<p align="center"><img src="http://www.awmadrid.es/wp-content/fotos/Autogrammkarte_Meier2.jpg" height="350"></p>
Es difícil escribir unas líneas sobre Meier después del éxito arrollador que el público le ha atribuído a su actuación en el Liceo de hace un par de semanas. Las escribo con pudor y poniendo por delante que son tan solo mis impresiones, muy subjetivas.
Ayer la gran (mezzo)soprano alemana cerró el
ciclo de lied del Teatro de la Zarzuela con un bellísimo y exigente programa (el mismo que en el
recital de Sevilla o el de Valencia): lieder de Schubert y Strauss en la primera parte y las Cuatro últimas canciones de Strauss en la segunda (con piano).
Era la primera vez que oía a Meier en directo y la voz me impresionó. Un atractivo y sugerente
metal en la voz, lleno de expresividad; un agudo potentísimo y una enorme personalidad vocal certificaban que el espectador estaba ante una de las mejores voces del último cuarto de siglo.
Sin embargo, fueron muchas las
sombras que caracterizaron al recital. Por un lado, la voz, desnuda de todo apoyo orquestal, estaba sola ante el peligro. Cada detalle, cada pequeño error quedaba fácilmente al descubierto. Así, las notas que se aproximaban al registro grave sonaban entubadas y forzadas y el centro perdía cuerpo en los fraseos rápidos. A pesar de que el acento en cada palabra era perfecto, no se prodigó en matices vocales (aunque nunca se podría decir que su canto fue plano). La voz estaba ahí, prodigiosa, pero sin duda acusaba los efectos de una larguísima carrera volcada en el repertorio operístico más exigente. A mí me dio la sensación constante de ser una voz en el crepúsculo.
En mi opinión el recital fue de menos a más. Pareció empezar bastante destemplada en Wehmut y en Die forelle, pero enseguida cogió el ritmo para brindar
un Gretchen am Spinnrade maravilloso. No hay palabras para explicar la bella melancolía que transmitía esa voz oscura, de un metal extrañamente acariciador. Sin embargo, toda la intención puesta en este lied se desvaneció en Erlkönig, cantado bastante de puntillas. Algo parecido ocurrió con el decepcionante Cäcilie, lied espectacular donde los haya, cantado sin atención y culminado con un agudo voluminoso pero tambaleante. Sin embargo se recuperó el tono con un impresionante Morgen.
En la segunda parte, la belleza de las cuatro últimas canciones de Strauss hizo la mayor parte del papel. No llegué a conectar con la interpretación de Meier hasta el final. Un
Im abendrot cantado con enorme inteligencia e intensidad, emocionantísimo, que parecía querer resumir el tono general del recital.
Cuatro bises generosos aumentaron progresivamente el calor del público (en ningún momento tan encendido como en el anterior recital de Diana Damrau, en los antípodas de éste): un lied de Mahler, no recuerdo cuál, Um Ewigen Liebe, de Brahms, y Abschied, de Wolf. Para terminar un cumplidor Guten abend gute nacht.
Así pues,
un recital bello pero muy irregular, de una voz que parece (digo parece porque nunca la he escuchado en directo en ópera) mostrarse en todo su esplendor en el escenario de una ópera, aupada por la orquesta y por los infinitos recursos teatrales de esta cantante. Pero que en el lied se revela más frágil y vulnerable, igual que la postura que ayer tenía en el escenario, de pie, con los brazos rígidos, ligeramente separados del cuerpo, expresándolo todo con el rostro.
En la crónica social, como diría Sharpless

, tuvimos una amable charla con Jlizarrabengoa, que resultó ser paisano mío.

No pude saludar esta vez a b, que lo vi en su asiento pero no luego en el descanso. La compañía, como siempre, la mejor.
