Otra reseña, esta vez proveniente de Noticiasdenavarra.com
http://www.noticiasdenavarra.com/2011/0 ... -de-asis39EL estreno en España -en versión representada- de la oceánica ópera de Olivier Messiaen, San Francisco de Asís, es, sin duda, el acontecimiento musical del año. Incluso, podríamos decir, trasciende lo meramente musical, porque constituye, además, un reto de organización, al llevar el espectáculo a una cancha deportiva, con lo que supone de riesgo, sobre todo acústico. De entrada hay que decir que el sonido fue estupendo. La orquesta se oía con nitidez, sin asomo de sensación amplificada, y las voces -salvo cuando los franciscanos estaban detrás del escenario, que se perdían un poco- resultaron cercanas, sin afectación ni contaminación alguna. Concretamente la voz del ángel (Camilla Tilling), llenaba el espacio de una pureza indescriptible. Un espectáculo de 6 horas de duración -incluidos los descansos, con abundantes comentarios y deserciones- es difícil de resumir, incluso de concretar los innumerables detalles, pero sí que hay que asegurar, con rotundidad, que quien logre entrar en el texto y la música de Massiaen, no olvidará este acontecimiento en su vida. La puesta en escena del matrimonio Kabakov logra situarnos en los dos planos de la vida de San Francisco: el celestial -con la cúpula-vidriera en medio de la cancha- y el terrenal, con una sobria carretera-camino por donde transitan los hermanos franciscanos; con las apariciones del ángel en la grada que une los dos mundos. La cúpula-vidriera cambia de color e intensidad lumínica según el texto (blanca de gracia divina, multicolor de canto de pájaros, roja de estigmas…); todo un homenaje al concepto colorista que tenía Messiaen de la música. La cúpula es omnipresente y lo abarca todo, pero hay detalles muy bien traídos, como la propia distribución de la orquesta debajo de esa cúpula, con la incorporación de luces a los atriles a modo de lámparas votivas de iglesia; o la representación de la lepra por un personaje lleno de vendas negras… (Messiaen inventa un sonido oscuro a lepra). Todo al servicio de una muy austera dirección escénica en la que los personajes se mueven con la lentitud del presbiterio vaticano.
Sylvain Cambreling hace un trabajo soberbio al frente de la Orquesta de Baden-Baden, al controlar, hasta el último compás, semejante estallido de sonidos. En las casi 5 horas de música real, todas las texturas son posibles, y todas necesarias para que suenen los pájaros, las campanas, el viento, pero también, la duda, el miedo, los portazos el ángel, la desesperación de un leproso, la beatitud, el milagro… Con largos episodios francamente sobrecogedores, como el sonido de la viola divina, ejecutado por las hondas Martenot, las intervenciones de los coros (soberbios), la irrupción de los flautines en trinos agudísimos, en contraste con los muy humanos contrabajos, o el concierto de los pájaros con un despliegue de percusión espectacular. Cambreling logra -en medio del aparente maremagno técnico- unas atmósferas que transmiten emoción a raudales.
Quizás las más logradas, o al menos las que más llegaron al público, fueron las creadas por el Ángel de Camilla Tilling. La soprano sueca supo dar a su voz ese colorido azulado, limpio y celestial que pide el compositor. Un perfecto transmisor del mandato divino. Alejandro Marco-Buhrmester hace un San Francisco muy austero, como se le pide, un tanto taciturno a veces, más hacia el sufrimiento de los estigmas que hacia la alegría de la alabanza por las criaturas. El resto del reparto, impecable y muy bien elegido, incluso físicamente, para acercarnos a la diversa tipología de frailes: desde los más cascarrabias (hermano Elías) hasta los más afables (hermano Bernardo). Pero lo más conmovedor es la música. Aquí está el Messiaen del cuarteto del final de los tiempos, el hombre cuya fe le ayudó a sobrellevar el campo de concentración; el ornitólogo; el teólogo trascendente; el hombre de Avignon que, cuando alguien está realmente mal, lo compara con una hoja de vid con mildiu. Aun a riesgo de parecer pedante, y aunque para mí esta puesta en escena ha sido otro descubrimiento; quizás, para el espacio del Madrid-Arena, hubiera estado mejor la de Peter Sellars (Salzburgo, 1998). Más que nada porque, en ésta, se metían en la cúpula los mil y pico privilegiados de las mejores localidades. Y la de Sellars era más abierta, con buena perspectiva desde cualquier sitio.