Mis comentarios del PARSIFAL, cast alternativo y cuyos dos primeros actos he presenciado hace un rato ( me he ido al inicio del tercer acto, simplemente porque me había levantado hoy a la 6 de la mañana y mañana también debo madrugar bastante - lo cual cada vez me gusta menos - )
De la producción "sanatorial", diría que presenciada una segunda vez, he mejorado algo en cuanto a su consideración : tuve dudas la semana pasada y hoy algunas de ellas se me han disipado - ojo! en los dos primeros actos presenciados - ( el tercero y el final "hitleriano" con el previo del ataud del supuesto Titurel, una aberración y una molestia innecesaria como ya dije )-. Toda la escena final del primer acto desde la aparición de Titurel, su duo con Anfortas para buscar el Grial y todo el final de la consagración en el citado sanatorio, incluida cono las enfermeras/monjas curan las heridas de Anfortas sobre una camilla´, muy logrado ( pese a que el "citado Grial" , parecía más bien el Trofeo veraniego Carranza o la Copa que se da en Wimbledon ). En cuanto al 2º acto, muy bien logrado toda la escena de las Muchachas Flor, vestidas "cinematograficamente" de la época del Charleston.
Muy cumplidora y cuadrada nuevamente la Orquesta, con la precisa y eficiente dirección de Boder que si algo pecó , fue tiempos algo lentos.Magníficos los coros, tanto los propios en escena como los refuerzos que cantaron en off fuera de aquella
Asimismo, notable el cast vocal, con un Ventris que a pesar de tiranteces o justeza en el registro agudo, exhibió una voz de lírico suficiente para el rol, timbre brillante y lo importante peso vocal suficiente para el Parsifal; además, muy creible escenicamente
E.Herlitzius me tiene desconcertado porque junto a alguna desafinación cuando canta en forte y un centro de voz como "adelgazado", sus agudos son muy poderosos además de sostenidos y mete unos graves rotundos e importantes ( no obstante, cambia de color y parece dos voces distintas cuando junto a centro débil en los momentos en que canta muy lírico y con línea, enfatiza con unos graves entre cantados y declamados). Escenicamente, fantástica
Halfvarson como Gurnemanz , sigue mostrando su oficio pese a su emisión algo gutural, con todavía bastante buen agudo pese a la gravedad conocida de su instrumento
Muy correcto el Anfortas de Silins, con una voz bastante homogénea y sigue sorprendiéndome para sobresaliente, el superbajo croata A.Jurenicka en el corto role del Titurel. ( ojo! bajo a sehuir porque su registro grave es no solo descomunal sino muy bien impostado)
Todos los demás , dignos
p.d. Un espectador conocido que se fue coincidiendo conmigo, al acabar el 2º acto ( seguro que él no madrugaba!

) y al que ya vi en el primer entreacto en el anfiteatro ( por cierto, sentado bastante cerca de mi y con cara de no aburrirse con Wagner ): el jugador del Barça y de la selección española, Gerard Piqué junto a su madre ( no estaba Shakira! )
Me identifiqué como seguidor "periquito" y le ofrecí un suculento traspaso pero creo, se lo tiene que pensar!

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Por cierto y junto a mis comentarios en vivo de la función de hace un rato y por si interesara en este debate "de lo escénico", copio y pego lo publicado en la Vanguardia de ayer ( suplemento de cultura) por el conocido escritor y periodista. Luis Racionero:
Parsifal manicomial
LUIS RACIONERO
El único remedio a la deriva idiotizante es recuperar algunos criterios estéticos para evaluar las obras
Revalidaré el título de esta serie con Parsifal que presencié en el Liceu en 1953 cuando los festivales de Bayreuth trajeron su compañía y puesta en escena a Barcelona. Entonces yo era un niño de doce años por lo que en el entreacto salí del teatro y cedí mi entrada a mi hermano mayor porque yo no podía llegar tan tarde a casa. Para colmo de limitaciones, mi asiento estaba en el quinto piso y ladeado, pese a todo lo cual aquella experiencia estética me marcó de por vida: me tornó wagneriano, me reveló la emoción estética de lo sublime, y me aficionó a los conciertos que el maestro Toldrà dirigía en el Palau los domingos por la mañana.
