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Bueno, pues ya está todo dicho, y yo, que estuve en la función de ayer, me sumo a las recomendaciones de mis coforeros: no os perdais esta maravilla, en la que, como habeis señalado, algún pequeño lunar en forma de insuficiencia vocal de algún cantante, no eclipsa para nada un espectáculo hermoso e inteligente a decir basta.
En primer lugar la música de Janacek, ese lirismo denso, oscuro, como un Puccini sin azúcar y con mucha, mucha cafeína, esas melodías de trágica belleza, directas y dolorosas como un grito en la noche.
En segundo lugar, la traducción escénica del contenido esencial de la obra, muy eficaz y muy inteligente. Una idea escénica es válida en la medida en la que se convierte en un vehículo para la mejor expresión de la obra musical a la que da soporte, en la medida en la que favorece la inmersión del espectador en ese mundo cerrado, propio, personal, que supone cada obra (sí, a la manera en la que cada sinfonía era un mundo para Mahler). Esa traducción, esa explicación visual, se logra a veces de manera más eficaz y más directa con elementos simbólicos, con representaciones de ideas, que con la recreación filológica de un ambiente. El sencillo suelo de madera rodeado de agua con las cuatro sillas enfrentadas en el que Carsen sitúa el conflicto doméstico entre Katia y su suegra/marido expresa mejor con su desnudez, con su frío esquematismo, la tragedia que allí se gesta de lo que lo hubiese hecho la réplica exacta de una isba. El chapoteo y la agitación de las bailarinas, los fogonazos de luz fría, nos sitúan emocionalmente ante la congoja y el pavor de esa tormenta que es a su vez representación simbólica del drama que se avecina. Es verdad que el Volga tiene algo más de cinco centímetros de profundidad y su caudal es más cuantioso y feroz que las tímidas ondas con las que los amantes se acarician a distancia, pero decir que esa aparente poquedad descalifica la intención expresiva del montaje es tanto como decir que no vale porque la cantante/actriz que representa a Katia Kabanova no se ahoga realmente. En cualquier caso, vayan y juzguen por ustedes mismos, yo creo que saldrán ganando.
En tercer lugar, Karita Mattila, su extraordinaria recreación dramática y vocal de Katia Kabanova. En 2005, durante el Musikfest de Berlín, tuve ocasión de oír su Jenufa versión concierto en la Philharmonie, con la Filarmónica de Berlín y Simon Rattle, y ya entonces quedé impresionado por su extraordinaria manera de interpretar del personaje de Janacek, tan cercano a esta Kabanova por su ambientación rural, su dramatismo, su tremendo desenlace. Una voz grande, muy grande, redonda, bien timbrada, una soberbia intensidad dramática, capaz de matices densos, oscuros, y de vertiginosas ascensiones hacia sonidos claros, brillantes. Una magnífica cantante. Y con lo visto ayer, una magnífica actriz, una lectura sincera y apasionada sin deslizarse por la pendiente peligrosa del tremendismo. Brava, Mattila.
En cuarto lugar, la dirección musical del maestro Belohlavek, enérgica, tierna, matizada, muy convincente.
Y para acabar, un par de lunares, o tres incluso: la cesura innecesaria que quiebra la continuidad de una función que iba fluyendo con gran coherencia, y que enfría, desconcentra y distrae; las ganas inmoderadas de aplaudir en esa cesura que nos hurtó de escuchar las últimas notas, ese hermoso apagarse de la música, al más puro estilo Met; y un muy feo detalle de la Orquesta (¡ay, la Orquesta!), la estampida de la inmensa mayoría de los músicos mientras que los cantantes y el director musical saludaban y el público aplaudía, que me pareció una actitud impresentable, y un tanto ridícula cuando el maestro Belohlavek les mandó saludar y en el foso no quedaban más allá de cinco o seis músicos. No me imagino otras orquestas en otros teatros haciendo tal mutis por el foro. Impresentable.
_________________ -Wer naht?
-Der König!
-Welcher König?
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