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 Asunto: NOVELA POR ENTREGAS: BARCELONA 1898. LAS AVENTURAS DE AGUSTÍ
NotaPublicado: 17 Nov 2008 21:35 
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BARCELONA 1898. LAS AVENTURAS DE AGUSTÍ, APRENDIZ DE BOTICARIO.


ÍNDICE:

CAPÍTULO I: DONDE SE DESCUBRE QUIÉN ES AGUSTÍ, DÓNDE TRABAJA Y LA OCURRENCIA QUE TIENE UN DOMINGO DE RESURRECCIÓN

CAPÍTULO II: DONDE UN INESPERADO ENCUENTRO LE SOLUCIONA UNA PAPELETA PERO LE OCASIONA OTRO TRASTORNO

CAPÍTULO III: DONDE SE CUENTA CÓMO FUE LA FUNCIÓN Y LO QUE OCURRIÓ A LA SALIDA

CAPÍTULO IV: DONDE SE EXPLICA ALGO MAS DE LA MUCHACHA DE OJOS CLAROS

CAPÍTULO V: SOBRE CÓMO CONOCIÓ A UN PERSONAJE AL QUE TODOS ADMIRABAN

CAPÍTULO VI: DE LO QUE HABLARON AGUSTÍ Y MARÍA Y LO QUE HICIERON JUNTOS DESPUÉS



CAPÍTULO I: DONDE SE DESCUBRE QUIÉN ES AGUSTÍ, DÓNDE TRABAJA Y LA OCURRENCIA QUE TIENE UN DOMINGO DE RESURRECCIÓN.


Audición recomendada mientras se lee el capítulo: aria del sueño de Manon, de J. Massenet:
MASSENET (Manon) - Sogno - Italiano (Di Stefano, 1944)
MASSENET (Manon) - Sogno - Italiano (Fleta)
MASSENET (Manon) - Sogno (Andre d'Arkor)
MASSENET (Manon) - Sogno (Kraus)
MASSENET (Manon) - Sogno (Jussi Bjorling)
http://www.box.net/shared/166tf2xetk


Tenía los codos apoyados en el mostrador, su cara bonachona sostenida sobre los dedos índices de ambas manos y la mirada perdida hasta más allá del cristal de la puerta de la botica. La expresión de Agustí, aquel sábado, oscilaba entre el aburrimiento y el fastidio más absoluto. Afuera, la ciudad estaba muy animada y Agustí pensaba en sus primas, que habían salido al campo a recoger tomillo por las laderas de Montjuich. A él lo del tomillo le parecía una cosa de niñas, pero sabía que hoy las baterías allí apostadas iban a disparar las quince salvas de ordenanza y, con el estruendo, sus primas y sus amigas se refugiarían a su alrededor, y eso le haría sentirse bien.

Estamos en abril y hace ya calor. El cielo está limpio y el sol radiante, pero a Agustí le molesta el corbatín. Es Semana Santa y hay mucho tránsito en la calle, gente devota y beata que va de una iglesia a otra. Y en Barcelona hay cincuenta y dos. Ayer, Viernes Santo, cerró la botica por la mañana y nuestro amigo se entretuvo viendo desde el balcón de su casa cómo a las señoras se les enredaban las mantillas cuando hacían corrillo frente a la Catedral. A Agustí, las cosas de la Iglesia no le van mucho y es difícil que se le vea por una; Y así su jefa, la dueña de la botica, se lo recriminó: “Nos salió ateo el mancebo”. Por darle gusto, Agustí le dijo:
- Pues sepa usted que esta tarde, a las seis, iré a la Salutación Sabatina.
Agustí acudía cada año a este acontecimiento por motivos muy distintos: Le fascinaba cómo la escolanía cantaba la Salve y cómo resonaban el órgano y todos aquellos instrumentos de cuerda en la Basílica de la Mercè.

Muy pocos transeúntes se detenían en la farmacia: “Maldito sol” solía decir el marido de la jefa. En estos días la clientela se desplazaba a las confiterías y se deleitaba con las monas; verdaderas y apetitosas obras de arte.

En estas, un señor como de 45 años de edad, de carnes regulares y color no muy bueno entró en la botica. Tenía toda la barba roja, pelo castaño y algo calvas las entradas. Vestía levita y pantalón negro y sombrero de copa y hongo, que descubrió al entrar al establecimiento. Se acercó a Agustí y le espetó:
- Llevo cuatro días sin hacer de cuerpo y no puedo aguantar más. Dame algo ya.
- Me va a llevar cinco minutos. Aguarde, por favor.
Agustí se dio la vuelta y entró en la rebotica. Con toda la paciencia y parsimonia de la que fue capaz se dispuso a hacer el purgante. Una solución de cloruro y magnesio y se va como los mirlos, pensó.
- Aquí tiene usted, caballero.
- ¿Cuanto tardará en hacerme efecto?
- De manera inmediata. Yo que usted lo tomaría ya en casa.
El caballero de la levita negra pagó y se marchó con evidentes síntomas de incomodidad digestiva a tenor del olor que iba despidiendo.

Así las horas fueron pasando hasta que llegó el momento del cierre. Tras cerrar la farmacia, Agustí marchó a su casa a cambiarse para ir a la Mercé. Algo estaba fraguándose en la cabeza de Agustí, pero él no lo sabía aún.

