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Estuve en el estreno. Aunque veo que el hilo está bien surtido y ha pasado bastante tiempo, os mando mis impresiones.
SAN FRANCISCO DE ASIS - OLIVIER MESSIAEN
Estética musical.
La opera de Messiaen sobre san Francisco de Asís es una obra colosal, no solo por su duración (la representación comenzó a las 6:15pm y terminó alrededor de las 12:15 am, sino por los medios disponibles (gran orquesta y numeroso coro, además de nueve cantantes solistas) no siempre aprovechados en su totalidad, y también por la escenografía elegida y el lugar de representación (el llamado Madrid Arena).
Su análisis plantea temas como la relación entre texto y música, canto y escena, música contemporánea y antigua, límites de la forma artística que denominamos ópera, entre otros. Lo que os cu ento a continuación es una personal aproximación a la misma, dada la magnitud de la obra parece imposible aprehenderla siquiera superficialmente en una primera audición. Mi conocimiento de Messiaen se reduce a la sinfonía Turangalîla y el Quatuor pour le fin du temps, que escucho con placer sin que sienta el inmediato rechazo que me produce a veces la música contemporánea.
La obra se articula como una interminable declamación en lengua francesa por parte de los solistas, interrumpida intermitentemente por una especie de ritornellos de marcado carácter rítimico que parecen intentar introducir un dinamismo que la acción dramática planteada por la obra no posee en ningún momento. Como casi todas las cosas que se nos presentan como a la vanguardia creo que en este punto Messiaen no hace sino retornar a los orígenes del primigenio melodrama (de melos/drama) o representación teatral cuya acción era reforzada, remarcada o contrastada por la música.
Este fue ya el proyecto estético de Monteverdi con su intento de crear un dramma per musica, un recitar cantando, basándose en su idea de lo que podía haber sido la fusión de la música, danza y poesía en la Grecia clásica, lo que podemos considerar el origen de la ópera tal y como hoy la conocemos. Está más cerca San Francisco de Asís del Orfeo de Monteverdi que de cualquier ópera que se nos pueda ocurrir del repertorio italiano.
Esta opción estética sería retomada por Gluck en el s.XVIII (que bebería en las fuentes de la ópera francesa, con su aria estrófica y su respecto por el texto y su prosodia), que junto con el libretista Calzabigi buscarían una noble simplicidad. Tradición en la que debemos enmarcar también el Pelléas et Mélisande de Debussy, al que Messiaen admiraba.
Por todo ello creo que en San Francisco de Asís encontramos ese recitar cantando, esa primacía por el texto, respeto por la prosodia y noble simplicidad que ya antes habían sido intentados y que Messiaen consigue en este caso con notable éxito. El respeto hacia el texto es tal que cuando éste es cantado la música parece diluirse y solo retorna como protagonista en esos ritornellos intermitentes que no impiden en modo alguno la comprensión del texto sino que lo refuerzan y destacan. Por ello, pienso que una adecuada escucha de la obra exige un conocimiento, aunque sea básico, de la lengua francesa que permita disfrutar no solo del contenido del texto (suplido por los subtítulos) y la música sino también de la propia entonación, prosodia y dicción de la lengua francesa por parte de los solistas y el coro.
En cuanto a la composición para el coro, en mi opinión, Messiaen también mira hacia el pasado. Desde el punto de vista de la estructura musical se asemeja mucho a la ya utilizada por Perotin (s.XII) en sus conductus, es decir, todas las voces avanzan al mismo tiempo sobre el texto cantado. Desde el punto de vista dramático es heredero, además, de los coros griegos ya que, en ocasiones, representa una sola entidad (p. ej. la voz de Jesús) en lugar de un grupo de individuos. Una vez más creo que Messiaen hace un uso magistral de las tradiciones anteriores.
Por todo ello pienso que el espectador debe asistir a esta obra, no con la mentalidad de acudir a una ópera de un compositor vanguardista sino más bien con la admiración que despierta la adaptación de formas arcaicas a nuestro tiempo.
La obra es, indudablemente, larga pero a mí no se me hizo nada pesada. (Parsifal se me suele hacer corta). El texto es muy bueno, y la figura de San Francisco de Asís lo suficientemente interesante como para mantener la atención a pesar de lo limitado de la acción. La clave, creo, es adaptarse al proyecto estético-musical de Messiaen antes expuesto y descubrir que en la escena no solo hay una acción que transcurre sino también un viaje espiritual que se está produciendo en el personaje principal y que culmina con los estigmas de san Francisco y su muerte. La falta de acción no es mucho mayor que la que podemos encontrar en otras óperas consolidadas en el repertorio.
Escena y local de la representación
La filosofía de la producción del Teatro real es más que discutible. El hecho de que la obra, desde el punto de vista artístico, sea de proporciones descomunales no quiere decir que la puesta en escena deba serlo también.
