Palacio Euskalduna, 17 de febrero de 2007. Primera función.
El
pasado noviembre descubría la sensación que produce una gran noche wagneriana, y hoy he descubierto la sensación que produce una gran noche belcantista. Dos grandes noches y en conjunto dos grandes noticias, porque a partir de ahora disfrutaré el doble y de rebote me llevaré bien con MarttiT y @lm@viv@ al mismo tiempo.
Si en
Oberto me agradaba la producción y me disgustaba la dirección de escena, hoy las cosas han cambiado y ha pasado exactamente lo contrario, pero con mejor balance. Sin duda prefiero que ocurra lo de esta vez.
Robert Carsen ha traído una producción moderna, atemporal en cuanto a la escenografía, y sobre todo rodeada de oscuridad, colores rojos y espadas. Funciona perfectamente, pero uno echa de menos algo más de sentido en los decorados, que únicamente cobran significado en la escena final, especialmente lograda. Vestuario bastante horrible, para especial desgracia de Tebaldo, y muy buena iluminación. En cualquier caso, lo principal, la dirección de escena, ha estado a un altísimo nivel, manteniendo un respeto pleno por la obra y al mismo tiempo aportando la imaginación y los movimientos que un buen regista no debería olvidar. Me gusta especialmente que se dificulte la labor del coro, y Carsen lo ha logrando poniendo a las irreconciliables familias en más de un aprieto.
Nuestro
galardonado Riccardo Frizza ocupaba un podio muy bien cubierto sobre el papel, y en mi opinión (siempre especialmente conservadora hablando de directores) su actuación en el foso ha sido muy buena. Emocionante obertura, lograda tensión en los momentos tensos, delicado acompañamiento en los momentos delicados, y a pesar de algún exceso de volúmen en la escena final, gran actuación junto a la
Orquesta Sinfónica de Navarra.
A estas alturas está de más que descubra mi admiración incondicional hacia
Inva Mula (Giuletta). Simplemente magnífica. Su brillante voz ha vuelto a correr por el Euskalduna entregándolo todo, adornada constantemente con pianissimos de cortar el aliento y cambios de intensidad llenos de intención. Como siempre, sus movimientos en escena, atentos a la música, completan una nueva actuación inolvidable. Mientras nadie me presente a otra, seguiré teniéndola como la mejor soprano lírico-ligera del momento.
Nuevo descubrimiento personal, y da vergüenza decirlo, el de la mezzo
Daniela Barcellona (Romeo). Enorme actuación, únicamente ensombrecida por los tres o cuatro agudos que el papel le obliga a tocar, y que suenan entre tirantes y gritones. Todo lo demás desprende una voz preciosa, acompañada de un canto ejemplar que completa con una interpretación más que digna.
Difícil olvidar la voz de
Ismael Jordi (Tebaldo), el joven futbolista que un día decidió cantar. Muy buen Tebaldo, de precioso color y delicadísima línea de canto. Únicamente se le puede reprochar algo de volúmen en los momentos más comprometidos, pero en cualquier caso completa un trío de amantes de gran nivel vocal. Una pena que tenga intención de ir dejando los papeles ligeros para acercarse a roles líricos (según afirma en la entrevista de
Scena), porque tiene una estupenda voz de tenor ligero que se teme que difícilmente pueda mantener con más anchura.
Discreto el Lorenzo de
Filippo Morace y sonoro el Capellio de
Giovanni Battista Parodi. Buena actuación del
Coro de Ópera de Bilbao, con un par de momentos brillantes, como la huída de Romeo tras la visita a los Capuletos.
En resumen, noche artística de altísimo nivel y mágica en lo personal, por lo que significa haber disfrutado plenamente en una ópera belcantista. Confieso que salí emocionado en el descanso, consciente de que había asistido a una de las horas musicales más intensas de mi corta vida. No sé si los consejos de Luis G. Iberni en la conferencia del día anterior tuvieron algo que ver para conseguir el efecto, pero si así fue, se lo agradezco profundamente.