* * *

Al día siguiente, Domingo de Resurrección, Agustí se despertó algo soliviantado. Se vistió, desayunó y salió precipitadamente a la calle. Tenía cosas en qué pensar y prefería hacerlo fuera de las miradas de sus familiares. Justo a la salida del portal tropezó con un niño:
- Caballero, cómpreme el diario.
“Maldito mocoso”, pensó para sus adentros. Agustí hurgó en su bolsillo y sacó unas monedas
- ¿Cúanto cuesta, nen?
- 5 céntimos, señor
Buscó entre sus monedas una de las de cobre, una perra chica. Pese a lo que dijera la gente, el animal que sostiene el escudo a él le parecía un león, con una melena poco abundante, eso sí, pero no un perro. Y menos una perra. Si es que la gente por poner motes no respeta ni al dinero…
- ¿Señor?
- Disculpa, nen, estaba pensando.
- ¿Cree usted que habrá guerra en Cuba?
- ¡Y yo que sé! – y despidió de un puntapié en el trasero al chiquillo.

Últimamente todo el mundo habla de Cuba y del lío que hay montado con los yankees después de que en febrero un buque volara por los aires. Si la cosa se pone mas seria y vamos a la guerra para hacer prevalecer nuestros derechos, España va a necesitar la ayuda de los demás países europeos, y parece que hasta el Papa León XIII y el Emperador Francisco José están de acuerdo. Si es así, Cuba no correrá peligro, pero otros países como Francia o Rusia parece que no quieren ofender a los Estados Unidos. Ese maldito país cree que los europeos van a dejar que dominen el mundo. Ja! Eso habrá que verlo.

Agustí quería buscar en el periódico algún espectáculo en el cual entretenerse la tarde del domingo. Quería saber qué ponían en el Novedades, en el Tivoli, en el Principal o en Eldorado. Era la noche de los estrenos de la temporada y estaba ansioso por conocer los títulos de los que mañana hablaría toda la clientela en la botica. Alcanzó un tranvía de los que van a vapor y se sentó. Tomó el periódico con ambas manos y allí mismo, en la portada, aparecía lo siguiente:

Esta noche inaugúrase en el Gran Teatro del Liceo la temporada lírica de primavera, con una gran ópera, no oída aun en Barcelona: la Bohéme, de Puccini. Es de creer que la mayoría de los concurrentes irán al teatro, como de costumbre, sin tener del asunto más que una idea vaga, los que la tengan. Los más de ellos se contentarán leyendo el extracto somero del argumento que se vende y pregona por los chicos, junto á la puerta del teatro. ¿Basta esta sencilla preparación para hacerse cargo desde el primer día la partitura del compositor?
Antiguamente cuando se cantaban óperas más sencillas, más melódicas que las que hoy privan; cuando sin las complicaciones orquestales ahora de rigor, podía casi seguirse toda la letra en boca de los mismos cantantes, había en Barcelona quien cuidaba de dar á la estampa los libros de las producciones, con el texto italiano completo y la traducción castellana enfrente; pero de algunos años acá se ha perdido esta buena costumbre precisamente cuando, por tratarse de partituras mas complicadas sería mas conveniente y hasta necesario que se observase. Sabido es que los actuales compositores conceden un valor extraordinario no solo a las situaciones sino hasta a las frases de los personajes, de modo que no conociendo bien el texto del libro, su intención y su trabajo quedan, en las primeras representaciones, poco menos que oscurecidos.
De ahí dimanan, sin duda los éxitos fríos e indecisos que suelen tener cuantas óperas nuevas se ponen en el Liceo. Nuestro público ya peca en demasía de prevenido y cauteloso, y si a esta que es una de sus condiciones naturales, se agrega la falta de conocimiento del libro, nada tiene de extraño que, por no hallarse bien posesionado del asunto, cometa á veces verdaderas injusticias, que no logra rectificar sino después de llevar la ópera nueva cierto número de representaciones.
No por otras causas se explica, verbigracia, que la deliciosa Manon Lescaut de Massenet fuese acogida, la noche de su estreno, con una frialdad que para muchos espectadores era anuncio de muerte y olvido. (1)
Y, no obstante, la partitura del primoroso compositor francés ha triunfado por completo, y no existe hoy un solo filarmónico que no se recree saboreándola.
Al mismo género de medio carácter, entre cómico, idílico y sentimental, pertenece La Bohéme de Puccini, de suerte que los espectadores que acudan al teatro con la idea preconcebida de experimentar grandes emociones dramáticas tal vez se den por defraudados. Pero quizas en sentido opuesto experimenten una gran sorpresa los que no esperen gran cosa de la partitura del joven compositor italiano.
El libreto de La Boheme, escrito por Giuseppe Giacosa y Luigi Illica, está entresacado de las Scenes de la vie de Bohéme de Henry Mürger, libro popular en Francia y poco conocido en España, que pinta con gran riqueza de colorido la vida singular que allá por el año 30 llevaba la juventud literaria y artística de París. Cuatro cuadros bien destacados de las escenas de Mürger constituyen la ópera, que conserva el espíritu de la inspiración desenfrenada del original escritor, quien para pintar bien lo que pinta, á fuer de bohemio impenitente, tuvo un modelo perfecto en su propia persona, y un fondo adecuado en el mismo ambiente en que vivió.
Así pudo escribir en el prólogo de su libro los siguientes conceptos que figuran también en la primera página de la ópera:
“... ni la lluvia, ni el polvo, ni el frío, ni las insolaciones, bastan á contener á esos intrépidos aventureros.
Es su existencia una obra de genio de cada día, un problema cotidiano que logran resolver siempre con ayuda de las combinaciones matemáticas.
Cuando les apremia la necesidad, muéstrense abstinentes como anacoretas; pero apenas cae en sus manos un poquito de fortuna, vedles cabalgando en la grupa de los más fantásticos antojos, amando á las mujeres más bellas y más jóvenes, bebiendo del vino más viejo, y no encontrando nunca sobrado abiertas las ventanas para tirar por ellas el dinero. Luego, una vez muerto y enterrado el postrer escudo, vedles aún dibujando proyectos sobre la mesa redonda de la buhardilla, donde tienen siempre dispuesta la estancia; y contrabandistas de todas las industrias que del arte dimanan, vedles asimismo lanzarse día y noche á la caza de ese animal feroz que se llama el escudo.
Tiene la Bohemia un lenguaje propio, especial: una jerga,.. Su vocabulario es el infierno de la retórica y el paraíso del neologismo (…) ¡Vida alegre y terrible!”

