7. LA MÚSICA DE LAS ESFERAS.Al comienzo del texto de la “Serenade” se hace una mención a la teoría medieval de la música de las esferas: “Hasta la más pequeña de las esferas que ves produce con su movimiento una angelical melodía”. La referencia es breve, pero ya con afán de no dejar tecla sin tocar, os haré un resumen de lo que he ido encontrando por ahí sobre esta teoría.
Antes de nada, transcribo otro ejemplo de la misma época: el poema A Francisco Salinas, de Fray Luis de León. Su autor, al escuchar al músico Francisco Salinas, consideró que los hermosos sonidos se asemejaban a la música de las esferas y escribió lo siguiente:
Traspasa el aire todo (*)
hasta llegar a la más alta esfera,
y oye allí otro modo
de no perecedera
música, que es la fuente y la primera.
Y como está compuesta
de números concordes, luego envía
consonante respuesta,
y entre ambas, a porfía,
se mezcla una dulcísima armonía.
(*) Se refiere a la música de Salinas.Todo empieza con Pitágoras y sus números. Para él, la esencia última de la realidad se expresaba a través de números: sólo mediante los números se podían percibir cosas inalcanzables tanto para el intelecto como para los sentidos. A Pitágoras se le ha atribuido el descubrimiento de las proporciones de los principales intervalos de la escala musical. Para sus seguidores, Platón entre ellos, las distancias entre los planetas -las esferas- tenían las mismas proporciones que existían entre los sonidos de la escala musical que eran considerados entonces como "armónicos" o consonantes. Cada esfera producía el sonido que un proyectil hace al cortar el aire. Las esferas más cercanas daban tonos graves, mientras que las más alejadas daban tonos agudos. Lo más hermoso era que, según ellos, los sonidos que producía cada esfera se combinaban con los sonidos de las demás esferas, produciendo una sincronía sonora especial: la llamada “música de las esferas”.

Para los pitagóricos, por tanto, el Universo manifiesta proporciones “justas”, establecidas por ritmos y números, que originan un canto armónico. El cosmos, a sus ojos, es un sistema en el que se integran las siete notas musicales con los siete cuerpos celestes conocidos entonces (el Sol, la Luna y los cinco planetas visibles). A estos planetas se añadían tres esferas adicionales que alcanzaban el 10, el número perfecto.
No todo el mundo estuvo de acuerdo con esta teoría. Aristóteles, por ejemplo, no se la creyó. Pero Cicerón, Quintiliano y Tolomeo sí. Y cuando, en la época renacentista, Platón fue “redescubierto” en Occidente, la agradable teoría de la “música de las esferas” entró en tromba con él.
Para su concepción del universo, Kepler se apoyó en los mitos de Platón y en el sistema de Copérnico que planteaba que el Sol era el centro en torno al cual giraban los planetas. Kepler estudió cuidadosamente las órbitas de los planetas para establecer una relación entre el movimiento de estos cuerpos celestes con la teoría musical indicada, y finalmente, en su libro Harmonices Mundi, postuló que las velocidades angulares de cada planeta producían sonidos consonantes (antes de que alguien lo pregunte, no sé qué son sonidos “consonantes”; quizá en vez de una pregunta, algún amable forero pueda dar una respuesta). Asumida esta creencia, escribió seis melodías: cada una correspondía a un planeta diferente. Al combinarse, estas melodías podían producir cuatro acordes distintos, siendo uno de ellos el acorde producido en el momento de la creación y otro el que marcaría el momento del fin del universo.

Casi un siglo después, Newton retoma la teoría para conjugar dos visiones del mundo que parecían antagónicas: el mundo mecanicista y el orden superior que rige al Universo. Su visión mecanicista, que permitió la predicción de apariciones de cometas e incluso el descubrimiento de Neptuno mediante operaciones de cálculo, reforzó la idea de que el Universo manifiesta una gran armonía.
Después de Newton, la teoría de las esferas va cayendo en el olvido, y justo cuando parecía enterrada por la mecánica cuántica y por unos físicos y astrofísicos que ahora hablan de espectros, frecuencias, resonancias, y funciones trigonométricas aparece un satélite de la Nasa que confirma que el sol emite “música”. En el 2004, el satélite TRACE descubrió que la tradicional música de las esferas consiste en realidad en un “ultrasonido solar” que interpreta una partitura formada, según el satélite, por ondas 300 veces más profundas que el sonido de las más profundas vibraciones audibles por el oído humano.
