Las cosas no fueron tan fáciles como Holmes había esperado. Nos presentamos sin previo aviso en casa de Borkmeier, un individuo fornido de mirada huidiza que vivía en un elegante barrio residencial a las afueras de Munich. Pillamos al cantante a punto de merendarse una salchicha bratwurst matrícula de honor. Supongo que fue por la interrupción por lo que se negó en redondo a colaborar. Al principio, Holmes alternó hábilmente la persuasión con la amenaza pero, harto ya, recurrió a la tortura:
- Señor Borkmeier, no me deja elección –dijo. Y con rápido gesto le arrebató el bocadillo- A menos que desembuche ahora mismo, este peazo bocata de salchicha se lo zampa mi amigo Watson, que lleva haciéndole ojitos desde que entramos aquí.
- ¡Pero Holmes! –exclamamos al unísono Borkmeier y yo, solidariamente indignados.
Borkmeier, sin embargo, bajó la cabeza, vencido.
- De acuerdo. ¿Qué quieren saber?
- Podría empezar por contarnos la génesis de la ópera.
- ¿La génesis? ¿Qué génesis?
- Ya sabe. Por qué Orff decidió componer una historia sobre la luna, y todo eso.
- ¡Ah! ¡Bah! No tiene nada de raro. -Y empezó a contar, evitando mirarnos-: Orff, como tantos niños alemanes, tenía la colección de cuentos de los Grimm y allí salía ése de la luna. Ya conocen ustedes la tradición compositiva alemana, empezando en “Zauberflöte”, siguiendo con “Freischütz”, y llegando hasta Wagner y su “Ring”, sobre la naturaleza, sus elementos, sus fuerzas, y entre ellos, cómo no, la luna. Orff siguió esa tradición y acabó por implicarse en un complejo proceso de fusión cultural de la leyenda, el cuento, la danza y la canción. Por otra parte, a Orff la cosmología siempre le interesó mucho. Algo influiría, supongo, el tener un abuelo astrónomo. Pueden confirmar lo que digo. En “Carmina Burana”, tiempo le faltó para sacar la luna a relucir, nunca mejor dicho:
DivShare File - Carmina Burana_ Comienzo.mp3O Fortuna velut luna | s | ¡Oh, Fortuna, variable como la luna! |
Holmes, que había mantenido la delicatessen entre Borkmeier y yo, la alejó poco a poco del cantante y la acercó a mi posición.
- Todo esto está muy bien –dijo-. Pero cuénteme algo que no sepa. Usted conoció a Orff durante los ensayos de “Der Mond”. Algo más sabrá, algo le diría.
La bratwurst reanudó su trayecto hacia mí. Ya me llegaba el olorcillo. Delicioso, sencillamente deli...
- ¡Espere! –gritó Borkmeier. El manjar quedó quieto, flotando en el aire- Hay otra cosa... De niño, a Orff le regalaron un juguete, un teatrillo de marionetas. El tenía una predisposición innata para el teatro, y ese juguete pronto se convirtió en su preferido. Además, los teatros de marionetas también son una auténtica tradición en Alemania. Bueno, pues cuando pensó en componer música escénica para el cuento de los Grimm, su primera idea fue que se representase en un teatro de esos. Pero la obra era muy complicada para unas simples marionetas, pues tiene tres niveles de acción: la tierra, el cielo y el inframundo. Y Orff comprendió pronto que sólo un escenario de ópera grande podía atender los requerimientos escénicos.
- Eso ya está mejor. Prosiga.
- Esto... Como lo que más problemas le daba era la cuestión escénica, lo primero que creó no fue ni el texto ni la música, sino el diseño de la escena. El marco para la acción, vaya. Orff tenía ideas muy claras y concretas al respecto: la escena debía estar dividida horizontalmente en dos mitades: tierra e inframundo. A su vez, un avellano tenía que dividir la tierra en dos países, prácticamente idénticos, a izquierda y derecha del árbol, con sus respectivas hosterías. Una escalera conduciría al inframundo, que sería una gran gruta abovedada. Todo eso lo decidió antes de ponerse a componer. Por eso, cuando Clemens Krauss fue a verle, el libreto y la partitura estaban todavía muy verdes.
Holmes estaba ahora realmente interesado. Vi, desilusionado, cómo la magnífica bratwurst se alejaba definitivamente de mi área de influencia y regresaba a la de Borkmeier.
- ¿Krauss fue a ver a Orff?
- Sí. Le gustó mucho el proyecto y se ofreció a dirigirlo él mismo. Todo un honor para Orff, claro, ya que por entonces, Krauss era director residente de la ópera de Munich. Un gerifalte musical. En esos años, el 37, el 38... Usted ya me entiende. Orff no daba crédito a su buena suerte, así que se puso las pilas y escribió el libreto. Se aplicó a adaptar la fábula de los hermanos Grimm, aunque le añadió mucho de su propia cosecha. Practicamente dobló la extensión del cuento.
- Y después, Orff compuso la música de la ópera.
- Bueno, ópera, lo que se dice ópera... La verdad es que, para una ópera, falta la sustancia real músical. La partitura está compuesta a base de danzas y canciones populares, con incursiones en el dialecto bávaro. Alguien dijo que no es ni ópera ni cantata, ni espectáculo musicalmente ilustrado en el sentido convencional, sino una mezcla de elementos de todos estos géneros. Así que podría ser teatro musical, drama con música... También un singspiel, pues hay fragmentos hablados. Llámenlo ópera si quieren, pero el propio Orff nunca lo hizo; se refirió a ella como “ópera de cámara” o “pequeño teatro del mundo”.