Estas breves indicaciones bastarán a dar una idea del género y carácter de la obra que se estrena esta noche en el Liceo.
(2)

“¡Justo lo que yo deseo, una vida emocionante!”. Él quería hacer algo creativo: pintar, dibujar historietas en El Gato Negro (3), cantar, actuar, escribir novelas… Tal vez debería mudarse a aquella habitación que se alquilaba en la Boquería, con vistas a la Rambla. Con algo de ayuda podría pagar los nueve duros que pedía la casera por un mes. Allí sería del todo libre, podría escribir y cantar, dibujar o recitar poemas. Su vida era demasiado aburrida y acababa de descubrir su verdadera vocación: ser bohemio, fuera lo que fuera que significase aquello.




Notas:
(1) Sobre el estreno de Manon, de Massenet, se puede leer la reseña del 29/12/1894: http://hemeroteca.lavanguardia.es/previewPdf.html?id=33418071
(2) Se transcribe completa la noticia tal y como apareció en la prensa el 10/04/1898.
(3) El Gato Negro era un semanario ilustrado donde se publicaban diversas caricaturas y tiras satíricas. Se comenzó a editar en Barcelona en 1898 a un precio de 20 céntimos (dos perras gordas).


Última edición por Raúl el 01 Mar 2009 20:02, editado 5 veces en total

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NotaPublicado: 17 Nov 2008 21:35 
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CAPÍTULO II: DONDE UN INESPERADO ENCUENTRO LE SOLUCIONA UNA PAPELETA, PERO LE OCASIONA OTRO TRASTORNO.

Audición recomendada mientras se lee el capítulo:
ROSSINI (Guglielmo Tell) - Asile héréditaire (Roberto Alagna, tenor)
ROSSINI (Guglielmo Tell) - Il piccol legno (Kraus, tenor)
ROSSINI (Guglielmo Tell) - Resta immobile (Giuseppe Taddei, baritone)
http://www.box.net/shared/p45mgte2ks



Estaba decidido. Al bajar del tranvía, sacó de la faldriquera su petaca con tabaco y su librito de papel Layana. Fumar mientras caminaba le hacía pensar mejor.

Tal vez buscaría un profesor de música y aprendería a cantar. Todo el mundo le decía que entonaba muy bien aquellas habaneras. O quizá actor, en alguna de las múltiples compañías de teatro que recorrían Cataluña. Se imaginaba encima de un escenario, vestido de arlequín o de marqués, recibiendo el aplauso de la concurrencia. Pero antes debía ver esa obra; comprender y aprender los usos de los bohemios. Lo quería saber todo de ellos desde este momento. Mañana buscaría el libro del tal Henry Murgen, o Morgen, o como se llame. Probaría tal vez en aquella librería especializada en libros usados de la calle Santa Ana, junto a la plaza de la iglesia.

En todo esto pensaba Agustí cuando dio con sus huesos en la cervecería antigua de Santa Madrona. Allí solía encontrarse con conocidos y hablar de las carreras que se hacen en el Velódromo de Bonanova, en las cuales había participado alguna vez. Se sentó en uno de los veladores que daban a la calle y siguió ojeando el diario, aunque sin prestarle atención. No podía imaginar siquiera cómo entrar en el teatro. Era la primera de abono, turno impar. Y eso quería decir que ni siquiera su familia, lo suficientemente acomodada como para pagarle los estudios de la maestría en farmacia, pero venida de la Plana Alta de Castellón, tendría fácil acceder a aquel teatro donde hacía cinco años unos anarquistas se cargaron a una docena larga de personas de un bombazo(Notas 1, 2 y 3) .

Agustí conocía a través de su jefa, íntima de la viuda del señor Estremera, todos los detalles de lo sucedido. Resulta que el marido de esta señora, que fue gerente de la Sociedad Farmacéutica y de ahí la conocencia, estaba sentado en la fila 13 cuando ocurrió todo. Al parecer, aquellos anarquistas habían arrojado desde el quinto piso del teatro una primera bomba que se llevó por delante las filas doce a catorce de la platea, incluido al señor Estremera. Posteriormente, arrojaron una segunda bomba que no llegó a explotar y que después encontró un inspector de la vigilancia bajo un asiento. Sobre porqué no estaba la señora acompañando a su marido el día de autos, la viuda nunca dejó claras las razones, decía la jefa de Agustí junto con un exagerado guiño de ojo que el mancebo no sabía bien cómo interpretar.

