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Graduale y Dies irae
I. Introitus et Kyrie
II. Graduale III. Dies irae
IV. Offertorium
V. Sanctus
VI. Pie Jesu
VII. Agnus Dei
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<tr><td width="250">Graduale Requiem æternam dona eis, Domine: et lux perpetua luceat eis. In memoria æterna erit justus, ab auditione mala non timebit.
Dies irae Dies iræ! dies illa solvet sæclum in favilla: teste David cum Sibylla!
Quantus tremor est futurus, quando iudex est venturus, cuncta stricte discussurus!
Tuba mirum spargens sonum per sepulcra regionum, coget omnes ante thronum.
Mors stupebit et Natura, cum resurget creatura, judicanti responsura.
Liber scriptus proferetur, in quo totum continetur, unde Mundus iudicetur.
Judex ergo cum sedebit, quidquid latet apparebit, nil inultum remanebit.
Quid sum miser tunc dicturus? Quem patronum rogaturus, cum vix iustus sit securus?
Rex tremendæ majestatis, qui salvandos salvas gratis, salva me, fons pietatis.
Recordare, Jesu pie, quod sum causa tuæ viæ; ne me perdas illa die.
Quærens me, sedisti lassus, redemisti crucem passus, tantus labor non sit cassus.
Juste Judex ultionis, donum fac remissionis ante diem rationis.
Ingemisco, tamquam reus, culpa rubet vultus meus, supplicanti parce Deus.
Qui Mariam absolvisti, et latronem exaudisti, mihi quoque spem dedisti.
Preces meæ non sunt dignæ, sed tu bonus fac benigne, ne perenni cremer igne.
Inter oves locum præsta, et ab hædis me sequestra, statuens in parte dextra.
Confutatis maledictis, flammis acribus addictis, voca me cum benedictis.
Oro supplex et acclinis, cor contritum quasi cinis, gere curam mei finis.
Lacrimosa dies illa, qua resurget ex favilla iudicandus homo reus. Huic ergo parce, Deus.
Pie Jesu Domine, dona eis requiem.
Amen. </td><td width="250"> Dales, Señor, el eterno descanso, y que la luz perpetua los ilumine. El justo quedará en el recuerdo eterno y no temerá rumores perversos.
Día de la ira, aquel día en que los siglos se reduzcan a cenizas; como testigos el rey David y la Sibila.
¡Cuánto terror habrá en el futuro cuando el juez haya de venir a juzgar todo estrictamente!
La trompeta, esparciendo un sonido admirable por los sepulcros de todos los reinos reunirá a todos ante el trono.
La muerte y la Naturaleza se asombrarán, cuando resucite la criatura para que responda ante su juez.
Aparecerá el libro escrito en que se contiene todo y con el que se juzgará al mundo.
Así, cuando el juez se siente lo escondido se mostrará y no habrá nada sin castigo.
¿Qué diré yo entonces, pobre de mí? ¿A qué protector rogaré cuando ni los justos estén seguros?
Rey de tremenda majestad tú que, salvas gratuitamente a los que hay que salvar, sálvame, fuente de piedad.
Acuérdate, piadoso Jesús de que soy la causa de tu calvario; no me pierdas en este día.
Buscándome, te sentaste agotado me redimiste sufriendo en la cruz no sean vanos tantos trabajos.
Justo juez de venganza concédeme el regalo del perdón antes del día del juicio.
Grito, como un reo; la culpa enrojece mi rostro. Perdona, señor, a este suplicante.
Tú, que absolviste a Magdalena y escuchaste la súplica del ladrón, me diste a mí también esperanza.
Mis plegarias no son dignas, pero tú, al ser bueno, actúa con bondad para que no arda en el fuego eterno.
Colócame entre tu rebaño y sepárame de los machos cabríos situándome a tu derecha.
Tras confundir a los malditos arrojados a las llamas voraces hazme llamar entre los benditos.
Te lo ruego, suplicante y de rodillas, el corazón acongojado, casi hecho cenizas: hazte cargo de mi destino.
Día de lágrimas será aquel renombrado en que resucitará, del polvo para el juicio, el hombre culpable. A ese, pues, perdónalo, oh Dios.
Señor de piedad, Jesús, concédeles el descanso.
