De esta última torrija saco al menos una pregunta interesante.
A veces tengo la sensación de que el ideal de corrección verdiano (que admiro y comparto) es fruto de dos fenómenos que se alimentan entre sí: la reacción necesaria a los excesos veristas en el canto verdiano y, por otro lado, el efecto (del que no somos siempre conscientes) de la anomalía creada por 100 años de canto grabado. Sin duda la partitura y el espíritu de las óperas de Verdi justifican ese ideal, según el cual
todo lo que está en ellas hay que transmitirlo a través de la música y el canto canónico. Pero, ¿y si ese ideal fuera una afortunada perversión de las intenciones originales de Verdi? ¿Lo que hoy, después de un magisterio grabado de 100 años, significa
cantar bien es lo mismo que significaba
cantar bien para Verdi y sus contemporáneos?
En todo caso, a mí no me suele obsesionar el historicismo musical (que no es sino otra clase de positivismo

), sino que juzgo las propuestas musicales con otros criterios, incluso si estos son extraños al compositor (aunque nunca si son contradictorios).
Al margen del disco existe otra tradición: la de los maestros de canto y la propia percepción del melodrama que existía entre el mundillo, tomando en conjunto intérpretes y público.