Con un gesto, hizo saber al camarero que quería usar el teléfono. Buscó en el periódico y por fin encontró el número de la contaduría del teatro. El 1063 le comunicó con una operadora, que a su vez le transfirió a la oficina. Nada. Todo el gallinero estaba vendido. Regresó a su mesa y tomó un sorbo de cerveza. Con el rabillo del ojo detectó un movimiento extraño que le hizo girarse para mirar hacia el otro extremo del local, donde creyó ver una cara conocida. Escudriñó con movimientos de pescuezo entre la multitud de personas, que empezaban ya a abarrotar la cervecería poco antes de la una de la tarde, tratando de identificar al individuo en cuestión. La una de la tarde. A las ocho y media en punto empezaría la función que, pensaba, habría de cambiar su vida y para la cual no tenía entrada. Pero, oh destino impredecible, al girar de nuevo hacia su posición original fue a resultar que propinó tremendo codazo en lo que en un primer momento identificó como un vientre masculino y, posteriormente, descubrió que aquel vientre era mejor ubicarlo más abajo.

Agustí fue alzando lentamente la cabeza desde su posición agachada y en el ínterin iba descubriendo, a medida que subía, unos pantalones negros, una levita y, por fín, un sombrero de copa. Se trataba, como sin duda habrán descubierto, del caballero de tripas perezosas que la pasada tarde había acudido a la farmacia con cierta urgencia.

El caballero de la barba roja iba acompañado de otras dos personas, asimismo bien vestidos, a los que se dirigía de manera individual con el término signore. Las miradas de Agustí y el caballero rubicundo se cruzaron y el aprendiz de boticario le reconoció al momento. El mancebo comenzó a pestañear nerviosamente y a balbucear algunas palabras de disculpa. No era capaz de emitir palabra y parecía que estaba imitando a un mimo a punto de atragantarse. Al ver semejante escena uno de los italianos, al que el caballero estreñido llamó Alessandro, comenzó a soltar una serie de carcajadas terriblemente sonoras.
- Che cosa fa nella vita, birichino?
Aquel hombrecillo italiano de no más de treinta años, más bien achaparrado y bracicorto y que usaba bigote prominente que encorvaba hacia arriba en sus extremos miró al aún sorprendido caballero de la negra levita y le dijo, sin parar de reir:
- Dovrebbe reclutarle come attore. E una buona idea, perché no?
Y acto seguido, ambos italianos salieron del establecimiento, aún riéndose, dejando solos en escena a los dos viejos conocidos: boticario y estreñido.
- Jóven, me llamo Alberto y te acabas de librar de una buena ¿Sabes quién era ese señor?
Agustí, algo repuesto del susto, le contestó torpemente:
- Encantado, don Alberto, mi nombre es Agustí Sancho ¿Cómo se encuentra de su malestar?
El caballero cayó en la cuenta y exclamó:
- ¡Será posible! ¡El mancebo de la farmacia!
Este señor, formal y serio, pero agradable en el trato y la conversación, explicó a Agustí que se había repuesto totalmente de su incomodidad intestinal, por lo cual le estaba muy agradecido. Pidió permiso para sentarse, aunque estuviera escusado por el incidente anterior e insistió en invitar a Agustí a una nueva cerveza.
- El señor que acaba de salir se llama Alessandro Bonci y mañana toda Barcelona hablará de él.
- ¿Y qué hace el buen señor?
- Cantar ópera.

La cara de Agustí se transformó y estuvo tentado de salir corriendo detrás de él para pedirle, suplicarle, una entrada para esta noche. De repente, se interesó por lo que le estaba contando aquel señor mayor con tantas ganas de cháchara.
- ¿A qué se refería el italiano cuando me habló antes?
- Ah, eso. Decía que podrías ser un buen actor.
“Sí, eso es”-pensó Agustí- “Actor. Ni escritor ni pintor: Actor. O cantante.”
- ¿Conoce usted a algún actor?
- A cientos de ellos. Mala gente, siempre protestando y pidiendo mas dinero.
- Yo quiero ser actor.
Don Alberto le miró, entre divertido e incrédulo.
- ¡Pero si tienes un trabajo respetable!
- Pero es tan aburrido…

Por alguna extraña razón, a aquel señor que vestía de negro riguroso le cayó bien Agustí. Tal vez fuera ese abrir y cerrar de ojos tan particular; o su cara de expresión sincera. Fuera como fuere, el buen hombre echó mano del bolsillo izquierdo de su chaleco, de donde extrajo una tarjeta y se la entregó.
- Mi ayudante, el maestro Serra, estaba encargado de buscar a los profesores para el estreno de esta noche y así lo hizo, pero se olvidó de apalabrar a los diez actores para la función que hoy comienza. A estas alturas, todos los teatros están a punto de estrenar y no se encuentra un solo actor en toda Barcelona, y ya no es posible traer a otros de fuera. Me encuentro en un verdadero aprieto, ya que no quisiera tener que robarle a mi colega del teatro Eldorado a unos cuantos figurantes y fastidiarle el estreno del nuevo sainete de Chapí, La Revoltosa. – Agustí no notó pesar en esa ultima frase- Si te das prisa, puede que encuentres al Maestro en la calle de Ferrán donde sin duda estará tentando a alguno de ellos. Dile que vas de mi parte. (4)

En un santiamén tomó Agustí la tarjeta que le mostraba el buen señor y sin siquiera mirarla se despidió apresuradamente de su interlocutor y salió corriendo calle abajo en busca del ómnibus que le acercara hasta la Rambla. Una vez acomodado en el transporte, Agustí miró la tarjeta y leyó: Albert Bernís, empresario teatral. (5)

Parece que tenía resuelta la entrada al teatro, pero sabía que aquello no le iba a gustar a su madre.

