CAPÍTULO II: DONDE UN INESPERADO ENCUENTRO LE SOLUCIONA UNA PAPELETA, PERO LE OCASIONA OTRO TRASTORNO.
Audición recomendada mientras se lee el capítulo:
ROSSINI (Guglielmo Tell) - Asile héréditaire (Roberto Alagna, tenor)
ROSSINI (Guglielmo Tell) - Il piccol legno (Kraus, tenor)
ROSSINI (Guglielmo Tell) - Resta immobile (Giuseppe Taddei, baritone)
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Estaba decidido. Al bajar del tranvía, sacó de la faldriquera su petaca con tabaco y su librito de papel
Layana. Fumar mientras caminaba le hacía pensar mejor.
Tal vez buscaría un profesor de música y aprendería a cantar. Todo el mundo le decía que entonaba muy bien aquellas habaneras. O quizá actor, en alguna de las múltiples compañías de teatro que recorrían Cataluña. Se imaginaba encima de un escenario, vestido de arlequín o de marqués, recibiendo el aplauso de la concurrencia. Pero antes debía ver esa obra; comprender y aprender los usos de los bohemios. Lo quería saber todo de ellos desde este momento. Mañana buscaría el libro del tal Henry Murgen, o Morgen, o como se llame. Probaría tal vez en aquella librería especializada en libros usados de la calle Santa Ana, junto a la plaza de la iglesia.
En todo esto pensaba Agustí cuando dio con sus huesos en la cervecería antigua de Santa Madrona. Allí solía encontrarse con conocidos y hablar de las carreras que se hacen en el Velódromo de
Bonanova, en las cuales había participado alguna vez. Se sentó en uno de los veladores que daban a la calle y siguió ojeando el diario, aunque sin prestarle atención. No podía imaginar siquiera cómo entrar en el teatro. Era la primera de abono, turno impar. Y eso quería decir que ni siquiera su familia, lo suficientemente acomodada como para pagarle los estudios de la maestría en farmacia, pero venida de la Plana Alta de Castellón, tendría fácil acceder a aquel teatro donde hacía cinco años unos anarquistas se cargaron a una docena larga de personas de un bombazo
(Notas 1, 2 y 3) .
Agustí conocía a través de su jefa, íntima de la viuda del señor Estremera, todos los detalles de lo sucedido. Resulta que el marido de esta señora, que fue gerente de la Sociedad Farmacéutica y de ahí la conocencia, estaba sentado en la fila 13 cuando ocurrió todo. Al parecer, aquellos anarquistas habían arrojado desde el quinto piso del teatro una primera bomba que se llevó por delante las filas doce a catorce de la platea, incluido al señor Estremera. Posteriormente, arrojaron una segunda bomba que no llegó a explotar y que después encontró un inspector de la vigilancia bajo un asiento. Sobre porqué no estaba la señora acompañando a su marido el día de autos, la viuda nunca dejó claras las razones, decía la jefa de Agustí junto con un exagerado guiño de ojo que el mancebo no sabía bien cómo interpretar.
Con un gesto, hizo saber al camarero que quería usar el teléfono. Buscó en el periódico y por fin encontró el número de la contaduría del teatro. El 1063 le comunicó con una operadora, que a su vez le transfirió a la oficina. Nada. Todo el gallinero estaba vendido. Regresó a su mesa y tomó un sorbo de cerveza. Con el rabillo del ojo detectó un movimiento extraño que le hizo girarse para mirar hacia el otro extremo del local, donde creyó ver una cara conocida. Escudriñó con movimientos de pescuezo entre la multitud de personas, que empezaban ya a abarrotar la cervecería poco antes de la una de la tarde, tratando de identificar al individuo en cuestión. La una de la tarde. A las ocho y media en punto empezaría la función que, pensaba, habría de cambiar su vida y para la cual no tenía entrada. Pero, oh destino impredecible, al girar de nuevo hacia su posición original fue a resultar que propinó tremendo codazo en lo que en un primer momento identificó como un vientre masculino y, posteriormente, descubrió que aquel vientre era mejor ubicarlo más abajo.
Agustí fue alzando lentamente la cabeza desde su posición agachada y en el ínterin iba descubriendo, a medida que subía, unos pantalones negros, una levita y, por fín, un sombrero de copa. Se trataba, como sin duda habrán descubierto, del caballero de tripas perezosas que la pasada tarde había acudido a la farmacia con cierta urgencia.
El caballero de la barba roja iba acompañado de otras dos personas, asimismo bien vestidos, a los que se dirigía de manera individual con el término
signore. Las miradas de Agustí y el caballero rubicundo se cruzaron y el aprendiz de boticario le reconoció al momento. El mancebo comenzó a pestañear nerviosamente y a balbucear algunas palabras de disculpa. No era capaz de emitir palabra y parecía que estaba imitando a un mimo a punto de atragantarse. Al ver semejante escena uno de los italianos, al que el caballero estreñido llamó Alessandro, comenzó a soltar una serie de carcajadas terriblemente sonoras.
-
Che cosa fa nella vita, birichino?
Aquel hombrecillo italiano de no más de treinta años, más bien achaparrado y bracicorto y que usaba bigote prominente que encorvaba hacia arriba en sus extremos miró al aún sorprendido caballero de la negra levita y le dijo, sin parar de reir:
-
Dovrebbe reclutarle come attore. E una buona idea, perché no?
Y acto seguido, ambos italianos salieron del establecimiento, aún riéndose, dejando solos en escena a los dos viejos conocidos: boticario y estreñido.
- Jóven, me llamo Alberto y te acabas de librar de una buena ¿Sabes quién era ese señor?
