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Decepcionante función de “Elektra”, lo cual me frustra mucho porque es título por el que siento especial predilección. Y la decepción fue debida, sobre todo, a la protagonista (o a la ausencia de ella, para ser exactos), y a las carencias de la dirección orquestal y escénica.
Elektra es un papel que exige una cantante-actriz (o actriz-cantante) de personalidad avasalladora y que se coma el escenario. La señora Goerke, en cambio, no tiene absolutamente nada que decir como actriz, más bien resulta un bulto sospechoso sobre el escenario, y tiene infinitos problemas vocales. Con tal bagaje, el descalabro es monumental, aunque el público la recibió con estruendosas ovaciones, todo hay que decirlo. La voz tiene algo de interés en el centro (en dos o tres notas, no muchas más) pero más por el sonido grueso y tocho, que por auténtica redondez o belleza. El grave es un eructo (y forzado, además) y a partir del primer agudo la voz se descompone en una especie de maullido, taponado en el cogote, que ni corre, ni se expande ni se proyecta. Como personaje, el interés es nulo, como ya he comentado, por falta de intensidad, de fantasía y de personalidad.
Bychkov, como director de orquesta, ha brillado en la parte analítica, haciendo sonar muy bien la orquesta, con claridad, sin que aquello se convirtiera en un mazacote amorfo, detallista en los mil y un efectos de instrumentación, pero le ha faltado tensión en situaciones claves, sin acertar tampoco a recrear esa atmósfera histérica, enrarecida, desquiciante, que es la clave de la obra. No empezó mal (esas trompas misteriosas y con poderío que presentan el monólogo inicial de Elektra), pero luego la obra se le fue yendo de las manos en momentos fundamentales (la escena entre madre e hija; la aparición de Orest y posterior escena con Elektra; la llegada de Egisto; los asesinatos), sobrándole en muchos casos un sonido demasiado envolvente, como de opereta de Strauss (pero del otro, de Johann), brillante y refinado, pero plano, sin aristas, sin pulso.
Pésima la dirección de escena, por no decir inexistente. Los personajes se limitaban a deambular de un sitio a otro en los momentos más dramáticos, o a bailar (con poca gracia, por cierto) en los momentos supuestamente alegres. Las relaciones entre los personajes, fundamentales y básicos en esta obra, brrillaron por su ausencia. Escenas cruciales, de tensión insostenible (enfrentamiento madre-hija; los asesinatos, resueltos como en una fiesta de fin de curso; la escena de Orest y Elektra), o de desenfreno y liberación (como la escena final), fueron presentados en plan andar por casa, sin grandeza, sin la más mínima intensidad, sin la más mínima idea de lo que es el vigor teatral. Tampoco la escenografía (fea, pero eso ya se da por descontado en esta ópera; no todo el mundo va a tener el talento y la originalidad de Wernicke para estilizar un título como éste. Es más fácil y seguro irse al lugar común) ni los juegos de luces recreaban el más mínimo clima. Éstas últimas, en concreto, más bien subían y bajaban a gusto de no se sabe qué ni de quién.
Mejor estuvieron las otras dos damas. Manuel Uhl (Crisotemis), con sus problemas en la zona aguda, y con ciertos esfuerzos en las frases más graves, pero con una voz más homogénea y mejor estructurada que la de su compañera protagonista. Y Jane Henschel, con la voz gastada, aunque todavía sonora en algunos puntos, fue la que más intención puso en el fraseo, y la que más aportó en la recreación de un personaje, aunque he de decir que le he visto caracterizaciones más acabadas. Claro que, si la escena no ayuda y la orquesta está a otra cosa, es normal que la intérprete quede algo desamparada. El barítono Youn (Orest) ofreció una voz impersonal, de cierto poderío, pero tirando a hueca.
Pese a estos comentarios personales, debo decir que el éxito final fue importante. Hubo muchos aplausos para todos (incluída la escena), y entusiasmos para la protagonista.
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