Cierto problemas con mi conexión a Internet me han tenido incomunicado hasta hace un rato, impiendo que publicara esta crónica de la función de ayer, día 27, cuando yo habría deseado: esto es, al volver del teatro o, como mucho, esta mañana a primera hora. En todo caso, como nunca es tarde si la dicha es buena y como además mi opinión contrasta abiertamente con la del compañero Gruberoviano, que me ha precedido, he pensado que sigue teniendo interés, por si alguien deseara comparar ambas.
UNA TOSCA PERFECTAMENTE OLVIDABLE
Frente a lo que suele ser habitual en este tipo de comentarios —donde uno empieza hablando de los cantantes—, me permitirán que inicie esta crónica refiriéndome a la soporífera dirección que
Renato Palumbo protagonizó ayer, durante la penúltima función de esta
Tosca madrileña. Producción que no pasará, precisamente, a la posteridad (salvo por el recuerdo que en los aficionados madrileños ha dejado la presencia en ella de dos auténticos vozarrones —los de Radvanovsky y de León— como no se oían en la capital del reino desde hace tiempo). El maestro de Montebelluna se mostró rutinario, plano, sin variedad alguna. Y cuando algo hubo fue a costa de alargaaaaaaaaaaaaaaaaaar los
tempi innecesariamente, hasta el extremo de convertir el dúo de Tosca/Scarpia y la preparación al
Te Deum del acto I en dos momentos musicales realmente narcóticos por la lentitud. Estiró tanto el
morendo de algunas frases que el efecto buscado —lejos de ser expresivo— resultó contraproducente, dando la sensación de que los músicos estaban perdidos y no sabían por dónde seguir. En fin, Serafín. En este sentido creo haber asistido a una función completamente distinta a la de Gruberoviano.
Y algo parecido me ocurre cuando hablamos del Scarpia de
Lado Ataneli. Aunque aquí he de hacer algunas matizaciones: estoy de acuerdo con mi compañero de foro en que el barítono de Georgia ha construido una versión “elegante” y bien cantada del malvado personaje. La ausencia de ese toque histriónico por el que se inclinan (a veces en exceso) algunos intérpretes, y la renuncia a echar mano del canto
parlato (o
gridato) —no sólo en la llegada del personaje a
Sant’Andrea della Valle, sino también en la escena del interrogatorio— le han dado al Scarpia de Atanelli una nobleza y una elegancia que generalmente no encontramos en el personaje. Pero yo me pregunto: ¿es eso lo que, realmente, necesita dicho rol? Empecemos aclarando que el jefe de la policía romana es como una especie de Jano bifronte: tiene una cara cortesana, amable, mundana y piadosa que ha de ser debidamente interpretada, y que corresponde a su dúo con Tosca en el acto I y a los momentos del II en que intenta conciliarse con ella para hacerla confesar. Aquí conviene, en mi opinión, el canto
legato, la sutileza interpretativa, la suavidad sonora, los
pianissimi, las
sfumature y toda la expresividad que sea posible para mostrar esa cara tan amable como hipócrita. Pero el barón también tiene ese otro rostro autoritario, horrendo, cruel, lujurioso y sanguinario que contrasta con el anterior, da riqueza dramática al personaje y debe mostrarse durante su entrada en la iglesia (acto I) y en casi toda la escena del interrogatorio (acto II). Y aquí, por desgracia, la caracterización de Atanelli naufragó completamente por demasiado blanda y elegíaca. Es evidente que en esta parte de mayor crueldad el barón no ha de ser interpretado como un energúmeno chillón y barriobajero, pero también conviene recordar que la partitura está llena de indicaciones expresivas y dinámicas muy definitorias de esta cara del personaje, en las que se pide al cantante una interpretación declamatoria:
“Ride” (al final de la frase
“Lo strazia quel vostro silenzio assai più…”); “Scarpia… preso da subitaneo senso di ferocia” (cuando canta
“Mai Tosca alla scena più trágica fù!”), “gridando, quasi senza entonazione” (para la frase
“Aprite le porte che n’oda i lamenti!”), “gridando a Roberti” (en el pasaje de
