Aquí dejo las crónicas de Levante y Provincias sobre Onegin. Como veréis, hay “perlas” del calibre de “las jóvenes voces solistas -ya conocidas- que conforman la Orquesta de la Comunitat Valenciana”.
http://www.levante-emv.com/cultura/2011 ... 76520.htmlhttp://www.lasprovincias.es/v/20110124/ ... 10124.htmlMis impresiones sobre la función de 25-01-11.
Gunter Groissböck (Gremin, personaje singular donde los haya: aparece en el tercer acto, canta un aria ¡pero qué aria! y se va). Groissbök dio una correcta versión mostrando una voz de bajo de buen centro. Discretos tanto los graves como los agudos.
Lena Belkina (Olga). Voz de escasa presencia, sacó adelante su papel sin hacerse notar demasiado.
Dmitri Korchak (Lensky). Discreto en el primer acto y en la escena del baile, se transfiguró literalmente cuando llegó su momento. Su aria, la famosa “Kuda, kuda” fue seguida con gran variedad de matices, algunos preciosos efectos de media voz y un estupendo sentido del “legato” (que es un concepto italiano, pero perfectamente aplicable aquí). Fue, con mucho, el mejor momento de la noche. Su voz, que hasta entonces había parecido más bien pequeña, adquirió de repente una presencia insospechada. ¿Habrá que pensar que se estuvo reservando? Quizá.
Irina Mataeva (Tatiana). Cantó bien en general y se esforzó por dar una versión creíble de su personaje. En su contra jugaron dos factores: En primer lugar, la escasa entidad de su voz, bonita de timbre, pero más bien pequeña, y con una importante pérdida de color en la octava alta. En segundo, en mi apreciación personal fue la más sacrificada por la producción (de esto hablaremos después).
Artur Rucinski (Onegin). En la misma línea de discreción del resto del reparto, con una voz ni grande ni pequeña, con un timbre agradable, compuso un Onegin rígido y envarado, lo cual no puede decirse que le siente mal al personaje, pero quizá se hubiera agradecido una mayor riqueza de matices.
Omar Wellber siguió en su buena linea, si bien algunas veces se pasó en el volumen orquestal, tapando las voces (que, como queda dicho, no eran precisamente “cañones”), sobre todo en la escena final. La orquesta y el coro, en su habitual nivel de excelencia.
Se suprimió la escena de los campesinos en el primer cuadro y la “escocesa” del tercer acto. Una y mil veces: ¿Por qué? Los cortes siempre son lamentables, y más cuando creíamos que eran una lacra del pasado afortunadamente superada.
La producción contuvo los siguientes destarifos (expresión valenciana intraducible, equivalente aproximadamente a “despropósitos”):
- La entrada de Lensky en el primer cuadro, con un movimiento de la pierna semejante al de los perritos en ciertas ocasiones.
- Olga y Lensky se dieron el gran lote ante las narices de Madame Larina sin que a esta pareciera importarle.
- La escena de la carta se desarrolló en el mismo decorado del primer cuadro, en un escenario sin muebles, lo que obligó a Tatiana a los acostumbrados revolcones en el suelo, repetidos hasta la náusea por toda producción actual que se precie.
- Los coristas, mientras cantaban cosas como “cerezas y frambuesas”, echaron algo así como manzanas rojas, o quizá tomates (desde mi localidad no se apreciaba bien).
- El coro apareció vestido de riguroso uniforme en la escena del baile.
- El preludio de tercer acto (La célebre Polonesa) fue “amenizado” por un desfile de señoritas esqueléticas. ¿Se darán cuenta alguna vez de que los preludios son para la orquesta lo que las arias para los cantantes?
- En el tercer acto Tatiana apareció con un aspecto de “mujer fatal” cuya adecuación al personaje podría compararse con la de un par de pistolas a un Cristo.
- Disfrutamos de una novedad (relativa, ya lo sé): Una pasarela que rodeaba el foso al estilo de las que utilizaban las “vedettes” de revista en los años 50 (los jóvenes no habéis conocido esto). En ella se desarrollaron el enfrentamiento de Onegin y Lensky y el final de la obra.
- Toda la función estuvo amenizada por la presencia de un ciudadano vestido de blanco cuya intervención principal consistió en darle la carta a Tatiana para que no se molestara en escribirla (es que escribir en el suelo es muy incómodo). Algunos especialistas en la interpretación de las paridas escénicas opinan que el susodicho representaba el espíritu de Onegin. En fin...
Calificación: Aprobado