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La Gioconda de Ponchielli y Boito, como muchas obras italianas escritas entre la década de 1860 y la de 1890, debe mucho a la grand opéra francesa. En efecto, muchos han entendido que el término utilizado para describir estas obras, opera-ballo, no es más que la denominación italiana de una misma cosa: un gran espectáculo histórico en cuatro o cinco actos con un divertissement de danza hacia la mitad. Pero la relación entre grand opéra y opera-ballo no es tan clara y La Gioconda lo pone de manifiesto quizás mejor que ninguna otra obra.
El Don Carlo de Verdi, la última verdadera grand opéra, se representó por primera vez en París en marzo de 1867 y en octubre del mismo año ya se estrenaba en Italia, en Bolonia. El director, Angelo Mariano, era un gran entusiasta de este género: la primera representación en Italia de L’Africaine de Meyerbeer (1865) siguió al estreno parisino con la misma celeridad, ya que al cabo de poco más de seis meses la obra ya cruzaba los Alpes en dirección a Bolonia. Mientras Mariani ocupó el cargo de director en el Teatro Comunale también se pudieron ver representaciones de Le Prophète de Meyerbeer (1849) en 1860 y Les Huguenots (1836) en 1861, y también una reposición de Guillaume Tell de Rossini (1829) en 1864. Las representaciones de las grands opéras de Meyerbeer se hicieron cada vez más frecuentes en la península italiana a partir de 1840, año en el que se estrenó en Florencia Robert le diable (1831). Si bien de entrada se temía que estas importaciones parisinas ocasionarían el fin de la producción operística autóctona (tema que fue muy debatido en la prensa), se demostró que aquellos miedos eran exagerados. En 1874, cuando Ricordi encargó La Gioconda, los críticos en general ya habían pasado a centrarse en otros temas más polémicos y, evidentemente, los debates más encendidos eran con diferencia los que giraban en torno a las primeras representaciones en Italia de las obras de Wagner: en 1871 Lohengrin (1850) y al año siguiente Tannhäuser (1845), estrenadas también en Bolonia bajo la dirección de Mariani.
Aparentemente, la principal deuda de La Gioconda con la estética parisina podría ser su uso del coro, al cual se asignan varios números característicos para ser cantados en solitario en las primeras escenas: la obertura, "Feste e pane!", es una representación clásica de fiesta ciudadana, en un animado compás de seis por ocho que reaparece para la Furlana ("Carneval! Baccanal!") hacia el final del primer acto. "Gloria a chi vince", un allegro vivace igualmente exultante, aclama al ganador de la regata. Pero el coro, que sintoniza más con la dramaturgia de la grand opéra, es "Addosso alla strega": Barnaba convence al crédulo Zuane de que la madre de La Gioconda, La Ciega, es una bruja que le maldijo el barco, y él y el resto de la multitud se abalanzan sobre la mujer, dispuestos a ejecutarla allí mismo en aquel preciso instante. La Juive d’Halévy (1835), uno de los ejemplos más característicos del género, tiene una escena similar en el primer acto, cuando una multitud furiosa amenaza a los dos personajes judíos, hasta que la llegada de las autoridades (representadas por el cardenal Brogni) vuelve a imponer el orden. En La Gioconda es Alvise o, mejor dicho, su esposa, Laura, quien impide que se derrame sangre. Cuando ya ha pasado la crisis, oímos a los feligreses cantando desde el interior de la iglesia, un recurso corriente en la grand opéra: si en este caso rezan las vísperas, en La Juive el contexto es un "Te Deum" de celebración, y en La Muette de Portici (1828), una boda.
En el siguiente acto, se suman al coro habitual unas voces infantiles (que interpretan el papel de marineros de la embarcación de Enzo) en "Pescator, affonda l’esca", la barcarola de Barnaba, y de nuevo en la escena de la batalla ("Le galee, le galee!"), en la cual se produce el espectacular incendio del bergantín al llegar las galeras venecianas. Evidentemente, el color musical local en este tipo de situaciones no se limitó únicamente a la grand opéra –La Muette de Portici tiene una famosa barcarola, pero también hay una, por ejemplo, en I due Foscari de Verdi (1844). En este caso la consciente meticulosidad de su uso tiene un aire claramente parisino, a pesar de que la idea del barco en llamas parece una referencia directa a Meyerbeer, ya sea al barco de Vasco da Gama que se estrella contra un arrecife en L’Africaine, ya sea al palacio en llamas que cierra Le Prophète. Desde un punto de vista escénico, eso es grand opéra pura.