“Più forte! Più forte!”), “irritatissimo per le parole di Cavaradossi…, grida terribile a Spoleta” (en
“Ma fatelo tacere!”), etc. Por ello, cuando el cantante que se mete en la piel de este personaje no tiene un instrumento poderoso de verdad —y tal es el caso de Atanelli— creo que debe echar mano, con mayor razón, de ese canto
parlato (que ya, de por sí, pide Puccini) para dar más énfasis a muchas de sus intervenciones (en el acto II, desde luego, creo que es condición
sine qua non). Pongamos un ejemplo: el grandísimo George London, con su portentoso y oscuro instrumento, no necesitaba declamar para mostrarnos ese autoritarismo (y ello se ve en interpretaciones como las del siguiente vídeo, donde les ruego que se olviden de todos los demás cantantes, incluida la propia Tebaldi, y muy especialmente el intérprete de Spoletta):
Sin embargo, y por desgracia para nosotros, Atanelli no es London. Por ello, he de confesar que su Scarpia me ha dejado más frío que un cubito de hielo. No me conmovió en ningún momento —desde luego para nada en el
tour de force que tiene en el acto II—, y además me ha dado menos miedo que una película de Walt Disney. Ha estado bien, eso sí, en sus dos arietas de dicho acto y ha muerto magníficamente (como ya hizo Gagnidze en la función del día 14 que también presencié), pero en la escena del interrogatorio —su verdadera prueba de fuego— quedó por completo desdibujado. Luego está el problema de que apenas se le oía cuando Palumbo soltaba cuerda con la orquesta y la ponía a todo trapo. En el
Te Deum, por ejemplo, ha sido como si Atanelli no estuviera en escena (vamos, igualito que
éste). En resumen: una interpretación más que superable.
El caso de
Violeta Urmana en esta función hay que verlo, creo yo, desde la perspectiva de lo que se nos anunció antes de comenzar la función: su proceso gripal. En este sentido, la mujer hizo más de lo que yo esperaba. Desde luego, estuvo bastante mejor que el pasado día 21, cuando la escuché en la transmisión que
Radio Clásica hizo de la velada. ¿Estaría enferma, ya entonces? ¿Alguien que la haya visto después tiene información? En términos generales, la soprano lituana estuvo cuidadosa, intencionada y, desde luego, mucho más expresiva que su
partenaire. Desde el punto de vista vocal yo no la vi (u oí) tan mal como señala Gruberoviano; y ello, repito, a pesar de su afección. Es cierto que el
vibrato resulta, en ocasiones, bastante apreciable y que en la zona alta tiene dificultades (con agudos abiertos y tendiendo al grito en los pasajes más exigentes), pero el instrumento es agradable y posee un grave y un centro muy, pero que muy importantes. Por otro lado, los pasajes más declamatorios de su particella, así como su
"E avanti a lui tremava tutta Roma" fueron realmente estremecedores y efectistas. Tampoco me pareció que estuviera especialmente desafortunada en el plano actoral. Hombre, no fue Bette Davis, pero se mostró bastante correcta en todo el acto I, que es donde más cambios de humor presenta el personaje, pasando por todos los estados de ánimo que le exige la partitura y el libreto, desde el apasionamiento amoroso y la simpática zalamería de su bello dúo con el amante Cavaradossi, hasta la extremada furibundia de la mujer celosa y el dolor profundo de quien se cree engañada. En el acto II —el más duro para la soprano— mantuvo el tipo y fue capaz de ofrecernos un
Vissi d’arte lo suficientemente matizado y expresivo, aunque sin demasiados vuelos líricos, pues acortó las frases y se mostró reservona en la zona alta (cosa lógica, teniendo en cuenta su afección). Podríamos decir que el objetivo de la soprano era llegar al final de la pieza y lograr cerrarla en buenas condiciones. Cosa que logró, desde luego, aunque renunciara al rico juego de dinámicas necesario en esta pieza (hurtándonos, por ejemplo, ese
rallentando apianado que, como ha señalado Gruberoviano, cierra el aria).
