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Prima la prosodia, poi l'impiego delle voci.
Creo que la falsedad del, llamémoslo así, dilema de Capriccio consiste en que la cualidad hiperprogramática de la ópera reside en que la ópera no constituye cierta música (cualquier música) con un fin descriptivo, sino que es música con un fin hiperdescriptivo de algo que, ya por sí solo, era inteligible (mediante la lengua). Ése es el milagro de la prosodia: ver cómo se alza toda la dignidad de la corona británica al oír a Isabel I cantando "La Regina... la Regina d'Inghilterra" para después verla derrumbarse en la intimidad de su trono sobre las palabras "ho veduto lagrimar", ver cómo una resolución a MibMayor llama poderosamente al alma de Crisótemis hasta que ésta cede y resuelve sobre las palabras "Kiiiiiiinder will ich haaaaben" o la forma sencilla, lírica e intensísima en que Billy Budd expresa haber comprendido toda la complejidad del dilema de su salvación y muere perdonando a su capitán diciendo simplemente "Starry Vere, God bless you!". Claro que puede haber desequilibrios (sospecho que pocos atienden al significado de los versos Du bist der Lenz nach dem ich verlagnte al oír a Sieglinde manifestar su amor envuelta en esa música eterna e irreal, o que a muchos les dé igual lo que esté diciendo Norma mientras canta Casta Diva, al mismo tiempo que pienso que pocos serán los que vayan a ver La voix humaine por su música y sus melodías al margen de lo que pueda estar pasándole a la chica del teléfono) pero lo esencial, insisto, en mi opinión, es la musicalización de la prosodia.
Por eso creo que no refleja la realidad de la ópera el discurso de que la música sea bonita, y si pasan o dicen cosas guays, pues mejor porque la ópera no se compuso de una forma sinfónica (ni mucho menos meramente estética). Pero tampoco considero cierto el discurso de éstas son las obras que nos gustan a los que hemos llegado a la música desde el teatro, y nos importa lo que pasa, y ésas las que os gustan a los amantes de las voces, cautivos de vuestros años de conservatorio y vuestros discos de La Traviata y L'elisir d'amore. Por un lado, porque los códigos prosódicos son diferentes en momentos y lugares distintos (y a mí el verso grandilocuente, algo hortera pero intensísimo en la sublimación sentimental que pretende, del belcanto italiano, me pone muchísimo, y no creo en absoluto de que se trate de un código no teatral, a lo sumo de una código diferente). Y por otro lado, porque como fenómeno singular, lo que la ópera ofrece por encima de cualquier otra manifestación artística es el empleo supremo de la voz como instrumento musical (y digo empleo de la voz y no voz, en cuanto tal). En la expresión, sin duda, pero también en el milagro que produce la fonación aseada, timbrada, con juegos de dinámicas, con apoyo y armónicos, con resolución cómoda del pasaje, con la agilidad, con el gusto por decir, por sugerir, por dar a entender. La voz humana es el instrumento musical que habla, y en ese sentido, me confieso completamente cautivado por su versatilidad inagotable, por su capacidad dual de hablar al mismo tiempo con la lengua del cielo y de la tierra, por su reinvención y renovación permanente. Eso es para mí, esencialmente, la ópera.
_________________ Die Wahrheit ist bei mir, Mandryka.
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