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Tres incidentes verídicos, vividos directamente por mí:
1. Me encontraba en el gallinero del MET, viendo una Aída a finales del 2007 (portentosa Zajick en el papel de Amneris). Una señora bastante mayor que estaba a mi lado estuvo tosiendo a lo largo de toda la función. Pero lo peor lo guardó para el final. Justo en lo más sublime del dúo "O terra addio", la condenada vieja sacó un pañuelo y comenzó a sonarse las narices. Allí no aguanté y le dije: "Oh madam, pleeeeaaaaseeee!".
2. En un Rigoletto hace muchos años, me tocó una pareja de novios en la fila de atrás. La chica, desde que se subió el telón, no hacía otra cosa que andar en el plan de narradora deportiva, describiendo todo lo que veía en escena. "Que lindos los trajes", "mira aquello", "mira esto". Yo volteaba a cada rato a verla con ojos de "si no te callas te mato", pero nada. Justo al final del Acto I, cuando raptan a Gilda, la miserable le dice al novio: "Mira, la llevan cargada... va tiesa". No aguanté y le espeté: "Coño! Que ya basta!". En el intermedio, como quedaban algunas butacas vacías en otra zona, me cambié de puesto, pues no quise averiguar si mi imprecación habría surtido efecto o si también me iban a narrar el Acto II con insights tan profundos como: "Mira, Rigoletto está bravo" o "Mira, el duque violó a la pobre muchacha".
3. La mejor historia es la de una Traviata de cuarta categoría en un viejo teatro estilo herradura (el Teatro Nacional de Caracas). Yo tenía 16 años y había ido con un gran amigo del colegio, que estaba (y todavía está) bastante loco. Estábamos en un palco con visibilidad bastante buena, pero obviamente aquellos que estaban más cerca del escenario tenían la cosa más difícil. En uno de los asientos cerca del escenario, en la primera fila, estaban dos señoras (bastante mayores), quienes apenas subió el telón decidieron pararse para poder ver bien, para desmedro de los que estaban en la segunda fila. Estábamos ya en "Flora, amici, la notte che resta" y había un lío armado entre las señoras y un viejo que ocupaba una butaca justo detrás de ellas. "Señoras, siéntense!". "Es que no podemos ver". "Que la ópera no es para ver, sino para oír!". Bla, bla, bla. Ya íbamos por el brindis y aquello parecía una batalla campal. Hasta que mi amigo se levantó y gritó con sonora voz (que debió oirse por todo el teatro): "Viejo maldito, cállese! Y ustedes también, señoras!". Santa palabra. Las señoras se sentaron, el señor se calló y hubo paz a lo largo del resto de la función.
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