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Hacía bastantes años que no escuchaba completa I Lombardi alla prima crociata, ópera que casi todo buen aficionado conoce (o debe conocer), pero sobre la que raramente vuelve con cierta asiduidad. Y debo confesarles que en la función de ayer disfruté enormemente. Primero, porque la propia partitura --pese a sus debilidades (algunas de las cuales ya se han mencionado aquí-- encierra momentos de gran interés dramático y musical que tenía bastante olvidados y pude refrescar. En segundo lugar porque no hube de sufrir las genialidades dramatúrgicas y "transgresoras" del regisseur de turno, al ser una versión de concierto. Y en último lugar porque el coliseo madrileño ha logrado reunir para la ocasión --y pese a las bajas de última hora-- a un sólido reparto con el que dar vida a esos lombardos y sarracenos que imaginaran Verdi y Solera en la primera mitad del siglo XIX.
Pero empecemos por el auténtico protagonista de la velada, el factótum que hizo posible el disfrute de esa música guerrera, agresiva, épica, viril, trepidante y llena de vigor tan propia del temprano Verdi. Me refiero, claro está, al maestro Daniel Oren, gran conocedor del autor bussetino y, como él mismo confesó en la presentación oficial de estas funciones, completo entusiasta de su obras de juventud. Oren, absolutamente entregado a la "causa", nos regaló una lectura llena de matices, plena de teatralidad, vivacísima y contundente en los numerosos momentos concertantes, grandiosa en las partes corales (que son decisivas en esta composición) y atenta, pese a todo, a las necesidades de los solistas, a quienes cuidó y acompañó comme il faut para que sacaran todo el jugo a sus respectivas particelle y destacaran. Una lectura, por tanto, de muchos voltios y preciosos quilates, gracias a la cual olvidé completamente que no veía ni un pimiento desde mi butaca (una de las muchas con escasa, cuando no nula, visibilidad que tiene el Real). En el plano instrumental sobresalió, obviamente, la concertino búlgara Gergana Gergova, que resolvió con técnica e inspiración de primera clase el virtuosístico y chispeante preludio (para violín y orquesta) del tercer acto, compuesto por Verdi para Eugenio Cavallini, célebre primer violinista de La Scala entre 1833 y 1855.
En cuanto a los solistas vocales destacar que todos iban bien servidos de voz y volumen, cuestión nada baladí tratándose de una obra que no carece de pasajes trepidantes, números corales y tutti orquestales. En este sentido, me sorprendió gratamente Francesco Meli, al que yo recordaba con unos medios más modestos, pero cuyo instrumento ha crecido, se ha ensanchado y despliega un considerable caudal. El timbre y el color son bonitos, la expresión franca y sincera, la voz se expande sin problemas y el intérprete canta con entrega. Además tiene una dicción perfecta. Pero también hay algunos "debes" que no querría dejar de señalar: el primero es lo tremolante del sonido, que produce algunos desajustes en la línea de canto y, a veces, es tan notorio que pareciera como si fallase la afinación. En segundo lugar está la dificultad que se detecta al atacar la franja más aguda del registro, como si la voz no estuviera bien apoyada y con un sonido que aparece menos cubierto y con pérdida de squillo. También destacaría, en último lugar, la falta de homogeneidad a la hora de apianar, apreciándose una gran diferencia entre la voz plena y la apianada (generalmente con falsete). El fraseo, además, fue poco imaginativo, aunque el tenor genovés mostró, en todo momento, intención de matizar y dar variedad a su canto.
Muy valiente y arrojada la joven soprano rusa Lisa Fridman, que asumió la parte de Giselda, una de esas sopranos de tesitura inclemente que Verdi explotó en sus óperas de juventud, y que siempre ponen a prueba a sus intérpretes. La voz de Fridman, cantante muy joven, no es especialmente hermosa, pero impacta (y mucho) por el volumen, la densidad y lo oscuro de su color. La emisión, de todas formas, resulta algo entubada y cupa. En lo interpretativo, Fridman mostró intención, control de las dinámicas y habilidad para la coloratura, aunque en la zona superior detecté alguna dificultad para estabilizar el sonido. En todo caso, una intérprete que habrá que seguir de cerca.
A pesar de su poca imaginación y de la escasa nobleza en la emisión y el fraseo, a mí no me disgustó el Pagano de Marko Mimica, dueño de una voz con volumen y oscuras sonoridades, elementos ambos que son de agradecer en una época como ésta, en la que escasean las voces graves.
Muy interesante, asimismo, el aguerrido y valiente Arvino de Iván Ayón Rivas --otro lírico con estupenda proyección y enorme facilidad para los agudos--, y correctísimos el resto de intérpretes en los papeles comprimarios.
¿Y qué decir del coro, que tan importante papel tiene en esta obra? Un sobresaliente.
Excelente velada operística. Que vengan más como ésta.
_________________ "Tornate all'antico e sarà un progresso" (Giuseppe Verdi, compositor y genio).
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