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(sobre Gigli) La más hermosa voz de tenor de su época y quizá de todos los tiempos, limitación escénica y estilística, y longevidad artística pocas veces igualada configuran el “fenómeno Gigli”: un cantante que gozó de idolatría de cuatro continentes, con menos entusiastas en el presente. Esto se debe a que si bien la voz no ha sido superada en calidad, su forma de cantar ha quedado en el pasado.
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(sobre Lauri-Volpi) Las condiciones más positivas de este tenor fueron su timbre incisivo y brillante, la emisión heroica, los excelentes agudos -y aun sobreagudos- y la eficiencia con que daba vida a algunos personajes. Fue un eterno buscador de aplausos, y su vanidad tuvo características legendarias.
La voz en sí era poco atractiva y muy caprina; la dicción, ya fuera en un fragmento lírico o dramático, lucía siempre enfática y forzada. Fue sumamente irregular en sus presentaciones en público, y alguna vez se dijo que “cantaba un día bien y dos mal, pero era tan pedante que jamás se dio cuenta de la diferencia…”.
Lauri-Volpi nunca trató de incluir inflexiones carusianas en su canto, lo que constituyó una virtud. Se sentía cómodo en el repertorio belcantista, y fue un ideal intérprete meyebeeriano. El verismo y la literatura lírica del siglo XX, salvo su excelente Calaf, lo encuentran vocalmente desubicado.
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(sobre Fleta) La voz de Fleta, demasiado gutural por momentos, se extendía con facilidad al agudo. Toscanini lo distinguió por su ductilidad musical, y le confirió varias óperas entre las que se contó el estreno de Turandot que, personalmente, pensamos que no era una ópera para él, como tampoco para Gigli, que era al parecer la primera opción de Puccini. […]
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(sobre Ruffo) Ruffo impuso una manera de cantar que se proyectó entre varios colegas peninsulares, dejando una especie de “escuela”. Lamentablemente, sus imitadores –tipo Gino Bechi- no tuvieron más éxito que Martinelli imitando a Caruso o Tagliavini a Gigli. De todas formas, el barítono tipo italiano tuvo una tendencia general a cantar “alla Rufo”; sugieron epígonos como Enzo Mascherini y Carlo Tagliabue, los que en cierto sentido dejaron la mala premisa de que el repertorio verdiano –por ejemplo- debía ser cantado de esa forma. De esa tendencia se salvaron los norteamericanos, que lo hicieron a su manera y con más línea de canto, y los contemporáneos (Cappuccilli, Bruson, Nucci), que se han amparado en las emisiones más cuidadosas y cautelosas, con mejores resultados. El camino de esta última (o penúltima) generación no proviene de Rufo, sino de Mario Ancona a través de De Luca, Galeffi y Giuseppe Taddei. Sin embargo, el único exponente de posguerra que iba a tener el mencionado magnetismo de Ruffo sería Tito Gobbi, quien a pesar de una voz ingrata lograría los personajes más electrizantes de los últimos cuarenta años de la cuerda baritonal.
Sin comentarios por mi parte.