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Tosca sin magia y un poco rutinaria en el Teatro Real. Después de la intensidad de los San Franciscos, la función de ayer de Tosca, una de mis óperas favoritas, me supo a poco.
Palumbo sacó detalles de la orquesta, alguna frase bellísima de las cuerdas, marcó muy bien los ritmos, pero en ningún momento se logró la riqueza sonora que necesita una partitura tan apabullante como ésta. Esta orquesta parecía seguir últimamente una progresión lenta pero evidente y el otro día me pareció un paso por detrás. Bastante bien el coro, no sé cómo se habrán repartido con el San Francisco, pero mi enhorabuena por estar en ambas a la vez.
La triunfadora de la noche fue Sondra Radvanovsky. Y eso que tardó en convencerme. El material es extraordinario: en bruto, una de las mejores voces de soprano que he oído en directo; voz muy grande, más por tamaño que por proyección; amplitud de registro y extraordinaria facilidad en el agudo, squillante, apuntado y penetrante (apabullante el Do -creo- de quella lama, en el relato del asesinato de Scarpia). El centro es de una oscuridad que al principio puede parecer incluso artificial. De hecho, un vibrato demasiado intenso (aunque bellísimo cuando relajaba algo más la emisión) y la tendencia a alargar sistemáticamente las frases rompiendo la medida, especialmente en el I acto (dove quella donnaaaa), y el cambio de tono (más que de color) en el pasaje al agudo evidenciaban que algo hay de oscurecimiento artificial. Una sensación que no he tenido en grabaciones, como en la Leonora de Trovatore. Sin embargo a lo largo de la función fue relajando esa tensión y cantando más cómoda, logrando momentos impresionantes cuando se movía en la media voz. Su Tosca es temperamental, algo gruesa, de una feminidad explosiva. El excesivo ensanchamiento del centro a veces perjudica la dicción y el fraseo raras veces tiene punta. A pesar de ello dibuja bien las frases, especialmente las de mayor lirismo (Ed io venivo a lui tutta dogliosa...), que colorea a placer desde la media voz. El filado es espectacular, muy bien vibrado, aunque es verdad que reduce demasiado el volumen. Su Vissi d'arte lo dio todo, doliente, intensísimo y perfectamente integrado en el contexto (esas primeras frases todavía temblorosas por los tambores del patíbulo) y puso el broche a un II Acto espectacular. Eso sí, por momentos eché de menos la limpieza de la emisión, la ligereza, la italianidad y la sobriedad de Urmana.
Jorge de León lleva poco tiempo cantando como profesional y ayer estaba como cover y sustituto de última hora de Giordani por lo que se impone la proporción y la complicidad en la crítica. Cosechó un moderado éxito en el Real, teatro que le aprecia mucho, pero ése es precisamente el peor regalo que le puede hacer el público que le quiere. El material es buenísimo (extraordinario, si miramos el panorama) de tenor spinto, eso es evidente. Cuando canta sin forzar demasiado se revela un centro esmaltado, de color viril con un toque metálico, que se ilumina en el agudo bastante squillante (no tanto, eso sí, como el del propio Giordani a quien sustituía). Pero en mi humilde opinión, la técnica es una bomba de relojería. La desconexión entre el registro central y el agudo es dramática, sólo unidos por un pasaje que de momento consigue cubrir, pero con un esfuerzo muscular y físico que dan la sensación de un canto constantemente tenso (todo suena bastante a laringe baja). En el grave y en las partes de fraseo rápido la colocación se resiente y pierde constantemente la posición, en sus intervenciones con Angelotti en el I Acto apenas se le oía, estaba hablando. Todo está cantado en un monótono mezzoforte-forte, sin ningún matiz de regulación. Algunos intentos (el ataque en O dolci baci, o alguna frase en O dolci mani) eran abruptamente abortados. Tampoco ilumina su canto con destellos de fraseo. El acento es correcto, italiano, pero no hay imaginación ni poesía. Todo es una gran columna de sonido, con bastante presencia, pero sin ningún significado dramático. No es Mario, no hay personaje. Su planteamiento como cantante es honesto, sale a darlo todo, a contentar. Pero la técnica es peligrosa, no hay imaginación, no hay canto más allá de la exhibición. Sinceramente espero que siga haciendo carrera (le van a llover contratos) pero que eso no le impida mejorar como artista.
Gran decepción con Gagnidze, que hizo un buen Simon el año pasado. Ayer vino con el chip cave canem y apenas hay nada que comentar. Nivel Vratogna. Felipe Bou bastante bien como Angelotti, la voz es homogénea y el fraseo comprometidísimo. Extraordiario nivel de los secundarios, Valeriano Lanchas, que hizo un Sacristán buenísimo, mejor que el 99% de la discografía, y Carlo Bosi, también genial como Spoletta. Así da gusto!
La producción de Nuria Espert es justo lo que imaginan que haría Nuria Espert. Da igual que el momento en el que se desarrolla Tosca sea un apasionante nudo político, para ella todos los matices sobran cuando se pueden cargar las tintas anticlericales. Dos ideas recorren su propuesta: la identificación entre Iglesia y Estado, y la frágil feminidad que se esconde bajo la firme presencia de Tosca. Toda la realización escenográfica gira en torno a la primera y todo el trabajo gestual en torno a la segunda. Fuera de eso, la nada. La escenografía de Frigerio, sucia, feamente acabada, presenta un gran palacio-iglesia donde se desarrolla toda la acción. La acumulación de símbolos resulta vulgar (los frescos de la Capilla Sixtina y la Pietà), pero mientras que los primeros no son más que una reiteración de la leyenda negra vaticana, la segunda logra un momento intenso al final del I Acto: ese séquito felliniano de cardenales, sacerdotes, monjas y estandartes iluminado en rojo, amenazador, orando ante una de las imágenes más bellas y dulces de la iconografía cristiana. Ideológicamente, por tanto, una puesta simplificadora y un poco barata. Dos cosas se salvan. El trabajo gestual con Tosca es muy bueno, aunque no estoy del todo de acuerdo con el planteamiento frágil de Floria (no me extiendo, porque son de esas cosas que se explican mejor hablando). Pero tanto se centra en Tosca que todo el resto está descuidado: pésimo movimiento de grupos, nulo trabajo gestual con Scarpia... El otro acierto es precisamente el polémico gesto de Tosca lanzando la copa de vino al crucijifo tras matar a Scarpia. Tosca, creyente y pía, mata a su Dios y a Scarpia con el mismo gesto e impone su propia moral sobre ambos (or gli perdono). Decepcionada con esa alianza podrida, se erige en heroina trágica, vencedora moral de la obra. Dentro del planteamiento grueso de Espert, hay que reconocer que tiene fuerza.
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