El Gran Inquisidor escribió:
Me aburrí como una ostra
Que Su Ilustrísima se aburra en una Ariadne no es, efectivamente, para echarse las manos a la cabeza, como decía Mister Scorpio; más bien es para tomarlo a gritos
Ariadne es una de las óperas más bellas y refinadas del XX, de ahí mi extrañeza. Y como Mister Scorpio, disfruté intensamente (no, no voy a utilizar el mismo símil que él, por supuesto).
En líneas generales, la cosa fue de menos a más, y en la cuarta y última función cabe suponer que el ajuste sea mayor, en todos los sentidos. Desde luego, la triunfadora de la noche fue la mezzo Katharine Goeldner, con un Compositor estupendo, en lo vocal y en lo escénico, al que supo poner el contrapeso adecuado el Maestro de Música de Vesselin Stoykov.
La animación del prólogo, con su multitud de personajes, resultó lograda; incluso eché de menos algo más de jaleo en los preparativos entre bambalinas de la ópera propiamente dicha. Sobresalió el Maestro de Danza de Francisco Vas, que destaca haciendo secundarios de carácter (hay que recordar su divertido Subastador de la temporada anterior en The Rake's Progress).
A menudo se reprocha a esta ópera el contraste entre el dinamismo del prólogo y lo estático de la segunda parte, donde se representan a la vez la ópera seria y el intermedio cómico. He de decir que en esta producción se puso especial cuidado en evitar ese estatismo por todos los medios, moviendo todo lo posible al resto de personajes, y no sólo a la "troupe" de Zerbinetta. En tan bonito y endiablado papel, Gillian Keith resultó algo justa vocalmente, con problemas en el sobreagudo. Por ello, compensó con creces sus carencias vocales con su dominio escénico, haciendo un personaje divertidísimo y reflexivo a la vez, respaldado por los cuatro personajes de la Commedia dell'Arte que la acompañan, interpretados por Marc Canturri –muy buen Arlequín–, Juan Noval–Moro, Juan Antonio Sanabria y Marc Pujol; a veces hubiera sido deseable un mayor empaste en los bellos cuartetos que cantan, pero el resultado general fue equilibrado, con un desempeño escénico estupendo por parte de los cuatro. Algo similar ocurrió con las tres ninfas, que podían haber empastado sus voces con mayor delicadeza.
Emily Magee fue una Ariadne algo más que correcta, y fue entregándose cada vez más. El lunar –aunque me temía algo peor– fue el Baco de Richard Margison, que canta para los que están sordos cual tapias (sus "Circe! Circe!" fueron bocinazos de provocar infarto). Con bocinazos y todo, estuvo mejor que en la primera función, donde parecía avecinarse el desastre…
La Orquesta Oviedo Filarmonia sonó con gran limpieza gracias al trabajo del maestro Fujioka en los ensayos. De monotonía, nada, al menos en esta función.
Y la escenografía me gustó, qué le voy a hacer (porque parece que no ha gustado a casi ningún forer@…). Los decorados son sencillos, pero a la par resultan bonitos y efectistas. Y me gusta el guiño onírico que ha molestado a otros. Lo que menos me convenció fue el vestir de blanco a Baco y Ariadne; Margison y Magee estaban escasamente favorecidos con aquellos atuendos.
La dirección de escena de Philippe Arlaud estuvo llena de detalles interesantes, sugerencias y simbolismos. Todo ello revela un cuidadoso trabajo del texto y la música, extrayendo numerosas connotaciones presentes en una obra tan hermosa.
A pesar de lo poco que gustó a una parte del público –de la primera función, sobre todo–, sólo sé que el corazón me latía a mil por hora al final de la representación. El mérito es de Richard Strauss, sin duda.
P.S. Una nota divertida para acabar. Mejor, dos (son comentarios sorprendidos al vuelo en un pasillo del teatro).
–"Esta ópera es rara, pero bonita".
–"El compositor de esto debe ser bueno ¿no?"
No comment…