NO TE PIERDAS LA SIGUIENTE ENTREGA DE LA NOVELA.
PRÓXIMO CAPÍTULO: DONDE SE CUENTA CÓMO FUE LA FUNCIÓN Y LO QUE OCURRIÓ A LA SALIDA





Notas:
(1) El atentado se produjo el martes 07/11/1893 durante la representación del segundo acto de Guillermo Tell. La noticia es recogida en la prensa el miércoles 8: http://hemeroteca.lavanguardia.es/previewPdf.html?id=33416068 y el jueves 9: http://hemeroteca.lavanguardia.es/edition.html?bd=09&bm=11&by=1893&x=64&y=18. Los modos de la prensa de la época hace que no se escatime en detalles escabrosos y morbosos. Si eres sensible, no te recomiendo su lectura.
(2) La reapertura del teatro fue el 21 de enero del año siguiente. La reseña del periódico La Vanguardia es esclarecedora de la época:
La reapertura del Gran Teatro del Liceo, sin ser propiamente un acontecimiento, tiene importancia suma, por lo mismo que contribuye á restablecer la normalidad tan deseada, en la vida barcelonesa. (...) Ya en otra ocasión hicimos notar que entre las víctimas producidas por la bomba del Liceo, contábanse centenares, quizás millares, de familias trabajadoras que fian su subsistencia exclusivamente al ejercicio de ciertas industrias algo importantes, relacionadas con la ostentación y el lujo. No fueron sólo los empleados de la casa los que se quedaron sin pan: pronto hubieron de sentir así mismo la paralización y la escasez muchos obreros dedicados á confecciones de prendas de vestir, de sombreros y zapatos, de joyas y guantes y otras industrias de la misma clase que suelen ocupar numerosos brazos.
Para avivar el trabajo en todas sus esferas y estimular la circulación del dinero, importa sobre todo que la normalidad se restablezca, y que las clases pudientes den el mejor ejemplo de interesarse por la suerte de tantos infelices, procurando olvidar recuerdos infaustos y sustraerse al influjo de preocupaciones no menos perjudiciales para todos.

(3) El juicio a los 27 encausados se celebró en Julio de 1894. Veamos una crónica del juicio: http://hemeroteca.lavanguardia.es/previewPdf.html?id=33423434
(4) Sobre cómo se reclutaba a los músicos y otras jugosas anécdotas del liceo de la época, leed este interesante artículo: http://www.bcn.es/publicacions/bmm/48/cs_h_semp.htm
(5) Albert Bernís (1850-1911) fue el empresario que dirigió el Liceu, con intermitencias, desde 1886 a 1911.


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NotaPublicado: 17 Nov 2008 22:37 
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Pulpo de garaje
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Qué buena, Raul!!! Espero con ganas la continuación...

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En la vida humana sólo unos pocos sueños se cumplen, la gran mayoría se roncan. Enrique Jardiel Poncela.


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Neno
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Ubicación: Reubicándome
Ése Raúl! :D Seguiremos la novela con mucha atención, visto el nivelazo de las primeras entregas...


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Operistic baby
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que interesante Raul :D :D

que ganas de saber como fue la función con Agustí. :D

pd: estaba leyendo un poco de la nota 1 del capitulo 2, y joer :shock: que detallismo más macabro :?

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AIUTO! viewtopic.php?f=4&p=654258#p654258


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En fín, pobre acogida ha tenido la novela, sólo 3 suscriptores... :cry: GRACIAS A LOS TRES, OS TENDRÉ PRESENTES EN MIS ORACIONES

Tengo escritos los dos siguientes capítulos, que publicaré en breve. A partir de ahora la historia se vuelve más interesante (romance incluido). Como no se suscriban mas personas, me parece que no llegaré a la parte donde hacen guarreridas...

A los que pasais del tema: ¿qué os echa para atrás? ¿Demasiado largo? ¿No se entiende bien? ¿falta de tiempo? ¿historia poco atrayente? ¿mi estilo es una kk? Me gustaría que me lo comentaseis...


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Hay más suscriptores compañero, pero en mi caso, no quería interrumpir.


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Ubicación: Foro nuevo, vida nueva
Yo la tengo en la segunda pestaña del navegador (la primera es el foro) esperando a encontrar un rato para leer con calma ;)

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Zu neuen Taten,
teurer Helde


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Idefixófila
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Va, Raúl, no me seas divo y tira p'alante.

Ah, y acaba pronto porque nos debes una sesión perera :wink:


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Joer, Cherubyne (léase cherubain), no me dejas pasar ni una.

Eso sí, soy el divo más diver. ¿Exactamente qué chorrada os debo?

Le pongo las negritas y to eso al siguiente capítulo y lo cuelgo...


