Está claro que la señora Ramson se forma en su cabeza una historia de amor imaginaria. La escena junto al río está narrada de forma que se le deja ver al lector que el galán no tenía en mente lo que ella temía y deseaba. La narradora nos recuerda mil veces que la protagonista no tuvo una juventud con sus típicas historias de amor. Sus sentimientos fueron siempre reprimidos y ahora es demasiado ingenua, demasiado inexperta... No sabe cómo actuar ante esas nuevas emociones, y ni siquiera tiene la precaución de cerciorarse de que el amor sea correspondido de veras.
La historia de amor sucede sólo en la cabeza de ella y nadie más ratifica que sea cierta.
Cuando llega la tía (que no creo que vaya sospechando que el asunto sea un pretexto) y ve a la señora Ramson, la supuesta amada de Guy, es la primera vez que alguien externo juzga sobre la posibilidad de que ese amor exista. Y la tía no tiene la menor duda: ve a esa mujer y SABE, sin el menor asomo de duda, que todo fue un pretexto. La tía es el juez imparcial que ve las dos partes y entiende al instante que todo es un pretexto.
Ante tal seguridad por parte de ese juez imparcial, la señora Ramson comprende al instante todo lo que ha pasado. Sí, puede ser falta de autoestima en parte, pero yo creo que es más bien un desolador momento de vuelta a la realidad... Es brutal el contraste entre esas dos veces que se mira al espejo, al principio y al final del cuento.
Me ha gustado mucho, Elvira. Me alegro de que me haya picado la curiosidad. Estoy mirando ya para comprarme algún libro de cuentos o algo más de la autora.

¡Aunque anoche me leí el cuento en la cama, y me resultó tan triste que me costó dormirme!