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DON GIOVANNI
Dirección musical Antoni Ros Marbá
Dirección de escena Mario Gas
Escenografía Ezio Frigerio
Vestuario Franca Squarciapino
Iluminación Vinicio Cheli
Don Giovanni Erwin Schrott
El Comendador Arthur Korn
Donna Ana Anja Harteros
Don Ottavio Saimir Pirgu
Donna Elvira Virginia Tola
Leporello Marco Vinco
Zerlina Raquel Lojendio
Masetto Wojtek Gierlach
Real Orquesta Sinfónica de Sevilla
Coro de la A. A. del Teatro de la Maestranza
BUENOS CANTANTES, DISCRETOS ACTORES Y PÉSIMA PUESTA EN ESCENA… Así resumiría yo la nueva producción de Don Giovanni, ossia Il disoluto punito… ¡ojo!, en este caso impunito ¡que el libertino sobrevive!, que estrenó ayer el Maestranza de Sevilla, y que ha costado 1.200.000 €.
El montaje juega trasladando en el tiempo a los principales personajes, que tan pronto aparecen ataviados según los gustos del siglo XVII, como de la primera mitad del XX, en un enredo de épocas no siempre bien resuelto. La escenografía se basa, básicamente, en un conjunto de columnas revestidas de mármol verde veteado sobre un suelo que simula también mármol, a los que se van añadiendo otros elementos según la escena. Una escenografía a modo de mausoleo que no podía evitar que me recordara la galería de un centro comercial. La iluminación, monótona y desesperadamente oscura, impedía a veces reconocer a los personajes, y convertía este mausoleo en una especie de pista de baile de discoteca hortera donde en vez de Leporello, parecía que iba a salir en cualquier momento John Travolta… Sumar a esto que, aunque a veces los personajes se movieron allende el escenario, cuando estaban en él parecía que no sabían lo que tenían que hacer ni cómo moverse. Esto en otra ópera pudiera ser perdonable, pero en don Giovanni, donde el componente teatral y dramático es tan importante, me parece motivo de revisión. De mal gusto la forma de presentar al Comendador cuando se aparece en el cementerio, de cuerpo presente en un ataúd rodeado de coronas funerarias… En cualquier caso, lo que me resultó más decepcionante de toda la puesta en escena fue que me daba la impresión de que era antigua, caduca y trasnochada, y nada me sugería que estábamos ante una nueva producción. El vestuario, eso sí, bien lujoso.
Para mí, lo mejor de la noche fueron los cantantes, que no es poco, y en conjunto estuvieron a un nivel bastante bueno. Erwin Schrott tiene bien asimilado el rol protagonista, se maneja en escena con habilidad y desparpajo (tal vez al único que salvaría en su faceta de actor), y su voz suena con rotundidad, manteniendo siempre un buen nivel aunque sin arrancar aplausos del público más que en la canzonetta del segundo acto. En los recitativos, a veces hablaba más que recitaba, pero con un timbre tan bello que daba gusto oirlo.
Marco Vinco fue un Leporello tan sobrado de voz en su canto, como falto de picardía y recursos de lazarillo en su interpretación. Cuando no se tiene el don natural de la interpretación puede ocurrir que cualquier gesto o movimiento para adornar al personaje, hechos con la mejor de las intenciones, terminan resultando grotescos. Lo vistieron como un dandy, con lo que a veces más que un sirviente parecía un colega.
Anja Harteros fue doña Ana, y nos dio el primer susto de la noche cuando anunciaron por megafonía que sufría una gripe repentina (¡ya canceló!, pensé), pero que por respeto al público iba a salir a escena. En el primer acto estuvo como reservona, algo comprensible dada su afección, pero en el segundo acto se creció hasta dejarnos un “Non mi dir…” que arrancó la mayor ovación de la noche. Su voz salía continua, redonda, sin aristas ni el menor atisbo de vibración (corrígeme admirado Gino si me expliqué mal), solo cuando subía a los agudos chillaba mínimamente… ¡cómo cantará esta mujer cuando no esté enferma!
Virginia Tola fue Doña Elvira, que también cumplió sobradamente y fue ganando firmeza según avanzaba la ópera. Nos dejó un “Mi tradi…” cantado con tanta sensibilidad que se volvieron a descargar las neuronas que provocan la emoción cuando algo nos llega…
Y digo que se volvieron a descargar las neuronas porque instantes antes Saimir Pirgu, en el papel de don Octavio, nos regaló un “Il mio tesoro intanto”, cantado tanta exquisitez como suficiencia, que me dejó el vello de punta… lo que no me sorprendió después de haberle oído el “Dalla sua pace” del primer acto. Extraordinario Saimir Pirgu para mi gusto, desplazándose cómodamente por toda la tesitura, y con un abanico de medias voces y coloraturas dignos de un gran divo. Ahora bien, en escena es el más lacio de todos…
Bella voz y buen fraseo el de Raquel Lojendio, que fue Zerlina, y cumpliendo más que sobradamente Wojtek Gierlach como Massetto, y Artur Korn como El Comendador.
¡Extraordinario el sexteto que cierra la ópera!
Antoni Ros-Marbá dirigió de forma plana e irregular. Ralentizó la obertura hasta hacerla cansina, antepuso en ocasiones el sonido de la orquesta al de las voces, se produjeron algunas asincronías entre la orquesta y los cantantes, y en general no supo imprimir los tintes dramáticos que muchas escenas requerían. La orquesta (ROSS), con las deficiencias conocidas en los metales, otros días compensadas por el buen hacer de la cuerda. No fue esto último el caso de ayer…. ¡pero esta música es tan bella, que puede con casi todo!.
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