El Cavaradossi de
Marco Berti no pasará, precisamente, a la historia de la lírica por su expresividad vocal y dramática. Al menos si continúa en la línea de lo que hizo ayer. En el terreno de lo actoral fue completamente nulo y aburridísimo. Con decir que no movió siquiera una ceja mientras Tosca la explicaba amorosa, en el dúo del acto I, lo felices que iban a ser juntos en su
casetta del campo… Alguna sonrisita y poco más. Es que ni se inmutó el tío, vamos. Apoyado en una mesa, con los brazos cruzados y como si la cosa no fuera con él. De lo más inexpresivo. En cambio, he de reconocer que no murió mal, dando un pequeño saltito hacia atrás que hizo muy creíble el ficticio impacto de los proyectiles en su corpachón. En lo vocal también se movió dentro de una monotonía absoluta, que sólo buscaba impactar con los agudos. Eso sí, hay que reconocer que el italiano tiene una zona alta de quitar el hipo y la lució con mayor generosidad que el día 21 (cuando le oí por la radio)*. Es un auténtico cañón y pega unos pepinazos antológicos. Su
“La vita mi costasse” debió de levantarle el bisoñé a más de uno; y algo similar hubo de ocurrir tras el
“Vittoria, vittoria!”. Como el grito hipohuracanado de Pepe Pótamo, vamos. Pero, claro, el personaje de Cavaradossi no se puede construir únicamente con esos mimbres tan pobres y ocurre que, aparte de los momentos heroicos —en que la voz poderosa, oscura y
squillante de Berti cumple de maravilla su cometido—, el rol no existe vocalmente, pues el cantante es incapaz de abandonar el
forte y el
mezzoforte. Y eso que lo intentó bastantes veces —como bien observa Gruberoviano—, pero sin éxito: la voz salía como a borbotones, había dificultades para frasear y el cantante apenas apianaba (y cuando lo hizo la voz se le quedó ahogada y atrás). Apuntó algo de expresividad elegíaca, apianando y cantando
legato, en la parte final del dúo con Tosca del acto I
(“mia vita amante inquieta...”), pero terminó naufragando por los problemas ya señalados. Asimismo, planteó con inteligencia su
tour de force en la ópera —esto es, el
addio alla vita—, al ir incrementando de manera muy perceptible la intensidad expresiva y el volumen a medida que avanzaba la pieza. De ese modo logró crear un arco dinámico que fue de la primera parte expositiva del aria —entonada de manera casi declamada y con la voz más o menos recogida (aunque desafinando)— a la segunda sección, más
cantabile, en cuya parte final ya hizo salir todo el chorro de voz. A pesar de todo, el resultado final fue, una vez más, bastante irregular y poco emocionante.
Del resto del reparto yo volvería a destacar el sacristán de
Valeriano Lanchas (cantado, no bufado) y el Spoletta de Carlo Bosi, que me gustaron tanto como la primera función que vi con el segundo reparto.
Sobre la puesta en escena, los decorados y la dirección de actores ya he ido publicando en este hilo todo lo que tenía que decir (y lo hice de manera más completa y detallada en otro sitio, al que me permito
remitirles). Insistir, únicamente, en que la propuesta de Espert no me gusta nada, a pesar de mantenerse dentro de la ortodoxia y del respeto hacia la obra original que suelo pedir a todo director de escena.
-----------
* Por cierto: tenía razón Gakugeki cuando me hizo la
observación de que Berti ganaba en vivo. En esta segunda audición (ahora en el teatro) la voz no me pareció opaca (más bien oscura) y los agudos sonaban impactantes.