|
No coincido mucho con lo que leo por aquí, pero qué le vamos a hacer... En mi opinión, fue una función un tanto sosa, que empezó con cierto interés, pero que fue decayendo; en parte por culpa de Riccardo Frizza, el director de orquesta que hizo un primer acto espléndido, lleno de matices, con el vigor y el ardor que piden estas partituras verdianas, pero que posteriormente puso el piloto automático y dejó todo en una rutina eficiente, pero poco más. Eso sí, la Orquesta Filarmónica de Gran Canaria sonó como hacía mucho tiempo que yo no la escuchaba, aunque hubo alguna pifia muy evidente, sobre todo en flautines y trompas. Y el coro, sobre todo los chicos (las chicas en esta ópera tampoco tienen mucho trabajo) sonaron bastante empastaditos y homogéneos, en particular las voces graves.
En cuanto a los solistas, el tenor Pisapia comenzó muy mal, con una emisión de lo más variada (sonidos guturales, nasales, engolados, abiertos, cerrados, en el esófago, en el culo…), y un canto que parecía un campo de minas. En definitiva, que su primera aria fue de lo más entretenido, una auténtica “montaña rusa”. Por suerte, el hombre se fue entonando un poco e incluso aportó cierta fantasía, como en la cadencia de su segunda aria, “Di ladroni attorniato”, con puntatura al Si natural incluída.
La soprano Carmen Giannattasio tiene buen material, pero la intérprete es nula. Canto sin la más mínima expresividad, todo en forte y a grito pelado. Además, esta buena señora no sabe trinar. La cosa no tendría mayor importancia, dado que a día de hoy, y por esos escenarios líricos, no hay Dios que sepa hacer un buen trino. Pero se da la curiosa circunstancia de que este papel está escrito expresamente por Verdi para Jenny Lind, soprano sueca que era un auténtico ruiseñor, y, por lo tanto, la partitura está plagada de trinos. Pero, bueno, pelillos a la mar. Ya sabemos que, actualmente, las partituras son una mera excusa, cuando no un estorbo, para la mayoría de los cantantes.
Del bajo Spotti mejor no hablar. Lo de “bajo” es un decir, porque parecía más bien un “ogro comeniños”. En cuanto aparecía en escena, lo mejor era salir huyendo o taparse los oídos. Lo más solvente fue el barítono Vladimir Stoyanov, un cantante competente, sin grandes méritos pero que tampoco comete grandes estropicios. De todas formas, se le podría pedir mayor gama de expresión en un papel que es un auténtico “bombón” y en el que el gran Verdi comienza a hacer acto de presencia.
La puesta en escena, muy a tono con los tiempos de crisis que vivimos, era digna de una fiesta de fin de curso (de colegio de pago, eso sí).
|