Lo mismo puede decirse de la distribución de los roles, sobre todo de los de las mujeres. Tanto en La Muette de Portici como en La Juive, la protagonista es una mujer de clase social baja enamorada de un hombre que pertenece a una clase mucho más elevada, aunque ella no es consiente de la situación. Y no únicamente eso: el hombre ya tiene una prometida o una esposa de su mismo nivel social. Los acontecimientos conspiran para reunir a ambas mujeres y para arrebatar a la humilde heroína al hombre de quien está enamorada. En La Muette la protagonista también acaba salvando a la pareja, como hace La Gioconda, y después se suicida. También existen otros paralelismos: las plegarias que hacen constante acto de presencia en la grand opéra (la de los rebeldes en La Muette, la de Alice en Robert le diable, la de la cena del Seder en La Juive y la coral "Ein fest’ Burg" en Les Huguenots, por citar solamente unas cuantas) también aparecen en La Gioconda (las vísperas del primer acto, con la música asociada al rosario de La Ciega, que reaparece después en la ópera). Además, las formas musicales francesas, más flexibles (escenas enteras basadas en la alternancia libre de texturas corales y solistas e importantes números cerrados –como por ejemplo "Suicidio!" del cuarto acto– en forma ternaria y con episodios de modulación), son la norma más que las piezas italianas tradicionales.
Pero, si en cuanto a estas cuestiones La Gioconda se inspira en la grand opéra parisina, en otras parece seguir el ejemplo de un estilo de drama musical que, en realidad, es aún más antiguo: en algunos momentos la estética llega a recordar a Donizetti. Por ejemplo, si bien es cierto que el coro es bastante activo en los actos primero y segundo, en el tercero y el cuarto, en cambio, adopta un papel más tradicionalmente italiano: el de un comentario escandalizado, pero pasivo, de los hechos. Un buen ejemplo de ello es el concertato finale del tercer acto: si La Gioconda respondiera plenamente a la manera francesa, el coro no se limitaría a quedarse petrificado de horror al ver a Laura aparentemente asesinada por su marido, sino que a continuación organizaría una revuelta contra Alvise. Del mismo modo, mientras que al final de La Muette, Guillaume Tell, Les Huguenots, Don Carlos, etc., los protagonistas se encuentran en medio de grandes acontecimientos –una revolución, conflictos entre sectas, represión estatal–, cuya dimensión pública está representada por el coro, en La Gioconda es solamente una persona, el malvado Barnaba, quien amenaza a la heroína. En efecto, la modernidad de la dramaturgia de esta ópera se deriva precisamente de esta concentración de la amenaza. Como ha señalado Fiamma Nicolodi, en la opera-ballo el énfasis creciente en la crueldad y el carácter morboso de las personas traslada el concepto de "choque" típico de la grand opéra de la acción externa a la psique interna. En La Gioconda, el hecho de asignar a Barnaba (que, a pesar de que lo olvidamos fácilmente, es un cantante de baladas) números atractivos, como la barcarola, pone de relieve este tono siniestro. Aunque en las primeras grands opéras los malvados ya canten piezas alegres (Gesler y sus soldados al final del tercer acto de Guillaume Tell; Bertram en Robert le diable), en este caso la discordancia se nos presenta como especialmente característica de las preferencias dramáticas de Boito, un anticipo de lo que llegará más tarde con "Inaffia l’ugola", la canción de taberna de Iago en Otelo (1887).
Finalmente, si en La Gioconda hay algo que parece indiscutiblemente francés es su famosa música de ballet. Los episodios de danza eran una condición sine qua non de la grand opéra, y la fiesta ofrecida a los invitados de Alvise en la Ca’ d’Oro es un ejemplo realmente afortunado de ello. Lo que hace que este ballet destaque no es tanto la espectacularidad de sus características (en cualquier caso, nada puede igualar al ballet de los patinadores de Le Prophète, interpretado con patines en la producción original), ni la posición central que ocupa en la trama de la ópera (las monjas que resucitan de entre los muertos en Robert le diable y la masque cortesana de Don Carlos son los mejores ejemplos), sino la música excepcionalmente bien construida compuesta por Ponchielli. La conocida como "Danza de las horas" ha sido interpretada muy a menudo como pieza de concierto por derecho propio. Y el papel destacado de la orquesta en La Gioconda no acaba aquí: la pieza orquestal del final del tercer acto, que retoma la melodía de "Già ti veggo immota e smorta", el apasionado solo de Enzo, era un recurso totalmente nuevo en 1880 (año en el que se representó en Milán una versión revisada de la ópera), si bien se generalizó muy pronto.
Sea cual sea la decisión sobre la estructura genérica de la ópera, La Gioconda es única en la tradición de la opera-ballo (con la posible excepción de Aida y el Mefistofele del mismo Boito, que tienen una historia propia en los escenarios) y por ello ha sobrevivido en el repertorio. Sin duda, ha influido en ello la popularidad de arias como la de Enzo en el segundo acto, "Cielo e mar", y la de La Gioconda en el cuarto acto, "Suicidio!", y quizás también la peculiar nueva vida que Disney otorgó a la "Danza de las horas" al incluirla en Fantasía en 1940 (¿quién podría olvidar a aquellos cocodrilos tunantes bailando con unos hipopótamos sonrojados?), pero es muy posible que el rasgo auténticamente definidor de La Gioconda sea esta extraordinaria atención al detalle orquestal, presente en toda la partitura. En este sentido, incluso se podría llegar a sugerir que sin Ponchielli no podría haber existido Puccini…
Cormac Newark profesor de Música de la Universidad de Ulster. Coautor de The Cambridge Companion to Verdi y de The Cambridge Companion to Rossini
_________________ AUPA WOLFIE!!!...esto ya lo había dicho, no? Fantinetta, hoy mismo
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