La orquesta y el coro se sitúan detrás de una pasarela relativamente estrecha por donde circulan los personajes. La escenografía se sirve de una gran cúpula generada por un dodecaedro con decoración geométrica de inspiración gótica que lo convierten en algo más parecido a un cimborrio apuntado con tracería. La cúpula va cambiando de color a lo largo de la representación. Debió ser diseñada para un patio de butacas menos inclinado que el del Madrid Arena pues su disposición inclinada y centrada en el escenario tapaba parte del coro y de la orquesta a las localidades situadas en la mitad superior del graderío. Una gran jaula con palomas (dormidas la mayor parte del la representación) y algunos elementos de atrezzo, como un banco, completan la escena.
La representación en el Madrid Arena, en mi opinión, no tiene sentido. La orquesta y coro podrían haberse dispuesto perfectamente en el foso y escenario del Real y si la cúpula no cabía se podría haber prescindido perfectamente de ella, solucionando el simbolismo de los colores con el recurso a una adecuada iluminación de la escena. Además en la época de San Francisco (s. XII-XIII) las cúpulas, al menos en la parte occidental del antiguo imperio romano, no tenían la significación simbólica y la difusión de que disfrutarán con posterioridad.
Esta ópera requiere una intimidad y recogimiento que no existen en un polideportivo. Por no hablar de la acústica. Este tipo de locales exige un refuerzo de la voz de los cantantes o un control electrónico de la reverberación, según señalaba el teatro Real, léase, amplificación. No me gusta perder la naturalidad en la escucha, al percibir la voz exactamente igual independientemente de hacia dónde la proyecte el cantante. Si hay amplificación prefiero ver una función grabada en un buen aparato de audio/vídeo.
El sistema de aire acondicionado produjo un molesto ruido durante todo el segundo acto (que dura casi dos horas). En el momento de la intervención del ángel músico está previsto que una luz azulada inunde no solo el escenario sino también el patio de butacas. Pues bien, el efecto pretendido coincide exactamente con el momento en que el sol poniente en Madrid se cuela por la parte superior no opaca del auditorio e ilumina el interior eliminando cualquier efecto especial querido por el diseñador de la iluminación. Por otro lado la cercanía de la casa de campo hizo que se colara un pájaro que estuvo piando durante casi toda la representación, perfectamente audible desde donde yo me encontraba, lo que seguramente hubiera sido celebrado por Messiaen y, la verdad, no molestaba en absoluto.
Lo que quiero decir es que la presentación con estos medios en un teatro de ópera hubiera favorecido la lectura y la audición de la obra que, no vamos a negar, exige un esfuerzo de atención y asimilación.
La puesta en escena y vestuario son, sin embargo, muy acertados. Sobrios, austeros, más que minimalistas, con grandes y sencillos aciertos como la escena de la curación del leproso o la de la aparición de los estigmas.
El leproso es acompañado desde su aparición en escena por un personaje negro al que se halla unido por una banda de tela oscura, la banda acaba enrollada alrededor de dicho personaje que girando sobre sí mismo con los brazos en cruz la separa del leproso, simulando su curación y proyectando la sombra de una cruz sobre el mismo.
Los estigmas se hacen visibles con unas cintas rojas que desde las palmas de san Francisco caen en un momento determinado.
Aspectos musicales
En el aspecto musical, director, interpretación de orquesta, coro y cantantes poco puedo decir al no conocer la partitura y ser la primera vez que escuchaba la obra.
Messiaen reserva intervenciones más melódicas al ángel y al coro, lo cual los hace más atractivos al oído del espectador. El coro sonaba espléndidamente y su intervención es impactante sobre todo en el tercer acto. El canto de los franciscanos se reduce al recitativo o declamación antes apuntado.
Me gustó mucho Camilla Tilling, en el papel de ángel, con las salvedades apuntadas debido a la evidente amplificación de la voz de esta cantante. En sus intervenciones me recordaba Brangäne de Tristán e Isolda. Alejandro Marco-Burhmester, en el papel de San Francisco, con una voz de bello timbre, tuvo una interpretación convincente a lo largo de su dilatada intervención. Todos los intérpretes, solistas, coro y músicos respondían como un inmenso mecanismo de precisión a las órdenes del director que condujo el espectáculo hasta el final con autoridad, comodidad y evidente conocimiento de la obra.
Propaganda
Otro tema que plantea este estreno en España es el de la relación entre la ópera y los medios de comunicación. La maquinaria propagandística del director artístico del teatro real ha funcionado a la perfección. Se han movido todos los hilos para que la presencia mediática sea lo suficientemente potente y que los inconvenientes apuntados hayan sido obviados. No sé que necesidad tenemos de saber lo que pesa la publicitada cúpula en cuestión si, al fin y al cabo, tapa la mitad de la orquesta y coro y exige trasladar la representación a un local no apto para la actividad lírica. Como ya ocurre en la política, es mas importante la foto, la repercusión mediática que la propia representación musical que parece pasar a un segundo plano. Por otro lado el maniqueísmo de Mortier al contraponer este tipo de obras a las de repertorio criticando compositores como Puccini, utilizando argumentos de Bernard Williams en su libro Sobre la Opera, a quien ni siquiera cita, es deleznable. Es verdad que esta obra es capital en la composición operística del s. XX, pero la campaña de propaganda basada en parte en aspectos no musicales produce sonrojo, pero supongo que eso habrá que discutirlo otro día.
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