
Siento una debilidad especial por Enescu, pero hacia mucho tiempo que no escuchaba su ópera, que oí al mismo tiempo que me iniciaba en la obra instrumental del rumano, exigua pero poderosa y personal. He de confesar que me interesó relativamente el
Oedipe, aburriéndome a ratos, pues no se trata de una obra con atractivos exteriores e inmediatos para el que empieza en el mundillo del teatro lírico.
Espoleado por su escucha por otro forero (MarttiT) he vuelto de nuevo a ella, con conclusiones distintas. Y es que uno madura. Aparte del lujo de la formidable interpretación, destacaría la sutil instrumentación, deliberadamente seca a veces, pero que logra unos hallazgos tímbricos, de orquestador fino, como en el enfrentamiento a la Esfinge o en el comienzo del Cuarto Acto.
El estatismo de la ópera es evidente, pero adecuado al espíritu del tema (aunque la tensión interna se mantiene constante), pero aquí el estilo declamado encuentra un espectacular y atento traductor en el Oedipe de Van Dam, en una de sus grandes creaciones, enorme al final cuando sus frases exigen un mayor vuelo lírico.
El otro gran protagonista de la ópera es el coro, y sólo hay que decir que en la grabación contamos con el Orfeon Donostiarra, jubiloso o violento cuando así lo exigen las intervenciones del pueblo tebano, sutil , transparente, en las intervenciones de los ancianos atenienses o las Euménides.
De la misma forma que es maravilloso escuchar óperas inéditas que nos conmueven, lo es tanto o más redescubrir, con el paso del tiempo, grandes obras que no habíamos sabido apreciar, porque no elegimos adecuadamente el momento de nuestra comunión con ellas.
Redescubramos, pues.