pero por mucho que haya trabajado, la voz sigue acusando los mismos problemas de toda la vida: el timbre es realmente feo y aniñado y como intérprete no es que no exista, es que lo poco que existe es mejor que no existiera. No comprende nada de su personaje y está anclada en una gestualidad de pre-guerra de una cursilería irrisoria. Por cierto, que ya puestos Falcon debería enseñarle a gritar y reírse: los músicos de la orquesta, que como no ven quien canta sólo reconocen los timbres, se mofaban de ella por sus portamentos ayeguados a la hora de chillar, y desde luego tienen razones para ello. Mejor el día que la vi en primer reparto que en segundo.
Carlo Colombara es un lujazo y canta con una facilidad aplastante y un timbre precioso su aria. Bermúdez, a pesar de las ganas que le pone, el grato timbre y sus dotes actorales, tiene un cuarto de voz de Colombara y nada de su squillo, por lo que quedan muy descompensados. Por cierto que en ambas funciones se quedó calante en el ma si pranza fuor! para luego hacer un portamento, pero canta tan bajito que no se perciben ni los errores.
No hablaré más de Pablo Pérez que lo expuesto al principio de mi crónica. La orquesta del Liceu todos sabemos cómo es, pero la sección de viento sonó mucho mejor aquí que en Le Nozze. Siempre me ha molestado del coro el poco empaste que tiene, sobre todo las féminas. Posiblemente las voces sean individuales mucho mejor que las del actual coro del Real, pero precisamente por se tiene siempre la sensación de estar frente a muchos solistas cantando juntos, nunca un sonido propiamente de coro.
La producción, que ya había visto tres veces en Madrid, recupera la primera versión del estreno en el Real y elimina el cambio final del DVD, para mí perfectamente prescindible. Para mi gusto el cambio de acto es mucho más espectacular en el coliseo madrileño (bajada a foso en vez de al lateral), y de hecho yo diría que la buhardilla es más pequeña en Liceu, pero aun así realmente resulta un prodigio cuando lo ves en directo. A mí, sin ser del tipo de teatro que acostumbro a consumir, es una producción que me gusta muchísimo, está muy bien dirigida, llena de detalles, muy cinematográfica, responde perfectamente a lo que plantea y es bellísima de ver, más incluso que Zefirelli en Scala-Met. Tienes todo el rato la sensación de estar viendo celuloide. Si La boheme como obra supuso la invención de la música de cine antes de que existiera el cine, la producción de Del Monaco fue cine en 3D antes de que existiera el cine en 3D, y a mí me sigue transportando quince años después de verla por primera vez (con 11 años, una noche de diciembre por RTVE) al mundo impresionista del barrio latino que dibuja Puccini en su partitura.
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