Agustí, algo repuesto del susto, le contestó torpemente:
- Encantado, don Alberto, mi nombre es Agustí Sancho ¿Cómo se encuentra de su malestar?
El caballero cayó en la cuenta y exclamó:
- ¡Será posible! ¡El mancebo de la farmacia!
Este señor, formal y serio, pero agradable en el trato y la conversación, explicó a Agustí que se había repuesto totalmente de su incomodidad intestinal, por lo cual le estaba muy agradecido. Pidió permiso para sentarse, aunque estuviera escusado por el incidente anterior e insistió en invitar a Agustí a una nueva cerveza.
- El señor que acaba de salir se llama Alessandro Bonci y mañana toda Barcelona hablará de él.
- ¿Y qué hace el buen señor?
- Cantar ópera.
La cara de Agustí se transformó y estuvo tentado de salir corriendo detrás de él para pedirle, suplicarle, una entrada para esta noche. De repente, se interesó por lo que le estaba contando aquel señor mayor con tantas ganas de cháchara.
- ¿A qué se refería el italiano cuando me habló antes?
- Ah, eso. Decía que podrías ser un buen actor.
“Sí, eso es”-pensó Agustí- “Actor. Ni escritor ni pintor: Actor. O cantante.”
- ¿Conoce usted a algún actor?
- A cientos de ellos. Mala gente, siempre protestando y pidiendo mas dinero.
- Yo quiero ser actor.
Don Alberto le miró, entre divertido e incrédulo.
- ¡Pero si tienes un trabajo respetable!
- Pero es tan aburrido…
Por alguna extraña razón, a aquel señor que vestía de negro riguroso le cayó bien Agustí. Tal vez fuera ese abrir y cerrar de ojos tan particular; o su cara de expresión sincera. Fuera como fuere, el buen hombre echó mano del bolsillo izquierdo de su chaleco, de donde extrajo una tarjeta y se la entregó.
- Mi ayudante, el maestro Serra, estaba encargado de buscar a los profesores para el estreno de esta noche y así lo hizo, pero se olvidó de apalabrar a los diez actores para la función que hoy comienza. A estas alturas, todos los teatros están a punto de estrenar y no se encuentra un solo actor en toda Barcelona, y ya no es posible traer a otros de fuera. Me encuentro en un verdadero aprieto, ya que no quisiera tener que robarle a mi colega del teatro Eldorado a unos cuantos figurantes y fastidiarle el estreno del nuevo sainete de Chapí, La Revoltosa. – Agustí no notó pesar en esa ultima frase- Si te das prisa, puede que encuentres al Maestro en la calle de Ferrán donde sin duda estará tentando a alguno de ellos. Dile que vas de mi parte.
(4)
En un santiamén tomó Agustí la tarjeta que le mostraba el buen señor y sin siquiera mirarla se despidió apresuradamente de su interlocutor y salió corriendo calle abajo en busca del ómnibus que le acercara hasta la Rambla. Una vez acomodado en el transporte, Agustí miró la tarjeta y leyó: Albert Bernís, empresario teatral.
(5)
Parece que tenía resuelta la entrada al teatro, pero sabía que aquello no le iba a gustar a su madre.
NO TE PIERDAS LA SIGUIENTE ENTREGA DE LA NOVELA.
PRÓXIMO CAPÍTULO: DONDE SE CUENTA CÓMO FUE LA FUNCIÓN Y LO QUE OCURRIÓ A LA SALIDA
Notas:
(1) El atentado se produjo el martes 07/11/1893 durante la representación del segundo acto de Guillermo Tell. La noticia es recogida en la prensa el miércoles 8: http://hemeroteca.lavanguardia.es/previewPdf.html?id=33416068 y el jueves 9: http://hemeroteca.lavanguardia.es/edition.html?bd=09&bm=11&by=1893&x=64&y=18. Los modos de la prensa de la época hace que no se escatime en detalles escabrosos y morbosos. Si eres sensible, no te recomiendo su lectura.
(2) La reapertura del teatro fue el 21 de enero del año siguiente. La reseña del periódico La Vanguardia es esclarecedora de la época:
La reapertura del Gran Teatro del Liceo, sin ser propiamente un acontecimiento, tiene importancia suma, por lo mismo que contribuye á restablecer la normalidad tan deseada, en la vida barcelonesa. (...) Ya en otra ocasión hicimos notar que entre las víctimas producidas por la bomba del Liceo, contábanse centenares, quizás millares, de familias trabajadoras que fian su subsistencia exclusivamente al ejercicio de ciertas industrias algo importantes, relacionadas con la ostentación y el lujo. No fueron sólo los empleados de la casa los que se quedaron sin pan: pronto hubieron de sentir así mismo la paralización y la escasez muchos obreros dedicados á confecciones de prendas de vestir, de sombreros y zapatos, de joyas y guantes y otras industrias de la misma clase que suelen ocupar numerosos brazos.
Para avivar el trabajo en todas sus esferas y estimular la circulación del dinero, importa sobre todo que la normalidad se restablezca, y que las clases pudientes den el mejor ejemplo de interesarse por la suerte de tantos infelices, procurando olvidar recuerdos infaustos y sustraerse al influjo de preocupaciones no menos perjudiciales para todos.
(3) El juicio a los 27 encausados se celebró en Julio de 1894. Veamos una crónica del juicio: http://hemeroteca.lavanguardia.es/previewPdf.html?id=33423434
(4) Sobre cómo se reclutaba a los músicos y otras jugosas anécdotas del liceo de la época, leed este interesante artículo: http://www.bcn.es/publicacions/bmm/48/cs_h_semp.htm
(5) Albert Bernís (1850-1911) fue el empresario que dirigió el Liceu, con intermitencias, desde 1886 a 1911.