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Yo opino que los españoles solemos mirar con desconfianza a las obras de arte que nos plasman con lo que vemos como excesos folklóricos, románticos o caricaturescos. Nos pasa con las postales de toreros y sevillanas para guiris, nos pasa con la zarzuela, y nos pasa con Carmen. Quizá haya numerosas ocasiones en que prejuicio sea merecido, pero en el caso concreto de Carmen, en mi opinión, absolutamente no. Leí una vez (y comparto plenamente) que la localización “exótica” de Carmen en España no era muy diferente a la de Lakmé en la India o la de Turandot en China, y lo comparto plenamente. Bizet, pienso, ni quiso hacer una obra conceptualmente española ni quiso definir España. En la escritura vocal, en la construcción del drama, en la sugerentísima orquestación, Carmen es esencialmente una opéra-comique, y en ese sentido, algo irrenunciablemente francés.
Francés, sí, pero intensísimo. La atracción que José siente por Carmen no tiene nada que ver con el amor en sentido operístico: es un amour fou, una obsesión que él sabe en todo momento que acabará destruyéndole, y de la que sin embargo no es capaz de liberarse. Así, la degradación enfermiza, casi adictiva, de José (de la que Carmen, mujer libérrima y enamorada del gozo en tanto que es optado por ella misma, es un catalizador) me parece que perfila uno de los retratos humanos más interesantes de toda la ópera francesa. Lamentablemente, la grandeza trágica de José parece escaparse a tantos músicos que no se la cuestionan ni a Otello, ni a Peter Grimes, ni a Samson, ni siquiera a Herrmann.
Independientemente de ello, opino que es una obra sensacionalmente bien escrita, sugestiva, apasionada, dominadora de los más variados recursos compositivos: el lirismo tradicional del bellísimo dúo de José y Micaela, la gracia chispeante, lejanamente rossiniana, del Quinteto del acto II, el leitmotiv evolutivo y no meramente recordatorio, la apasionada fiebre del dúo final, la tremenda, “desnuda” naturalidad del aria de las cartas y los contrastes del trío en que se inserta, la espléndida escritura coral (sobre todo el coro del humo, increíblemente efectivo si se hace íntegro, con la sección de los tenores, y el estupendo arranque del Acto IV ), la magnífica descripción de los personajes mediante su música, el sentido de fatalidad que Bizet creyó capaz de asumir a la opéra-comique y su forma de conseguirlo… hacen de Carmen, en mi opinión, una obra absoluta. No le doy más que matrícula de honor porque no hay.
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