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A ti te va la caña, mailof :P

Ah, exactamente no lo sé ... con que sea algo perero yo me conformo.


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CAPÍTULO III: DONDE SE CUENTA CÓMO FUE LA FUNCIÓN Y LO QUE OCURRIÓ A LA SALIDA

Audición recomendada mientras se lee el capítulo:
Alessandro Bonci - Donizetti, Lucia di Lammermoor - Fra poco a me ricovero
Alessandro Bonci - Leoncavallo, Zazá - Mai più Zazà
Alessandro Bonci - Puccini, La Bohème - Che gelida manina
Alessandro Bonci - Verdi, Rigoletto - La donna è mobile
Rosina Storchio - Donizetti, Don Pasquale - Quel guardo il cavalier..
Rosina Storchio - Giordano, Siberia
http://www.box.net/shared/gzhnhkc252



Serían las siete de la tarde cuando un remolino de curiosos comenzó a formar algarabía en la Rambla mientras intentaban encontrar un buen sitio desde donde atisbar a lo más refinado de la Ciudad Condal, que poco a poco iban llegando en sus coches de caballos. Los gritos de los chiquillos que vendían un díptico con el argumento de la ópera colaboraban aún más a ese ambiente de confusión, creando un galimatías formidable.

Agustí había conseguido hablar al medio día con el maestro Serra, de tal modo que había sido contratado para las once funciones de la obra por el nada desdeñable salario de un duro la función, pagadero al fin de la misma. Debía estar una hora antes en la entrada trasera que daba a la calle de Sant Pau, justo por donde entraban los mas humildes a ver la representación desde el gallinero. No sabía muy bien qué hacer, así que enseñó al fornido mozo que guardaba la entrada la tarjeta que le había entregado esa misma mañana el señor Bernís. Sin mover un músculo de la cara, el mozo de la puerta giró lo suficiente su cuerpo como para dejar pasar, muy justito, el delgado cuerpo de Agustí.

Dentro, un señor que rozaba la ancianidad, de pelo muy canoso y amplísima calva, corría de un lado a otro dando instrucciones en voz alta. Aquel hombre, vestido de franela encarnada y al que todos llamaban Francesc (1) pese a su edad venerable, portaba un picel con el que iba señalando a distintas personas que, a sus órdenes, hacían lo que les mandaba. Junto a él, otro caballero de unas patillas demasiado prominentes, tanto que parecían pasadas de moda, daba parecidas instrucciones en catalán. Se llamaba Vilumara y era de corta estatura. Se acercó a Agustí y, sin soltar la pipa de la que fumaba, abrió los brazos como para medir la amplitud de hombros del zagal. Giró la cabeza y le gritó:
- Junyent, Ja tenim cambrer!

Junyent, casi de la edad de Agustí, fue el que le proporcionó el vestuario y le explicó cuando tenía que entrar en escena y cómo moverse.

* * *

El teatro estaba rebosante de gente. Agustí nunca había visto tanta alhaja junta, ni siquiera en la joyería que hay junto al Gambrinus. Había mujeres hermosísimas vestidas profusamente de encajes y otros refinamientos, seguramente traídos de París. En casi todas ellas se apreciaba una elegancia natural, si bien a otras les caían los ropajes de manera algo postiza. Como el público acudió puntual, con puntualidad comenzó el espectáculo. Se apagaron las luces y comenzó la música.

Agustí, situado en la entrepierna (2), entre bambalinas, no perdía ripia de lo que allí se representaba. Al comienzo de la ópera, estaba ensimismado por las escenas donde aquellos simpáticos bohemios vivían la vida despreocupándose de todo y gozando del momento. Se trataba de una vida alegre, sin trabas, de una independencia casi infantil. De repente, una canción convierte a Rodolfo en un galante y a Mimí en un alma soñadora. Agustí no pestañeaba. El señor achaparrado que había visto en la cervecería por la mañana, ahora era un gigante. El signore Bonci (3) parecía aún más joven en el escenario. Cantaba con tal facilidad que Agustí lo creía sencillo. Ahora quería ser cantante. Con qué sentimiento y distinción le cantaba a Mimí. Verdaderamente era un poeta. La señorita Storchio (4) comienza a decir cómo se llama, cuando de repente luce una voz preciosa y canta con un gusto y una emoción exquisita. Lo suyo es sencillo amor, pero con un aire de noble tristeza que impregna todo su personaje. Termina el primer acto y el público rompe a aplaudir. Agustí casi ni respira. Si esto es el primer acto, no cree que llegue al tercero.

Afortunadamente, le despiertan de su ensimismamiento: El segundo acto es todo bullicio y Agustí tiene que estar perpetuamente en el escenario, como camarero en un café llamado Momus. Por allí aparece Musetta, a veces cómica y a veces tierna, que canta muy bellamente una canción a ritmo de vals. Los amigos de Rodolfo gastan todos unas voces poderosas, que hace pensar a Agustí que tal vez a Bonci le falte algo de volumen. El signore Buti (el otro italiano que le faltaba a Agustí) interpreta al pintor Marcelo, que corteja a Musetta y está lleno de celos. Y completan la cuadrilla un filósofo y un músico. A Agustí se le pasa volando este segundo acto y, tras el cierre del telón, va en busca de Junyent, a recibir instrucciones.

