Primer punto:
No creo que el tema de las popularidad de la ópera se deba al precio de las entradas:
1 En Buenos Aires sale más caro una entrada al cine que una entrada (de las más económicas) a la ópera. Sin embargo una mayor cantidad de gente va al cine, podría decirse que el cine es de lo más popular.
2 El Gran Abono del Colón (tenemos cinco clases diferentes de abonos porque hay cinco funciones distintas por semana) cuesta $2000 para toda la temporada en la Platea, y un Palco cuesta más porque consta de seis butacas, sin embargo se consiguen entradas a $3 para ver funciones desde el Paraíso (son las butacas más altas, el gallinero, la visibilidad no es muy buena pero la audición es perfecta). En el Teatro Avenida las entradas más económicas son de $5 (las que yo siempre saco) y se vé y escucha perfectamente. Si tienes la suerte de tener un abono (aquí también son de por vida) eres muy afortunado (yo he tenido abono durante años hasta que no pude seguir pagándolo) porque no necesitas hacer largas colas para comprar entradas, pero si no lo tienes, eso no te impide ir a ver las óperas que te interesan.
3 Una entrada a cualquier concierto de Rock ( de lo más popular que tenemos por estos pagos) cuesta entre $30 y $200 la función, y se llenan de miles y miles de jóvenes.
4 Una entrada para escuchar a Luis Miguel o a Julio Iglesias o algún grupo argentino que no lo conoce ni Magoya puede costar mucho más que eso y van de a miles y son considerados populares porque los escucha mucha gente.
5 Las entradas para el fútbol (el más popular de los deportes en mi país) cuestan entre $20 y $100.
6 Cuando estuve en la Madre Patria la última vez compré una entrada por 7 euros (perdón pero mi ordenador no posee el carácter del euro) en el Liceu para ver La Traviata y mi visibilidad fue perfecta. No tuve ningún problema para comprar la entrada en el día, ya que hubiera sido imposible para mí comprar abono desde Buenos Aires. Tampoco tuve problemas para conseguir una entrada en el Teatro Real de Madrid para ver Pelleas et Melissande.
Con esto quiero decir que es un mito eso de que la ópera es un lujo de las èlites. Si bien en un momento fue patrimonio de la sociedad aristocrática, ya en el siglo XIX la alta burguesía adinerada se adueña de los palcos (que la aristocracia arruinada ya no podía permitirse) y el pueblo se sitúa arriba en el gallinero (donde solían estar las butacas memos cómodas a causa de la iluminación con velas que ensuciaba la ropa), con lo cual los privilegios se difuminan, y todas las clase sociales tienen acceso, convirtiendo a la ópera en la única expresión artística capaz de provocar un diálogo entre el poder y los espectadores de cualquier origen social. Este espacio social es a partir de entonces más democrático.
Me dicen que en España una entrada al campo de fútbol puede costar 40 euros, pero hay entradas de ópera a 6 euros, así que no comparto eso de que
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“la gente no puede ir a la ópera como va a los museos o a los conciertos en Plazas de Toros y Campos de Fútbol”
si las masas prefieren el fútbol no es porque ir a la ópera sea más caro.
Es inexacto que
Citar:
“la gente no puede asistir a la ópera”
en España tanto como en la Argentina (aquí también hay críticos que opinan igual que éste señor).
No creo que sean
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“privilegios operísticos que tengan su origen en un pensamiento elitista, con tintes aristocráticos”
no es exacto que si no tienes todo ese dinero para comprar un abono no puedes concurrir a una representación que te apetezca.
Es cierto que la ópera nació como un género popular.
No comparto eso de que
“
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Ningún dinero público debería emplearse en promocionar acontecimientos culturales a los que el pueblo no tiene la opción libre de asistir”
en primer lugar porque el que quiera es libre de aistir, y en segundo lugar porque el estado tiene obligación de promover la cultura, del mismo modo que debe ocuparse de la salud y la educación de la población.