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El ROF ha vuelto a reponer (y van tres) la producción de Ronconi estrenada en 1998 y que tan buenos éxitos ha tenido. Tiene gracia, es divertida, y en su “locura organizada”, es muy rossiniana. Lo malo son los cambios de decorados a vista que ralentizan excesivamente el dinamismo que pide una partitura como ésta.
Lo mejor en la faceta musical lo dio el director Yves Abel y la orquesta del Comunale de Bolonia. Tempos rápidos pero sin descuidar en absoluto a los cantantes, efervescencia rítmica, vitalidad, dinamismo, entusiasmo… En definitiva, era desde el foso desde donde surgía la teatralidad y la vida de los personajes.
En cuanto a los cantantes, todos un escalón por debajo de la dirección orquestal, aportaron ganas y entusiasmo (era evidente el buen ambiente que había entre ellos, y fue más evidente aún en los saludos finales), pero ninguno de ellos dio la talla completa que pide cada uno de los personajes. Lo peor vino de la señorita que cantaba el papel de Clorinda (una tal Manon Strauss, indigno nombre para alguien tan poco musical), a la cual, para mayor desgracia, se le añadió un aria, que no es de Rossini. Cómo sería el espanto canoro que al final de su aria alguien gritó “vergogna”. No era para menos, porque esta señorita además es una de las discípulas, supuestamente aventajadas, que han salido de la Academia Rossiniana. Cómo será el resto, entonces…
Nicola Alaimo estuvo simpático como Dandini, pero la voz es muy pobre, y su manejo, más pobre aún Por cierto que este hombre será el Tell de La Coruña, así que me temo lo peor. Alex Esposito (Alidoro) es competente, pero anda escaso de tersura; Paolo Bordogna (Don Magnifico) estuvo, como es habitual en él, muy teatral y muy divertido, pero con esa voz de ventrilocuo que poco tiene que ver con el canto rossiniano. Lawrence Brownlee (Ramiro) es un tipo que a mí me cae muy bien, tengo que reconocerlo. La voz no es gran cosa, fibrosa y más bien destimbrada, y tampoco está muy bien colocada, pero el hombre le pone tanto entusiasmo y tanta fe, que se acaba ganando al personal. Y, finalmente, Marianna Pizzolato, voz bellísima, sobre todo en el centro, pero que tiende a imitar, casi siempre en lo malo, a Daniela Barcellona. En la coloratura rápida parecen un calco, y con el mismo efecto de estridencia y destemplanza. Si intentara unas soluciones más personales, creo que podría ser una cantante muy válida.
Una mención final para otra española: Cristina Faus (levantina, pero no sé exactamente de qué provincia), que ahora canta de mezzo, aunque sus inicios fueron de soprano. A mí estos cambios de cuerda (que cuando se producen ya en carrera, casi siempre suelen ser en “descenso”) siempre me dan la sensación de que se busca un refugio cómodo y seguro ante la imposibilidad de solucionar los problemas en el agudo. Tal vez este caso sea diferente, no lo sé. En cualquier caso, como Tisbe estuvo aplicada y disciplinada.
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