Vi la función del jueves 18 a través de Opera Oberta, y aunque hayan pasado unos días, no me resisto a comentar lo que hubo.
No me detendré demasiado en los pormenores de la retransmisión en semidirecto para las universidades que forman parte del proyecto Opera Oberta, pero a ver si en el Real se esmeran un poco. La ecualización de las voces fue un desastre, y en alguna ocasión el coro al completo se quedó en MUTE. Tampoco el sonido de la orquesta resultó mejor, pues se oía en exceso a medio foso. El colmo ya fue un glorioso momento en el que sólo se oyó un clarinete desmelenado…
Como ya se ha dicho, fue la controvertida función que cantó la pareja Dessì–Armiliato, que viajó a Madrid dando un pequeño rodeo por Tokio.
Armiliato comenzó con un "Improvviso" un tanto desafinado, pero aún salvable. En el acto II fue quedándose afónico progresivamente (gracias a los planos medios de la realización se le vio toser varias veces). Del duo salió más o menos gracias a la ayuda de su señora. Y tras la pausa
(y algún pase mágico en el camerino…), salvó los muebles en los dos actos restantes de manera bastante correcta. Para el desastre que se avecinaba, no terminó tan mal.
Dessì hizo un acto I irregular, para ir a más y marcarse una "Mamma morta" de altura y realmente emocionante (y lo reconozco

a pesar de que esta cantante no suele gustarme). Resultó algo frío
Marco Di Felice (reciente Boccanegra en Oviedo) como Carlo Gérard, un personaje que requiere más amargura que la que él destiló. Cantó bien, sí, pero sin conmover en exceso. Entre los secundarios, una eficaz
Marina Rodríguez–Cusí como Bersi, tanto en lo vocal como en lo escénico, y muy especialmente la hermosa intervención de
Larissa Diadkova, una vecchia Madelon emocionantísima.
Stefania Toczyska hizo una estupenda Condesa de Coigny, y el Incroyable de
Carlo Bosi tuvo el relieve que merece un personaje que a veces queda desdibujado.
La escenografía me gustó, con sus más y sus menos. Un espectáculo que parte del público echaba de menos (y no insisto en las controversias generadas por las funciones de
Lulu, que algunos consideraron una versión de concierto…

) y que funciona por momentos. El acto I resulta atractivo, con bonitos decorados, pero con un vestuario y unos pelucones sacados literalmente de
Il Casanova de Fellini. Ese colorido tan oscuro resulta escasamente francés, y es un poco elemental el retrato que se hace de una aristocracia ciega a lo que ocurre a través de ese aspecto de zombies dieciochescos. En la época, tan ajenos eran los nobles a la realidad que seguían divirtiéndose sin preocupaciones, pero no vestidos para su propio entierro. No ya elemental, sino infantil, es el vestir a Chénier de azul cielo en ese acto I; claro, como canta "Un dí, all'azzurro spazio", es para reforzar la idea.

Y el "teatrillo–dentro–de" siempre es bonito, pero a mí ya me satura. La iluminación en este acto fue todo un acierto. El acto II fue variado, pero no tanto que resultase disperso en el movimiento escénico. Para mi gusto, lo mejor fue el teatro incendiado del acto III, como decorado y como símbolo. Y no me disgustó la idea de la enorme reja del acto IV, aunque contrasta de manera llamativa con el realismo buscado en el resto de la ópera: aquí no hay guillotina, y la arquitectura de la celda se reduce a una reja sobredimensionada por la que los protagonistas ascienden. Visualmente resulta bien, y es intercambiable: serviría también para
Fidelio, Trovatore, Aida… si hay una escena en la cárcel, es un decorado multiusos que puede reciclarse.
Hacía tiempo que no veía un
Chénier, y la verdad es que disfruté mucho de una ópera que me encanta. Como siempre, con sus más y sus menos. Pero disfruté.