|
Bueno, vamos con los aspectos musicales de esta Bolena.
Ambiente de fiesta en el Liceu, con muchos venidos de otras partes del país, e incluso de otras partes del mundo. Empieza la ópera, y a los 10 minutos se produce el milagro: desde el cuarto piso, empiezan a aplaudir la aparición en escena de Gruberova. Gritos de BRAVA, BRAVA, tan insistentes que se detiene la función por unos segunos. Jamás había visto algo así en un teatro. Me encantó el detalle. El publico estaba con ella. Vamos por partes. Que a sus 64 años, y tras tantos de intensa carrera, Gruberova aún pueda hacer lo que hace, es casi milagroso. Su capacidad de proyección, el metal de su voz, lo poderoso del agudo, lo interminable del fiato y del legato, sus filados, sus trinos perfectos (en la escena final hizo algunos de los trinos más perfectos que haya escuchado en 17 años viendo ópera), todo demuestra que hay una cantante de raza; un fenómeno vocal ante el que hay que rendirse. Estilísticamente, podrá ser un belcanto no siempre ortodoxo (el portamento es recurrente, planteado para beneficiar el lucimiento personal), pero no por ello hay que restarle méritos: sigue teniendo cosas que cantantes de 35 no pueden casi ni atreverse a soñar, y viendo el estado de esta señora hasta edad, preocupan los estados de algunas sopranos jóvenes que ya son supuestas divas y tienen todo por hacer (pienso en Machaidze). Es cierto que, a día de hoy, Anna Bolena no es el papel que más le convenga, y que ya tiene que dosificar recursos para terminarlo en condiciones, enfocando toda su interpretación sobre una escena final realmente antológica: lo que hace con Al dolce guidami, tumbada, es directamente extraordinario, y posiblemente inigualable a día de hoy en parámetros técnicos; y con razón le cae la ovación que le cae. También es cierto que nunca ha sido una buena actriz, y esta tampoco fue la excepción: su visión de la reina es fría, e incluye tics que no son muy de recibo (sus Giudici ad Anna... o su Tu? Seymour? Mia rivale? están planteados en la línea del más histriónico Millán Salcedo...), pero siempre ha sido así: o lo tomas o lo dejas. Y, ateniéndonos a la técnica vocal, deberíamos tomarlo. Voy a ser muy claro: Elina Garança, además de ser una mujer físicamente espectacular a la que cualquier hombre estaría encantado de invitar a cenar y a lo que ella pida, atraviesa un momento vocal espléndido: la voz es hermosa y extensa, bien proyectada y se nota que conoce el estilo belcantista. Lo tenía todo en contra para triunfar, pero personalmente me dejé la garganta braveándola después de su aria, porque estuvo muy (pero que muy) bien cantada. Aquí no solo hay una figura mediática en ebullición, sino también una cantante muy seria a seguir. Y personalmente la veo más apta para este tipo de roles de tesitura más bien alta que para otros que ya aborda (Carmen) o piensa abordar en unos años (Eboli). Conocedor del estilo, sonoro en la voz y buen actor fue un Simón Orfila que compensa con todas estas cosas una falta de rotundidad en el timbre. Pero canta con medios y conocimiento. A estas alturas de su carrera, es posible que José Bros no deba insistir mucho en un papel como Percy: es un gran tecnicista y un cantante elegante, cierto, pero la voz es más bien nasal, y es más que evidente que pasa bastantes apuros arriba. Me sorprendieron los abucheos que recibió tras Vivi tu! y en el saludo final. Tampoco era para tanto. Y no, no fue solo una persona la que abucheó... Se escucharon bien. Me gustó mucho el Smeton de Sonia Prina, una cantante que sabe hacerse oír para ser una voz barroca, impone la belleza del timbre y da el físico de hombre perfectamente. Bajo mínimos Marc Pujol y digno Jon Plazaola. Floja de empaste la orquesta, ayudada por un agitapalos de nombre inescribible que no solo es que dirija sin ningún atisbo de sentido de la italianitá ni de la tensión dramática, es que además consigue que algunos cantantes se pierdan. Aceptable el coro. La nueva producción del Liceu que firma Rafael Durán, impresentable. Hay una cosa que me molesta más que que sea provocadora, y es que no provoque absolutamente nada más que una sensación de no entender nada de lo que estoy viendo: y esto me pasó con esta. Monótona, fea y sin pies ni cabeza: los cuervos no aportan nada y hacen ruído; los peces que se proyectan durante el dúo Seymour-Enrico no sé a qué vienen, las cámaras de seguridad tampoco, y los carteles de WANTED al final rozan lo grotesco. Sinceramente, el Liceu no debería gastarse el dinero en este tipo de propuestas que ni tienen vida futura ni aportan nada. Hubiera preferido una versión en concierto. Al final, la fiesta: 29 minutos de ovación, pancartas, gritos, papelitos cayendo... y una buena razón de mis squillantísimos bravos. Es el fenómeno Gruberova en el Liceu de Barcelona: quien no lo haya experimentado, aún no sabe lo que es la ópera; quien lo haya experimentado una vez, sentirá la imperiosa necesidad de repetir. Con todo, una fiesta.
|