Para desengrasar, terminaré musicalmente con dos compositores del siglo XX que han tenido una inspiración cósmica, aparte del archiconocido Holst.
Así veía el asunto en 1916 el danés Rued Langgaard, quien también compuso óperas, como sabemos los seguidores (que somos legión) del magistral hilo
La otra óperaLangaard. Música de las esferasY pensando en las esferas, a Mike Oldfield (uno de mis músicos preferidos fuera de la música clásica, aunque últimamente se repite demasiado) se le ocurrieron cosas como ésta en uno de los últimos discos (2007) que lleva por título precisamente “La música de las esferas”:
Mike Oldfield. Música de las esferas. ShabdaFUENTESPara la recreación histórica del post nº 2 he tomado los datos oportunos de la “Enciclopedia mundial del siglo XX, Tomo 4”, Editorial Vergara, y de “Nuestro tiempo”, Editorial Blume.
Los post sobre Vaughan Williams y Henry Wood han consistido en un trabajo de recopilación, síntesis, organización de datos y reelaboración para adaptarlos a mis intereses narrativos, de artículos de Wikipedia sobre "Waughan Williams", "Serenade to music", "Henry Wood", "Queen’s Hall", "los Proms", "la Orden de los Companions of Honour", "John Masefield", "The Church of St Sepulchre-without-Newgate", y las biografías de todos y cada uno de los dieciséis cantantes (y por cierto, ni una sola, aunque no le dedique al cantante más que un párrafo, omite el dato de que el/la biografiado/a participó en el estreno, lo que da idea de la importancia de ese acto).
También para el post sobre VW he teniendo en cuenta el artículo “La música inglesa desde la era victoriana”, de Robert Layton para la Enciclopedia de los Grandes Compositores, donde se halla el “estilo directo” a partir del cual, en una feroz síntesis, surgió mi “estilo indirecto libre”. Dice Layton: “A pesar de que escribió gran número de óperas, ninguna de ellas soportó las exigencias escénicas, ya que su talento no estaba dotado para dar vivacidad al intercambio de palabras de un drama. Sólo “Riders to the Sea”, con su atmósfera evocadora y su concentración musical, tiene el atractivo suficiente para ser considerada una obra maestra.” (Al final, Sid, te da la razón)
También he recurrido, como se indica en el post correspondiente, al foro pianostreet.com/sheet_music/Rachmaninoff.htm. para la descripción en directo de la emoción que sintió Rachmaninoff al oir la "Serenade" por primera vez.
Las elogiosas palabras que pronunció Vaughan Williams sobre su amigo Wood con ocasión de su jubileo las he recogido del folleto del disco “Wood conducts Vaughan Williams”.
Para el apartado de versiones y grabaciones he aprovechado alguna que otra cosa del artículo de Wikipedia “Abbey Road Studios”, y de los archivos recién abiertos de los Proms.
El texto de la “Serenade” viene tanto en el artículo de wikipedia al respecto, como en el youtube de Adrian Boult, como, por supuesto, en el disco “Woods conducts VW”. El de "El mercader de Venecia" es muy fácil de encontrar por internet en el idioma original. Para la traducción utilicé en principio el libro “Comedias” de Shakespeare, de la serie “Historia de la literatura” de RBA Editores, pero me pareció tan lamentable que volví a recurrir a la red. Lo que encontré, pese a ser claramente mejor, no me satisfizo del todo en alguna palabra o expresión, y acabé poniendo un 5 o un 10% de mi propia cosecha.
En cuanto a la música de las esferas, me he limitado a realizar un resumen de dos artículos: el de Jesús Herrera para sepiensa.org y el de Eduardo Martínez (sobre el satélite de la NASA) para tendencias21.net
Las fotos proceden, en su gran mayoría, de los propios artículos citados como fuentes. En unos pocos casos son personales o han sido buscadas al efecto, como la vidriera de Henry Wood, que requirió una tenaz persecución de más de una hora saltando de página en página en inglés, mirando docenas de vidrieras de iglesias con nombres casi calcados de unas a otras. Pero cuando al fin cayó, me puse especialmente contento, pues ¿a cuánta gente conocéis que, sin ser religioso de profesión –o aun siéndolo-, tenga una vidriera?
Con esto termina mi aportación a la Obra del Año 2010. Gracias a quienes la habéis estado siguiendo, y espero que deis por bien empleado el tiempo que habéis dedicado a la “Serenade to music” y demás música que ha ido pasando por estos posts.