Necesitaba ver de nuevo un
Macbeth… Quería olvidarme en lo posible de la última función que le vi a Carlos Álvarez en este papel en la temporada de Oviedo, hace ya unos años, donde ya sufrí desde el principio viendo sufrir a uno de mis barítonos favoritos desde la primera nota que emitió hasta la última. La tentación de ir a ver el
Macbeth protagonizado por Keenlyside en la ROH fue demasiado fuerte, y caí en ella. Con gusto,
of course.
Fue una magnífica noche de ópera, donde –con matizaciones, claro– todo encajó para lograr un espectáculo completo. No vi este
Macbeth en cines (debieron pensar que en Asturias no interesaba a nadie, cuando lo retransmitieron hasta en un cine de Bormujos, ignoro con qué éxito

). Prefiero siempre la impresión en teatro. La verdad de la ópera, vaya.
–Se ha dicho de todo acerca de
Simon Keenlyside en este rol: que si no es un barítono verdiano –como si existiese superabundancia de ellos en los tiempos que corren, vaya, a ver si es que Vratogna lo es y yo no me he enterado…–, que si esto, que si lo otro. Pues me gustó mucho su color de voz, su línea de canto, su manera de vivir el papel. Eché algo de menos en el duo con la Lady la visión atormentada
alla Cappuccilli de un personaje comido por los remordimientos, y asustado hasta del menor ruido. Pero fue lo único que eché de menos en la lectura de Keenlyside, cantante refinado e inteligente donde los haya. Como digo, me resultó del todo convincente en el rol. Bravo!
–Gran voz la de
Liudmyla Monastyrska, en el más literal de los sentidos y en todos los sentidos. Comentaba la forera parte que se habían criticado los "pepinazos" de esta cantante. Los da, es cierto. Y lo dice alguien que le vio una Lady Macbeth en Oviedo hace ya unos años a Ángeles Gulín, con un volumen de voz que despeinaba a los transeúntes cuatro calles más allá del Teatro Campoamor. Monastyrska no tiene menos voz, que conste. Comenzó en plan trompetería, un tanto excesiva, pero el refinamiento y detalle con que cantó el precioso brindis "Si colmi il calice" fue de no creerlo: todas las articulaciones, picados, todos los matices estaban allí. Pensé que todo lo anterior debía haberlo cantado con el mismo cuidado, ya que era perfectamente capaz. El final del acto II fue de verdadero infarto, con la orquesta y el coro a tope de decibelios, y la voz de Monastyrska pasando sin problemas por encima de todo el mundo… Seguiré su trayectoria con atención.
–Me gustó
Dimitri Pittas como Macduff; estuvo bien en su preciosa aria, aunque confieso que no me fijo demasiado en los tenores

si me ponen un barítono delante…
–Bien y ajustados el resto de los papeles breves –
Elisabeth Meister como Dama de Lady Macbeth,
Steven Ebel como Malcolm,
Lukas Jakobski como Doctor–, a cargo de jóvenes cantantes que están ahora mismo en la casa dentro del
Jette Parker Young Artists Programme. Así van pisando escenario.
–El
debe de la noche fue para el Banquo de
Raymond Aceto, de voz realmente desagradable. El único lunar, eso sí, de una función de nivel.
–La orquesta, dirigida por
Antonio Pappano, estuvo excesiva de volumen bastantes veces, aunque supo encontrar contrastes dinámicos eficaces. Confieso que no me encuentro entre los admiradores de este director. Los momentos en que se abusó del
forte deslucieron una labor correcta para mi gusto. El coro, reforzado para la ocasión y dirigido por
Renato Balsadonna, tuvo brillantes intervenciones, una vez superado algún pequeño desajuste inicial. Fantástico
ballet con una coreografía muy dinámica para las brujas, firmada en su momento por
Michael Keegan–Dolan y adaptada para la ocasión por
Kirsty Tapp.
–Me gustó mucho la dirección de escena de
Phyllida Lloyd, con la preciosa iluminación de
Paule Constable y los diseños de
Anthony Ward. El simbolismo de los colores empleados –negro y gris muy oscuro, blanco, rojo, oro– era sencillo, pero no elemental. Se realzan así varias ideas presentes en el libreto y el argumento: la sensación de opresión a través de unas paredes en un gris muy oscuro, casi negro, que evocan una celda acolchada, el poder mal adquirido en los oros, casi oropeles, de las túnicas de Macbeth y la Lady en el banquete, y en una estructura a modo de enorme cubo enrejado que sugiere simbólicamente un trono ó estrado, pero que al mismo tiempo hace pensar en los barrotes de una celda… Más oro, y muy bien empleado, en una preciosa jaula rectangular en la que Macbeth guarda celosamente esa corona de Escocia tan mal adquirida, siempre en su estancia, siempre antes su vista, como si temiese que algo conseguido con medios tan poco escrupulosos pudiese desaparecer en un momento. Oro también para las apariciones de los reyes en la escena de las brujas, uno de los grandes momentos de esta producción; reyes en armadura dorada, sobre caballos con arneses dorados, concluyendo el siniestro cortejo con un personaje vestido de negro que, cara al público, sujeta un gran espejo roto. Los niños, de blanco. La nobleza, de negro, con tocados y mantos en terciopelo de tonos oscuros y suntuosos (púrpura, morado, verde oscuro). Las brujas, con túnicas negras y turbantes y collares rojos. Y sin caldero, ni falta que les hace. El bosque de Birnam no era verde; esta vez, estaba representado simbólicamente por ramas y palos rojos, de forma muy estilizada.
Otra estupenda velada operística, con uno de mis Verdi favoritos, que no en vano está el gran Shakespeare detrás… Dos genios juntos, y en un teatro que me encanta. Nunca me da pereza ir a Londres, por supuesto. Y si es para algo así, aún mejor.