En el tercer acto Agustí hacía de barrendero y sólo aparecía al principio. Cuando salió del escenario Junyent le dijo que ya no volvería a salir, pero que se podía quedar hasta el final de la función. Más contento que unas castañuelas, Agustí siguió atentamente el transcurso de la obra. El tercer acto, le pareció enteramente lánguido y conmovedor, apasionado. Bonci, sin recurrir a exageraciones, mostraba al mundo un amor que era a la vez arrogante y celoso, sincero y trastornado. La tos de Mimí le hizo presagiar a Agustí un mal final, lo que le entristeció. Menos mal que Musetta alegró un poco sus pensamientos; pero la pareja de protagonistas se ponen melancólicos y recuerdan tiempos pasados. Parece que se reconcilian; no como la otra pareja, siempre de pelea.

En el cuarto acto, lleno de gritos de dolor, Mimí muere. La señorita Storchio, que tiene una figurita muy delicada, da perfectamente como una tísica, pero Agustí acaba de estudiar los descubrimientos del médico alemán Robert Koch y confía en que pronto obtenga una cura y tal vez entonces haya que cambiar la ópera. En esos pensamientos se entretenía Agustí mientras veía cómo cantaban y bailaban aquellos personajes vivos, tan reales, que eran capaces de gozar del momento, sin pensar en las miserias, totalmente despreocupados. De repente entra Musetta y todo se precipita. Mimí se muere. Agustí sufrió con ella durante su agonía y, mientras escuchaba sus entrecortadas palabras llenas de ternura, alguna lagrimita se le escapó. Aluvión de aplausos al final y éxito rotundo, como pronosticó el señor Bernís. A la salida de camerinos se encontraba el maestro Serra, que había estado en el foso tocando el violonchelo y que rápidamente se apostó en la puerta para pagar los honorarios a todos los que habían participado, incluido a Agustí.

He aquí la crónica que un crítico hiciera de esa noche tan especial para Agustí:

Pocos éxitos tan francos se han registrado en el Liceo, cual el que obtuvo el domingo por la noche La Bohéme de Puccini, al ser representada por primera vez en Barcelona. Estrenada el l.° de febrero de 1896 en el Teatro Regio de Turin, ha recorrido desde entonces de triunfo en triunfo los principales teatros de Italia, y la buena acogida que ha tenido también en Barcelona no ha de servirle poco para abrirse camino hasta figurar en el repertorio de las principales compañías líricas.
Y no es, ciertamente, que la partitura sea un portento de inspiración ni de ciencia musical; pero, en cambio, tiene por base un asunto muy simpático y abundante en situaciones las más variadas, en las cuales la nota cómica se enlaza con los asuntos tiernos y sentimentales, dando lugar á esos felices contrastes, que en el teatro suelen traer aparejado el éxito.
En el conocimiento del teatro y del público, radica principalmente la fuerza de Puccini. Con tal cualidad, en esa especie de match que parece haberse entablado entre los tres compositores de la moderna escuela italiana, bajo los auspicios de las casas editoriales de Milán, no cabe duda que, hasta ahora, el autor de La Bohéme se ha adelantado á los autores de I Pagliacci y Cavalleria rusticana.
Puccini ha compuesto su última obra con desenfadada soltura y gran viveza, abusando alguna vez de los unísonos en crescendo, pero mostrándose siempre bien penetrado del asunto, ajustándose con acierto á las diversas y variadas situaciones del libro, y haciendo gala constantemente de una notable condición: la claridad.
Á través de estas circunstancias de carácter general, descuellan en cada uno de los cuatro actos de La Bohéme, algunas escenas que atraen la atención del público, haciéndose acreedores á los aplausos con que han sido recibidas: en el acto primero, él dúo entre Rodolfo y Mimí, impregnado de gracia y sentimiento; en el segundo, la reconciliación entre Marcelo y Mussetta entre el cuadro bullicioso de la Noche buena en el barrio latino, (una fiesta francesa con colorido italiano); en el tercero, el cuarteto de las dos parejas, animadas de bien distintos sentimientos, y, no obstante, hábilmente fundidos; y, por último, en el cuarto, la muerte de Mimí, cuadro bien compuesto, muy sentido y hasta en ciertos momentos emocionante.
Que Puccini, desde su Manon Lescaut á su Bohéme, ha dado un paso de gigante, es indudable, y el público entero del Liceo si hubo de reconocerlo, al identificarse tan íntimamente con su última producción.
Cierto que tuvo La Bohéme una interpretación tan ajustada cual pocas veces se vé en una primera representación. Ni escogido adredes, hubiera podido darse con un personal más idóneo para representar la ópera de Puccini. Entre los artistas ya conocidos de nuestro público, y aplaudidos en distintas ocasiones, reaparecieron la señorita Barone y los señores Navarrini y Puiggener; y como nuevos fueron oídos, produciendo agradable sorpresa, la señorita Stocchio, que por su figura, por sus condiciones de actriz y por su hermosa voz, dúctil y bien educada, encarna á la perfección el tipo de Mimi: el señor Buti, barítono de una admirable corrección, y finalmente, el tenor señor Bonci, que fue en verdad el héroe de la fiesta.
Pues no causo poco agrado poder oír un tenor dotado, á la vez que de verdadero talento escénico, de una voz de un timbre hermoso, aunque no muy potente, admirablemente equilibrada en todos los registros, de emisión fácil y riquísima en matices!
Tenor habemus dijeron á una, relamiéndose de gusto, nuestros filarmónicos, quienes desde los buenos tiempos de Massini no habían disfrutado de un deleite parecido.
(5)

Habíamos dejado a nuestro amigo en el teatro: Pues bien, una vez hubo recibido su premio en forma dineraria, nuestro mancebo salió por la parte trasera del coliseo y, remontando la calle de Sant Pau, vino a dar a la Rambla, desde donde cruzó hasta la Boquería. Sus pensamientos, bien lo sabéis, iban encaminados hacia la vida bohemia que anhelaba. Por fín sabía lo que significaba ser bohemio. Como sin quererlo, se detuvo en la puerta de la pensión donde alquilaban, con derecho a comida, una habitación. En cuanto ahorrara los nueve duros ésa sería su casa.