Amén.</td></tr>
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El principio del Graduale es un melancólico descenso de violas, una especie de vals lento al que se unen segundas violas, chelo, contrabajo. Voz: tenores y sopranos, tenores que imitan a las violas, bajos y contraltos en canon. La melodía se funde, desaparece y resurge; sopranos y tenores luchan por salmodiar in memoria aeterna, erit justus, erit justus y el olear de voces graves se vuelve compás insistente hasta enterrar la música. Silencio. Hablan las altos, conducen al resto del coro, “No temerá rumores perversos”, crescendo, y al final de esa terrible palabra, timebit, el bajo asciende un semitono: es el miedo, desaparece. El coro susurra de nuevo mala non timebit. Y se hace la luz.
¡Attacca Dies irae! Cinco estruendos de viento metal, ¡trompetas del día del juicio! ¡¡TRUENO!! Aparecen las cuerdas: violines y violas rasgan los arcos como un lejano vendaval, chelos y contrabajos marcan el tiempo con golpes secos y nerviosos. Coro temeroso, un rumor: “Día de la ira, día en que los siglos se reducen a cenizas”. El vendaval se acerca, la orquesta se vuelve torbellino de fuego y brasa. Estallan las trompetas, ¡tuba mirum spargens sonum! clama al unísono. Llama a todos, vivos y difuntos, ante el estricto juez. El cuerno se queda solo, piano y desaparece. Un amable arpegio de violines y violas revive al coro. Staccato, estupefacto como la misma muerte, no puede articular palabra y solo al mencionar la natura, el viento madera se vuelve esa vida que resurge, aparece el juez, y es como si se anticipasen las promesas de la alegre fuga del ofertorio. El torbellino vuelve a la orquesta, pero esta vez parece más amable, va y viene, llega al fortísimo y baja al piano, así hasta tres veces. Pero es una calma engañosa, que se quiebra cuando ni los justos pueden sentirse seguros, truena y aparece entre trompetas el rey de terrible majestad, ante el cual solo cabe clamar: ¡Tú, que salvas sin pedir nada a cambio! Sálvame, sálvame. Desaparece la orquesta y las sopranos atacan el sol natural en pianísimo: el coro se deshace en una súplica como de ángeles. Tímido y entrecortado descenso de violines primeros. Contestan, una octava por debajo, los violines segundos. Atmósfera camerística, son los solos. Recordare, cantan sopranos y altos: muchas voces que parecen una sola y una sencilla melodía. Solo de tenores. Es el corazón de cada hombre, de cada mujer. Sopranos y altos. Solo de bajos. Entran de nuevo las mujeres, y las violas se incorporan a las juegos de violines. La oración se vuelve angustia en el primer divisi. Hombres, y la desesperación va en aumento, divisi, se restablece el coro en pianísimo nervioso. Trompetas, fagots, clarinetes, oboes; corno, trombones y semicorcheas furiosas en las cuerdas. El bajo, que da la entrada del confutatis queda casi ahogado por la orquesta: se hace el tumulto de entradas, imitaciones entre bajos y sopranos, entre tenores y altos, tratando de sobresalir entre ellos, hasta agotarse y convertirse todos en silencio. Reaparece el tema de salvación, esta vez como voca me, para morir prematuramente, y en lugar de acompañamiento de violines, suenan como un murmullo: los cornos en piano que son como los latidos del corazón, de ese corazón contrito, hecho casi cenizas. Los tenores guían al coro hacia el eterno ritardando de Lacrimosa y el bajo, al tercer envite, se hunde lentamente mientras la orquesta despega con las alas de la tristeza. Un golpe al principio de la frase, y vuelta al piano; una armonía que te ahoga: La parte más difícil de cantar. Cada sílaba se vuelve un golpe, hasta llegar hasta la última, apenas pronunciada. Quedan dos versos, y cuando el coro alcanza al Pie Jesu, tan solo puede susurrarlo, mientras oye a la cuerda en su impertérrita ondulación. Pero el oboe y fagot, con su sol-mi-do, parecen darnos un respiro: se acerca el final. Dona eis comienza tímido, pero se crece, se hincha orgulloso para huir asustadizo al humillante toque de trombón que te devuelve al piano. Amén, en un último esfuerzo: una nota en piano que se abre hasta el fortísimo; segundo desgarrador, y el tercero, que es solo una sombra. Latidos de cuerda para el final de un terrible Dies irae.
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Última edición por Anjemmaat el 29 Sep 2010 18:24, editado 2 veces en total
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