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Pues una vez vistas las óperas, aquí van mis impresiones. Empiezo por “Cavallería Rusticana” que es la que se representó en primer lugar. Tuvieron el detalle acertado de representar las óperas sin interrupción, sólo con un intermedio de 30 minutos y se dedicó toda la temporada al desaparecido Manuel Ausensi que apoyó ya desde el año 1982, año de la creación, a la Associació D´Amics de l´Òpera de Sabadell.
Con unos diez minutos de retraso sobre la hora prevista, el director argentino Fernándo Álvarez empuñaba la batuta y hacía sonar los primeros acordes de Cavalleria. Con la tendencia de siempre, la orquesta sinfónica del vallès sonó fuerte como es de costumbre, pero el fosado tampoco es todo lo ideal que debiera ser. Para mí el tempo era correcto, aunque a veces se tendía a “ahogar” un poco al cantante.
Siciliana desde dentro y a telón alzado, Albert Montserrat, barítono pasado a tenor, salvó la página, empezó un poco flojo y fue yendo a más a medida que avanzaba la ópera, quizás su punto mejor fue casi al final del dúo con Santuzza, pero su voz no me acabó de convencer, de timbre nasal, pero de agudos sólidos, le faltó un poco de cuerpo para encarnar a Turiddu.
La gran triunfadora de Cavalleria fue sin duda para mí Rosa Mateu, de dicción clara, timbre bello aunque faltada de graves consistentes, se erigió en el punto de mira de la obra. Escénicamente correcta.
Kyung-Jun Park, que el año pasado cantó a Fray Lorenzo en el “Romeo y Julieta” fue un Alfio justo, y su única página de lucimiento, “Il cavallo scalpita” fue aplaudida poco y casi por fuerza. La Lola de Cristina Faus, correcta y la Mamma Lucia de Marisa Roca, sin ser un timbre especialmente bello, cumplió su papel, pero fue poco caraterizada de señora mayor.
Un punto muy a favor para el Coro que se lució bastante, sobre todo en su pasaje del Himno al Señor, cantando seguro pero con tendencia al forte.
En cuanto a la escenografía, fue bien resuelta, una plaza de un pueblo con la iglesia a mano derecha y la taberna de Mamma Lucia a la izquierda, todo amenizado con un color amarillo crema que daba la sensación de mucha luminosidad. Quizás lo que menos me gustó es la introducción de la figura de un mimo mientras la orquesta tocaba el intermezzo, un mimo que salía de la iglesia y se aparecía a Santuzza. El mimo, creo yo, que representaba a la propia Santuzza, una Santuzza embarazada y quiero pensar que lo que significa es quizás la reflexión de la protagonista después de haber contado a Alfil que Turiddu es el amante de Lola, y dentro de su remordimiento ve los acontecimientos que están a punto de acaecer.
Grandes aplausos para todos, con bravos y vítores para los tres protagonistas.
El caso de Pagliacci es bastante loable de comentar, quizás por la manera en cómo se resolvió escénicamente. Sin duda es una ópera difícil de montar y más, creo, en un teatro como La Farándula que no dispone de un gran espacio escénico de de los medios suficiente para hacer un montaje espectacular. Se por utilizar el color negro, blanco y dorado, pero creo que la idea resultó muy positivamente.
Se había incorporado en la platea derecha una rampa que comunicaba con el escenario, lo que me hizo pensar que la compañía de Canio llegaría por ahí, pero no. Debo de alabar la labor escénica de Miquel Górriz, porque se salió del tópico al que estamos acostumbrados, pero no obstante, aunque diferente, para mí resultó muy bien a nivel dramático.
Kyung-Jung Park, quizás me gustó más en el papel de Tonio que de Alfio, cantó un prólogo, bueno, cantó y salvó la página. Empezó con el “Si può” en el centro del escenario y fue desplazandose hasta la derecha. Cuando empezó el “E voi, piutosto…” colocado ya en el extremo derecho, el telón empezó a alzarse de manera lenta pudiendo ver un cuadro plástico del coro y los protagonistas de la obra en primer plano, como si, cantado el prólogo, quisiera hacer imaginar la escena al espectador. Al principio pensé que el director de escena ya le estaba chafando sus cuatro minutos de gloria al pobre barítono, distrayendo al público con el telón, pero la escena funcionó dramáticamente, es como si hubiera querido que en aquel momento la voz de Tonio fuera una voz en “off”. Buena idea, me gustó.
Se introdujo de nuevo a un mimo y tres coristas, que además de cantar ayudaban a la realización escénica, como si fueran integrantes de la compañía de Canio. Como si fueran las “máscaras” de las que nos habla el prólogo.
En cuanto a la parte volcal, el protagonista Josep Fadó era Canio, que me gustó mucho más que Albert Montserrat, aunque la voz era un poco temblorosa, los agudos estaban allí, firmes, el del “Ventitré ore”, salvado, y corto, el “Vesti la giubba”, gritado en algún pasaje, pero mucho mejor en el “Non pagliaccio non so”, pero quizás el Canio necesita, sobre todo en este último pasaje un timbre un poco más baritonal, a mi gusto, pero en conjunto me gustó.
Laura Alonso, sustituía a la anunciada Susana Cordón, encarnó el papel de Nedda, una voz poco interesante tímbricamente, su registro a veces me pareció más de mezzo que de soprano. Escénicamente correcta, aunque en la pantomima quedó un poco justa.
Gran sorpresa para mí fue, por una lado el Silvio de Carles Daza, que el año pasado estaba en la Escuela de Ópera de Sabadell, buen fraseo, timbre generoso, con tendencia a cantar un poco forte e igual, pero sin duda un elemento a seguir; y por otro lado el Beppe de Hans Ever, compañero en la Escuela de ópera también y que cantó con gran refinamiento el pasaje de Arlequín.
En el intermezzo también se introdujo la figura del mimo, esta vez representando al propio Canio, todo vestido de negro, (a diferencia de la pantomima en que Pagliaccio va todo de blanco). Esta vez interpreté que era la muerte, sus movimientos, la rápida desaparición de Canio al verle, etc. Me sugieron esto.
El final quizás fue lo mejor de Joseph Fadó cuando ya en la parte derecha del escenario dice “La commedia è finita”, una vez ha matado a Nedda y a Silvio, un foco sigue la figura de Canio, él horrorizado se tapa la cara y se acurruca en una de las paredes laterales, pero el foco continua siguiéndole, y preso del pánico desciende por la rampa instalada y nos pasa por delante de la primera fila con el foco persiguiéndole, como cuando en las películas la policía enfoca al criminal, hasta que queda delante del director mientras van sonando los últimos acordes de la ópera y Canio mira lo que ha pasado, y se ve la escena de nuevo en cuadro plástico, él ha salido de la “ficción” y está viendo la “realidad”, creo que esto es lo que quería decir.
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En conjunto, unas representaciones positivas musicalmente hablando y escénicamente también, pues aunque se utilizara el mismo decorado en toda la obra los diferentes cambios de iluminación estuvieron muy encertados.
brunilda
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