Justo en el instante en el que se le ocurrió el feliz pensamiento, apareció un grupo de unos treinta jóvenes que venían Rambla abajo desde la plaza de Cataluña haciendo ruido. A Agustí esas voces le sacaron de su ensimismamiento y le reintegraron a la realidad. Venían dando vivas a España, a la Marina y a Cuba española. Algunos curiosos se unieron a los vitoreadores y el ruido se fue haciendo cada vez más fuerte.

De la calle de Ferrán, lugar donde los chóferes aparcan los coches, provenía un sonido inquietante como de cascos de caballos. Súbitamente, un carruaje sin control dobló la esquina y vino directamente hacia Agustí, tirándole al suelo y quedando boca arriba. Pronto surgieron unas cuantas parejas de la policía que hicieron cesar los gritos y recuperar algo la calma. Agustí seguía sentado en el suelo, divertido, viendo la escena. Había sido el día más emocionante de su vida. Otro carruaje, más tranquilo que el anterior, subía por la Rambla con parsimonia. Al pasar a la altura de Agustí, la cortinilla del coche se deslizó y Agustí pudo ver perfectamente a sus ocupantes. De repente se sintió ridículo sentado en el suelo. Y más aún cuando desde dentro, inclinándose, una joven con ojos claros que sin duda venía del teatro le sonrió.

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Notas:
(1) Francesc Soler y Rovirosa: (1836 – 1900) fue uno de los primeros escenógrafos barceloneses. En su juventud estudió dibujo y posteriormente marchó a París, donde estudió y trabajó en los talleres del pintor-escenógrafo Cambon. A partir de 1870 realiza decorados para el Liceo y, junto con el coreógrafo Ricard Moragas obtiene diversos éxitos, renovando la escenografía española hasta entonces italianizante, hacia el realismo. Introdujo la innovación de apagar las luces de la sala durante las actuaciones. Sus discípulos, como Maurici Vilumara, continuarían su labor.

(2) Las piernas son las telas negras que están a los costados del escenario que hacen que el público no vea a los actores detrás de bambalinas, mientras esperan su pie de entrada y, en general, para evitar que se vean otros elementos como a los técnicos, maquinaria, otras escenografías, etc. Las entrepiernas son, como podéis imaginar, el espacio que hay entre una pierna y la otra y que sirve para dar entrada y salida a los actores y elementos escenográficos. Las bambalinas son las cortinas que cuelgan de la parte superior del escenario para cubrir, por ejemplo, el equipo de iluminación (las diablas) y la tramoya.

(3) Alessandro Bonci (1870-1940) fué un tenor lírico nacido en la Romagna que empezó como zapatero. Debutó en 1896 como Fenton en el Teatro Regio de Parma y esa misma temporada ya debuta en la escala cantando Puritani. Recorre Europa (Barcelona en 1898 y el Covent Garden en 1900) y América (Met en 1908) donde rivalizó con el mismísimo Caruso en popularidad. Sirvió en el ejército italiano durante la I G.M. y posteriormente volvió al Met durante 3 años. En 1925 se retiró de los escenarios.

(4) Rosina Storchio (1876–1945) fué una soprano veneciana que debutó con 16 años haciendo de Micaela (Carmen). Con 19 años hace Werther en la Scala y se convierte en una importante cantante, estrenando operas como Madama Butterfly, entre las más conocidas. Mantuvo una relación sentimental con Toscanini, producto del cual nacería un hijo. Cuentan las crónicas del estreno mundial de Butterfly que en el momento en el que la protagonista debió quitarse el kimono alguien en la audiencia gritó: ”È incinta. Il bambino de Toscanini”. El estreno fue un fracaso y ella juró que no volvería a cantar Butterfly a los italianos. Cosa que cumplió durante 16 años. Su última actuación fue precisamente en Barcelona en 1923, con el papel que la marcó: Cio-Cio San, ya que con ese papel viajó por todo el mundo, junto con Toscanini, estrenándolo, entre otros lugares, en Buenos Aires en 1904.

(5) Se transcribe completa la noticia tal y como apareció en la prensa el 17/04/1898



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Esto último me ha recordado, sin saber por qué, al momento en que Íñigo de Balboa se siente, al instante y presagiando que será para siempre, perdidamente atraído por la mirada de Angélica de Alquézar.


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Cherubina escribió:
Esto último me ha recordado, sin saber por qué, al momento en que Íñigo de Balboa se siente, al instante y presagiando que será para siempre, perdidamente atraído por la mirada de Angélica de Alquézar.


Espérate a saber quién es ella...


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Idefixófila
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Traducción al español por Huan Manwë para phpbb-es.com