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Batter my heart. El texto
<img src="http://www.elia-artschools.org/biennial/_images/PeterSellars.jpg" height="250"><img src="http://emmaline1138.files.wordpress.com/2008/10/johndonne.jpg" height="250"> </center>
El autor del magnífico libretto de
Doctor Atomic es
Peter Sellars (no Sellers

), figura clave en el mundo de la ópera y el teatro recientes. Prestigioso y polémico director de escena, inspirador del argumento de
Nixon in China (y director del montaje del estreno)... Su calidad artística es bastante menos dudosa que su estilismo. El libreto de Doctor Atomic es un ecléctico texto que bebe del folklore de los indios Pueblo (los Tewa, más concretamente; no sé mucho de antropología amerindia

), del
Bhagavad Gita (ese impresionante coro del II Acto...), de Baudelaire y, en el fragmento que nos ocupa, del poeta inglés del siglo XVII
John Donne.
En la audición de un poco más arriba dispuse el texto con las separaciones propias de un soneto, en concreto el XIV Holy Sonnet. El texto de Donne es apasionante, lleno de polisemias (no en vano se suele clasificar a Donne dentro de la corriente de los poetas metafísicos) que endiablan, nunca mejor dicho, la traducción. El soneto como tal puede leerse desde dos grandes ángulos, aunque por supuesto admite muchos más. De un lado sugiere la imagen de la Ciudad (asimilada a la mujer y lo carnal) asediada, al comienzo del segundo cuarteto, lo que permite entender la primera serie de verbos del primer cuarteto (knock, breathe, shine y seek to mend) como una seducción suave, y la segunda como un imperativo del uso de la fuerza, casi sexual. Así se entiende el primer terceto y la violenta imagen final con enthrall (encadenar) y ravish (tomar por la fuerza). Por otro lado, esas dos series de verbos opuestos (v.2 y v.4) de las que hablábamos pueden leerse como un símil referente al metal: golpea, empaña, saca brillo y trata de corregir (pulir, malear, abrillantar un trozo de metal deformado y sucio); y posteriormente reducir a esquirlas (break, aún más explícitamente el batter del comienzo), avivar el fuego (blow), fundir (burn) y hacer de nuevo. Afortunadamente no hay que elegir, ya que la palabra que inicia el poema, batter, significa tanto llamar a la puerta como destrozar. En la traducción, como es lógico, sí he tenido que elegir, aunque he tratado de mantener la ambigüedad y la capacidad de evocación de algunas de las palabras.
En todo caso, el poema se construye sobre ese juego evocador de metáforas y sobre las arenas movedizas de la
paradoja. La violencia que la voz del poema pide al principio no logra solucionar la contradicción básica. Estoy consagrado a otros, a tu enemigo, pero quiero amarte; la razón, que cumple dentro de mí tus funciones (que es tu virrey, tu doble en mí), no puede ayudarme, porque es débil o, lo que es aún más sugerente, porque me ha traicionado. Hasta llegar a las dos paradojas que cierran como una explosión el soneto.
Transplantadas todas estas ideas al final del I Acto de
Doctor Atomic (Sellars no toca ni una coma del soneto), la fuerza que ganan las palabras de Donne ante esta renovada perspectiva es brutal. Oppenheimer, director de las pruebas científicas destinadas en Los Alamos a diseñar la primera bomba atómica, se encuentra solo en escena. Las pruebas van bien, pero nadie sabe el poder que desatará la inminente prueba de la bomba, el mal tiempo parece hacerles peligrar a todos. A Oppenheimer, que se ha mostrado firme a lo largo del acto ante las dudas morales y políticas de muchos de sus colaboradores, le asaltan las dudas.
La Razón está capturada y se revela débil o traidora. Oppenheimer está solo, absolutamente solo, pidiendo que Dios le invada por la fuerza, justifique sus actos, acabe con el vértigo. El vértigo de subvertir la naturaleza, de quebrar los límites... de acabar con Dios.
<center>[youtube]http://www.youtube.com/watch?v=Yq6uI-IRa9A&feature=related[/youtube]</center>
Vemos el escalofriante vídeo procedente de las funciones de Amsterdam (dvd Opus Arte), con la extraordinaria puesta del propio Peter Sellars. Detrás de una cortina está la bomba, que proyecta su tétrica sombra. Impresionante el efecto picado de la cámara, que nos coloca como espectadores en la posición del Dios al que se dirige un inspiradísimo Gerald Finley (su interpretación es maravillosa en todos los sentidos). Los movimientos corporales, casi coreográficos, dan especial intensidad al momento. Oppenheimer nos mira. Mira al vacío.
Una de las "arias" de nuestro tiempo. Escrita y compuesta para nosotros, los habitantes de la primera década del siglo XXI.