- Bien. Ahora, háblenos del estreno.
- Ahí no hay misterio. Fue el 5 de febrero del 39, en Munich. Un éxito. No un bombazo como los “Carmina Burana” pero éxito, al fin y al cabo. Y eso que a lo largo de la función no lo parecía, porque la obra era muy novedosa en el fondo y en la forma, y parte de la audiencia, que no la entendió, expresó su disgusto con gritos y toses. Una dama se fue del teatro cuando el primer muerto salió del ataúd. Y no digamos nada de las protestas que hubo al ver el alegre bullicio en el inframundo. Sin embargo, al final, tras la bonita melodía de la cítara con toda la orquesta en silencio, sonó un fuerte “¡Bravo!” desde las butacas y el estado de ánimo se dio la vuelta.
- ¿Y después?
- Tuvo un breve periodo de esplendor. Entre febrero de 39 y mayo del 40 se representó en Munich, en Braunschweig, en Gera, en Halle... Pero mientras tanto, estalló la guerra. –Borkmeier apartó la mirada-. Empezaron a llegar ataúdes del frente. Y eso de presentar a los muertos tan contentos, bebiendo y jugando a las cartas, hirió sensibilidades y pasó a considerarse irreverente. Así que ya no se representó más hasta 1947, cuando hubo pasado la guerra.
Holmes devolvió el bocadillo a su propietario, quien lo devoró en cuatro mordiscos para no arriesgarlo de nuevo.
- De acuerdo, Borkmeier. Ahora tenemos que averiguar quién ha robado esa luna, encontrarla y devolvérsela a nuestro cliente. Necesitamos su ayuda para entrar en la ópera.
A Borkmeier se le dilataron las pupilas, la boca se le abrió y el rostro se le contrajo por el miedo.
- ¿Qué? ¡De eso nada! -exclamó.
Y sin darnos tiempo a reaccionar, convirtió en huidiza no sólo la mirada sino su persona toda: dio un brinco y escapó de su propia casa como alma que lleva el diablo. Por un instante Holmes y yo nos quedamos sin saber qué hacer. Sugerí ir a cualquier cervecería y encargar un buen bocadillo de salchicha (lo reconozco: me había entrado el mono), pero mi amigo prefirió registrar el piso por ver si encontrábamos algo que pudiera sernos útil. Buscamos por todas partes: en los cajones del escritorio, en el piano, en el colchón, en los armarios... Nada. Ya estábamos a punto de irnos sin resultados, cuando Holmes descubrió un doble fondo en un barrilete de cerveza que Borkmeier guardaba en la nevera. De allí extrajo la hoja de una partitura. En la parte superior, su propietario había escrito “La clave es la clave”
- ¡Vaya majadería! –exclamé yo al leerlo-. Déjeme decirlo a mí, Holmes. Déjeme decirlo: Elemental...
- Pues fíjese, Watson, que esta ocasión yo no lo diría.
Holmes podía ser muy frustrante a veces.
- ¿Por qué no?
- ¡Oh, porque seguro que la cosa no es tan obvia! –contestó, como ausente- Esta frase, aparentemente absurda, tiene más miga de la que parece.
- ¿Miga? –repliqué, incómodo, pensando aún en el bocadillo- No le sigo.
- La partitura encierra algún enigma, y lo que la frase indica es que lo decisivo para solucionarlo no está en las notas sino en las claves. Volvamos al salón, Watson. Allí la examinaremos mejor.
De nuevo en la pieza principal de la casa, Holmes depositó la hoja sobre la mesa y tras alisarla, fue pasando la lupa por la partitura, de arriba a abajo. Al principio no ocurrió nada, pero cuando llegó a la parte de las violas, única escrita en clave de do, ésta empezó a aumentar de forma imparable. Primero duplicó su tamaño. Un instante después, lo cuadruplicaba. A mí me invadió el pánico cuando comprobé que no sólo la clave, sino que toda la hoja, la partitura entera con pentagrama, notas y claves, desbordaba los límites de la mesa. De pronto, como impulsada por una inexistente corriente de aire, la hoja voló hasta la pared, donde continuó ensanchándose cual si un operario invisible estuviera empapelando el tabique a toda velocidad. La expansión no cesó hasta que la partitura ocupó todo el paramento. La clave, en el extremo izquierdo, había alcanzado la altura de una persona.

Yo estaba sobrecogido, pero Holmes sonreía, flemático.
- Vaya, vaya, con nuestro amigo Borkmeier. Esto debe de ser lo que llaman “la magia de la ópera”. Mire en qué se ha convertido la clave de do. ¿No le recuerda a nada, Watson?
- Semeja una B mayúscula, o un 3 apoyado en una barra vertical.
- ¿Nada más? Estrújese un poco el cerebro, hombre. Usted puede.
Me sentí bastante estúpido contemplando aquella enorme clave sin lograr desentrañar su secreto. Al cabo de un rato, vacilante, aventuré una respuesta:
- Vagamente… Podría ser una puerta.
- ¡Bravo! –aplaudió Holmes- ¡Ese es mi sabueso!
Ante mi asombro, se puso a empujar por el lado derecho de la clave y ésta empezó a abrirse hacia el interior de la pared, como si la barra fuese el marco de una puerta y el 3 la hoja girando sobre la punta a modo de bisagra. Cuando la tuvo totalmente abierta, quedó en la pared un agujero rectangular a cuyo través no se veía sino la negrura más absoluta.

Holmes dijo, haciendo un gesto de invitación:
- Adelante, Watson, pase. ¡Entremos al fantástico mundo de “Der Mond”!