En los años cincuenta los hermanos Wagner, Wieland y Wolfgang, nietos del compositor, dirigían las óperas en Bayreuth: su gran innovación consistió en austerizar los guardarropías y sustituir la romántica escenografía y decorados decimonónicos por la luz en espacios casi vacíos ocupados por los actores o coros. Dado que la orquesta era la de Bayreuth y los cantantes de la talla de Wolfgang Windgassen en el papel de Parsifal, la calidad de aquella representación está grabada en mi memoria de modo imborrable. La marcha de los caballeros hacia el templo al final del primer acto me puso los pelos de punta, la emoción fue sobrecogedora, jamás había oído algo semejante, ni jamás he vuelto a oír, pese a perseguir a Parsifal en París, en Londres y en Barcelona hace unos años. Ahora leo al espléndido crítico y musicólogo Roger Alier calificando la representación centenaria de Parsifal en el Liceu como "manicomial". Lo escribe no como metáfora, sino, por desgracia, literalmente. Al genio de turno se le ha ocurrido escenificar Parsifal en un manicomio. ¡Qué derroche de imaginación! Ya me pasó con La dama de pique de Chaikovski que vi en París y sucedía en otro manicomio, pese a que los personajes debían cantar líneas como: "qué hermoso día en el bosque, los pájaros trinan" etcétera, y lo decían con camisas de fuerza. Grotesco.
El último Parsifal que vi en Barcelona tampoco era fácil, sucedía en un campo de exterminio y como medio de transporte, en vez de cisnes o caballos, una vagoneta de mina. He dicho basta, me niego a ser cómplice de la estulticia de escenógrafos que van de modernos pero son incapaces de mejorar un ápice, con las posibilidades modernas, el rendimiento expresivo y emotivo de las obras maestras. Al final la gente aplaude a los cantantes y se rinde ante la música sublime-sublime está aquí en su lugar-de Wagner, pero el estropicio visual de los decorados, montajes o vestimentas es irreparable. Hay que abstraerse, procurar no verlos y concentrarse en la música y las voces. A esto nos está llevando el mal llamado arte de vanguardia. ¿Se puede estar en la vanguardia cien años? ¿de 1920 al 2010 por ejemplo?
El arte moderno rompió con la tradición a principios del siglo XX poco antes de la Primera Guerra. La gran operación de aquel momento fue despojar al artista de cualquier criterio de evaluación posible: la belleza se consideró una frágil antigualla, la simetría intolerable, la proporción previsible, la armonía cursi. Así los críticos se quedaron sin criterios y todo vale, desde que Marcel Duchamp, con su ingenio desbordante, colocó un urinario al revés y convenció a los neoyorquinos que eso era arte.
El único criterio que se esgrime en este momento para evaluar una supuesta obra de arte es el precio, lo cual no puede ser más aberrante dado que el precio no depende de la estructura formal de la supuesta obra de arte sino de la oferta, la demanda y las relaciones públicas. Si yo quiero que un urinario puesto del revés sea una obra de arte, debo cumplir tres condiciones: 1) que una galería prestigiosa se avenga a exponerlo. 2) que algunos críticos prestigiosos digan que la obra es muy buena 3) que el millonario X conocido coleccionista pague por él cien millones de euros.
Se comprende que estas tres condiciones necesarias y suficientes para transformar un urinario en obra de arte no tienen nada que ver con el objeto en sí, sino con una operación de relaciones públicas entre artista, marchante, galeristas, críticos y coleccionistas. Cuando ni eso funciona, el autor recompra su obra a alto precio, como suele hacer Damien Hirst cuando no hay más remedio.
¿Quién podrá reprocharle al ególatra Claus Guth y a su modisto de manicomio Christian Schmidt que se expresen desfigurando Parsifal en una casa de locos? No tenemos ningún criterio con el cual evaluar esa, para mí, evidente payasada y quienes osamos resistir a las cada vez menos ingeniosas y más repetidas innovaciones del supuesto arte de vanguardia, seremos tachados de incultos catetos.
El único remedio a esta deriva idiotizante es recuperar algunos criterios estéticos para evaluar las obras y, de momento, mientras todo vale, que quien pague, ya sea ayuntamiento, ministerio, museo o teatro, se niegue a subvencionar, contratar o presentar los intentos de estos supuestos creadores que ya no saben cómo épater le bourgeois.Por fortuna siempre nos queda la música de Wagner para no regresar a la barbarie.