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Critica de Thais en La Voz de Asturias, 16 octubre 2007
"Thaïs , insulsa ópera de Jules Massenet, se presentó en el Campoamor como segundo título de la actual 60 temporada del festival de Oviedo. Una excelente versión vocal, acorde con el gran elenco de intérpretes, unida a una relevante versión musical y una conservadora y algo desatinada dirección de escena, fueron las principales características de la ejecución.
Hay obras que, si bien no merecen quedar en el olvido, sí estar relegadas dentro del repertorio. Thaïs , de Massenet, es una ópera mediocre, simple y llanamente. Del por qué se pensó en ella como segundo título de esta temporada solo cabe hacer conjeturas. El hecho es que su inclusión en la misma, caso bastante raro en el contexto operístico mundial, sorprendió al propio director musical, que mostró a los músicos su extrañeza por su programación. Y con razón. Hay quien a riesgo de estudiar en profundidad las cosas pierde la perspectiva de lo evidente, y acaba viendo interesante lo que no lo es tanto. El director de escena Joseph Franconi Lee trabajó sobre una idea original de Alberto Fassini. La versión de Lee intenta mantener más o menos la coherencia histórica, aunque desde el principio hay cosas que no encajan del todo, como ese edificio de la decimonónica Opera de París, puesta de fondo en el contexto del palacio de Thaïs, como queriendo destacar el lujo y oropel de la escena.
No terminó de encajar el uso de unas bonitas esculturas de Carmen Castañón, por cierto clara y un tanto forzadamente reutilizadas en la escena del desierto. Y así más cosas. Una de ellas clamó al cielo. Antes de bajarse el telón, al final de la ópera, Thaïs muere. Esto parece estar claro en la historia. Pero para asombro de algunos, mientras Athanaël dice " Muerta!, Piedad!", la protagonista permanece de pie, con los brazos en alto. Y así termina Lee la obra. A parte de estos "pequeños" detalles, la estética no estuvo del todo mal, si no fuera porque parecía estar concebida por las madres mercedarias. Habrá pensado más Lee en I puritani que en Thaïs, la sensual cortesana hija de la lujuria y el desenfreno dionisiaco: Cómo es posible que no se haya aprovechado más expresiva y sensualmente la parte más provocadora de la obra! No se trata de que las bailarinas tuvieran que estar desnudas, lo que, por otro lado, tampoco debería ser escandaloso, dado que iría en consonancia con la dramaturgia. Es que las bailarinas seguidoras del culto a Venus tenían una malla que cubría su cuerpo completamente, no dejando traslucir ni la más mínima porción de carne cruda. Vamos, que Sor Citroen estaría encantada de mostrarse tan lujuriosa y libertina. Es curioso que una asociación que desde el principio se jactaba de querer modernizar el género, se haya convertido en lo más complaciente de cara al público más conservador. El cuerpo de baile fue de lo menos interesante. Las coreografías pecaron de ingenuidad y se caracterizaron por la falta de entidad de la compañía.
Los que entendemos que la ópera debe ser un espectáculo vivo, emocionante y moderno, vivimos la función del domingo como un mal trago, o un trago ridículo. Era ridícula la contención a la hora de mostrar el aspecto más sensual de la obra, que simplemente se ocultó, lo que no deja de ser grave. Fue ridícula la concha de vieira en la que se situó a la protagonista como elemento escénico del segundo acto, donde parecía más la sirenita que una diosa del deseo. No habrá decenas de obras u opciones escénicas más interesantes que ofrecer al refinado público de Oviedo? Eso sí, para la propuesta de Lee hubo aplausos a mansalva, haciendo caso omiso de las irregularidades hasta aquí mencionadas. Otro asunto sería que a alguna bailarina se le hubiera ocurrido enseñar un pecho, cosa horrible que a buen seguro propiciaría algún que otro pateo. En fin, que la ópera en Oviedo parece estar convirtiéndose en un espectáculo digno de la mejor opéra-lyrique, servido y degustado por un público burgués encantado de conocerse y reconocerse en escena. Otra cosa supuso la versión musical y vocal. A la soprano norteamericana Pamela Armstrong aún la recordamos por aquella extraordinaria Rondine que pasó en lo escénico sin pena, ni gloria y que, al contrario, era por lo escénico por lo que tenía que haber merecido más aplausos. Ahora sucedió al revés, aunque en aquella Golondrina también cantó muy bien. Aquí ofreció una Thaïs más serena y católica que sensual, que no necesitaba azucenas para resaltar la pureza de una línea de canto siempre dulce y plena en el registro medio, resaltando el lirismo de su cuerda, que es el que mejor le caracteriza. Estuvo exquisita en el aria del espejo, aún dentro de la ridícula concha gigante, que causa risa sólo nombrarla. Más mordiente en el agudo podría haber mejorado sus registros y la impresión de su gran talento, que no puede dejar a nadie indiferente. Algo parecido le sucedió a Angel Odena, magnífico barítono. Su Athanaël puso a prueba toda la magnitud de sus posibilidades líricas, que no desmerecieron al personaje. Todo lo contrario, gustaron mucho incluso cuando no terminaron de explorar el registró más grave, luego dramático, del hipócrita cenobita, si bien la caracterización fue soberbia. Soberbio también Stefano Palatchi, al que ya nos hemos acostumbrado a alabar por su enorme calidad como intérprete. Garra, empuje, criterio, carácter y brillantez lírica hicieron de su Palémon una delicia. En parecidos términos habría que hablar del tenor Reinaldo Macías, excelente cantante, con contadas pero importantes intervenciones. En estos casos parece que si no redondeas siempre no convences, y fue quizás por esto por lo que su gran talento no mereció paralelo reconocimiento del público, pero era el adecuado para el papel, y funcionó mejor que bien. El resto del reparto acompañó con gusto y calidad, desde la creatividad escénica y capacidad lírica de Sandra Fernández y María José Suárez, a la buena participación de Olatz Saitua, José Manuel Díaz y José Tablada. Acertada participación del Coro de la Opera, con fragmentos sutiles y complejos de digerir para los hombres, que gustaron por su refinamiento y garantías líricas; cosas que, años atrás, se echaban en falta. Alain Guingal es uno de esos directores a los que, en ocasiones, resulta fácil ponerle el calificativo de ´correcto´ para caracterizar su trabajo. En este caso no fue así. La ópera no es de las más complicadas de dirigir, pero, en cualquier caso, el director fue más allá de la corrección, hasta obtener, con una versión reposada y sentida, momentos muy conseguidos, coherentemente interpretados por una Oviedo Filarmonía solvente. No se puede dejar de citar la bellísima interpretación al violín de Andrei Mijlin en la Meditación."
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