Bonito artículo de Téllez en el último número (septiembre, nº 266) de Scherzo, titulado "Defensa de la ópera frente a ciertos entusiastas". Me permito reproducir algunos extractos, a riesgo de que queden fuera de contexto (aunque creo que la idea central queda clara; de todas formas merece la pena leer el artículo completo):
José Luis Téllez escribió:
Existe un cierto tipo de operófilo sumamente minoritario pero sumamente combativo (en el teatro, en los blogs y, sobre todo, al amparo del anonimato en los foros digitales), al que no le gusta la música: la tolera tan sólo por ser imprescindible para el lucimiento del correspondiente divo. Ese operófilo no se interesa por el sinfonismo, la música de cámara y ni siquiera demasiado por el Lied, en exceso abstractos para sus expectativas: suele ser prioritariamente aficionado (más o menos fanatizado en según qué casos) a las voces, y mucho menos a lo que esas voces pueden cantar, expresar o transmitir. Halla su mayor placer en escuchar sus acrobacias, extasiarse en sus dimensiones y ponderar su resistencia. Desdeñará cuanto ponga trabas al exhibicionismo y a todo aquello que potencia la sensibilidad frente a la fuerza (...)
A este aficionado le importa la presencia del intérprete, no la renovación del repertorio: escuchará cien Sonnambulas, pero torcerá el gesto ante Dialogues des carmélites (no digamos ya Pelléas et Mélisande o Lulu). Viajará a los confines del mundo para escuchar a su divo, pero no a una ciudad próxima para presenciar un título infrecuente. En último extremo, la historia de la ópera se circunscribe para él a un ámbito que limita por un extremo con Donizetti y Bellini, y por el otro con Puccini, cuya Turandot venera como la última ópera posible (lo que no deja de ser cierto, pero en otro sentido diferente) (...) Tolera a Wagner porque a estas alturas ya no puede denostarlo sin incurrir en el ridículo (...)
[Este tipo de aficionado] pretende representar al público y piensa que sus limitadas preferencias deben generalizarse, despreciando a otros públicos existentes (más amplios y más silenciosos) (...) Se tiene por guardián del operismo y amenaza con desertar del teatro si no se respetan sus gustos: considera que solamente a él y sus iguales se debe el mantenimiento de la lírica, y que habría que agradecérselo programando según sus exclusivas predilecciones.
Pero, y pese a ese tipo de aficionado, la ópera goza de una presencia cada vez más imperiosa en la cultura de hoy: en el siglo de lo audiovisual, sigue ofreciendo un espectáculo integrador de diferentes disciplinas estéticas en que la literatura y la música se magnifican a través de los riquísimos medios de que disponen los teatros modernos (...)
La mayor prueba de la vitalidad del género reside, en suma, en que haya logrado sobrevivir (e incluso renovarse) pese a arrastrar valedores como los descritos.