Os pego mi crónica, absolutamente fría, aséptica e imparcial del evento...
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La Diosa dos años después: Manon en la ROH
Fue precisamente en el Covent Garden donde escuché por primera vez a Anna Netrebko, en la famosa Traviata que tantas veces os he contado y que nunca voy a olvidar. Ningún cantante -exceptuando a Plácido- me ha causado una impresión tan profunda en un teatro como la soprano rusa con aquella Violetta, y durante los dos años que han pasado desde entonces he querido escucharla de nuevo. El pasado martes 22 lo logré por fin, de nuevo en Londres. Y no, queridos. Aquella Violetta no fue un sueño.
Para hacerme volar a Londres habría bastado la presencia de la Diosa, pero en esta ocasión, además, había dos alicientes más que poderosos. La representada es una de mis óperas favoritas, y el hombre que la iba a dirigir, un maestro por el que siento devoción. Cuando las expectativas son tan altas es inevitable cierto miedo al desencanto. ¿Me decepcionaría la Diosa tras dos años sin escucharla en directo? ¿Sería su voz tan hermosa como la recordaba? Ay, verbeneros... a veces las palabras se quedan cortas, incluso a mí, que no las escatimo. Pero no será por no intentarlo.
Anna Netrebko es una cantante fuera de los límites de lo temporal. Lo es por su voz extraordinaria, por su talento como actriz -incomparable a ninguna otra-, por su presencia escénica y su carisma, y por esa manera de cantar que hace que mientras escribo se me humedezcan los ojos una vez más. El lirismo que es capaz de desplegar, toda la intensidad dramática que pone en su voz, la cantidad de sentimientos que transmite van más allá de la belleza de un piano aterciopelado o de ese cañón deslumbrante cuando da rienda suelta a toda su voz y se lleva por delante orquesta, coro y los cimientos mismos del teatro. Vendrá quien diga que en el Je suis encore tout étourdie respira donde Sills o De los Ángeles no lo necesitan. O que en la Gavota Fleming da notas más agudas. Yo digo, y me repito: señores, al teatro. Vayan a verla. A respirar con esa Manon frágil, caprichosa, divertida, sensual y conmovedora hasta la médula. Sientan cómo su corazón se hace trizas con ese "Ah, le beau diamant...", cómo se les desboca de principio a fin de la escena de Saint Sulpice. Vayan a extasiarse con la delicadeza de esa Petite Table, a angustiarse con su angustia al final del cuarto acto, a bañarse en el torrente de belleza que es la voz de esta mujer. Vayan, sientan la ópera con mayúsculas encarnada en una cantante única. Por lo que más quieran, no se la pierdan.
Junto a ella estaba, en el papel de Des Grieux, Vittorio Grigolo, al que escuchaba en directo por primera vez y del que había oído hablar muy mal. Tengo que deciros que no comprendo el porqué de críticas tan despiadadas hacia un cantante que, entre otras cosas, es capaz de compartir escenario con un fenómeno musical, vocal y escénico como Anna Netrebko y no sólo mantener el tipo, sino llegar a brillar en alguna ocasión. Es un tenor con defectos, pero también con muchas virtudes, la principal de ellas su voz. Una voz grande, llamativa, que si bien en ocasiones da la sensación de estar poco controlada o mal "domesticada", por volumen y color empasta a la perfección con la de la Diosa. De hecho, Grigolo estuvo mucho mejor en los dúos con ella (muy especialmente Saint Sulpice y el dúo final) y un poco más flojo en sus arias (lo peor de la noche, el Ah, fuyez..!, falto de lirismo, ritmo y belleza aunque apasionado). Tiende a la brusquedad y a sobreactuar, pero dejó varios detalles hermosos, y estuvo excelente en el acto final. Su grito desgarrado contra el pecho de Manon al morir esta puso los pelos de punta a todo el teatro.
Manon es posiblemente, junto a Tosca y Otello, la ópera que mejor conozco, y por conocer me refiero a que he escuchado muchas versiones muchas veces. Pues bien, niguna, leed bien lo que os digo, ninguna tan espectacularmente dirigida como la que creó el martes Antonio Pappano. Nunca la música de Massenet resultó tan intensa, tan hermosa, tan cargada de sentido hasta en aquellos fragmentos en que incluso los más fervientes admiradores de esta ópera hemos pasado a la siguiente pista en el CD. Casi me parecía estar oyendo una ópera distinta, mucho más plena musicalmente. Y con la música, las voces y el coro: todo encajaba como en un puzle maravilloso cuya pieza maestra fue la escena del Hotel de Transilvania, de la que Pappano hizo una creación soberbia. Hasta la otra noche, me parecía un talento desmesurado capaz de dirigir bien cualquier cosa, sea Rossini o Wagner, Verdi o Puccini. Hoy estoy convencida de que Antonio Pappano es un genio.
El resto del reparto estuvo a la altura de las circunstancias, fue especialmente celebrado el simpático Guillot de Cristophe Mortagne. La puesta en escena dejaba bastante que desear, como viene siendo habitual en la mayoría de las producciones a las que asistimos, aunque no lo suficiente, por fortuna, para llegar a estropear la velada. Fea, ramplona, con poca o ninguna gracia (salvo quizá algún detalle en el primer acto), y llena de escaleras por las que los protagonistas subían y bajaban sin cesar poniendo a prueba su técnica respiratoria y en alguna ocasión sus reflejos -Grigolo dió un traspié al final del primer acto mientras ambos subían precipitadamente los interminables escalones para huir a París y por poco no huyó volando-. Dramáticamente poco lograda a excepción del coup de théatre del vestido de la diva en el cuarto acto, de un fucsia espectacular. El resto, del montón de la parte de abajo. Una mención especial, eso sí, a la compañía de danza de la ROH, que junto a Pappano logró que, por primera vez en mi dilatada historia de amor con esta obra de Massenet, no se me hiciera larga la escena del ballet.
Fue una noche maravillosa, y en el tiempo que duró esta función fui inmensamente feliz. Porque amo a Massenet y a su Manon, porque adoro a Netrebko y a Pappano, porque me encanta el Covent Garden. Y porque no hay nada en el mundo comparable a una gran noche de ópera.
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