VERDI - MESSA DA REQUIEM. Auditorio Nacional. Sala Sinfónica. Madrid, 11 de abril de 2025
Interesante
Requiem verdiano el disfrutado anoche, a las 22:30, en el Auditorio Nacional, de la mano de Pascual Osa y su Filarmonía de Madrid. Interesante e impresionante, pues creo que no había visto nunca (al menos no lo recuerdo) una obra de estas características con un formación coral tan espectacular e inmensa como la que se presentó allí: cinco cuerpos de coro —distribuidos en las dos gradas de asientos de tribuna (voces femeninas), en el propio espacio del coro (voces masculinas) y en las dos secciones laterales de primer anfiteatro pegadas al escenario (voces femeninas)— cantando al unísono y haciendo que la amplia sala sinfónica del Auditorio retumbara como si hubiera llegado, ciertamente, el fin de los tiempos y la Parusía o
Maranata. Esto, lógicamente, tuvo sus pros y sus contras en cuanto a lo musical. En el haber, la espectacularidad y la emoción del efectismo, pues oír tantas voces cantando al unísono produce un efecto electrizante (sobre todo si lo que estás escuchando es el grandioso y terrible
Dies irae que compuso Verdi). A ello se añadió, la búsqueda de efectos sonoros impactantes, como el de situar las trompetas que introducen el espectacular y temible
Tuba mirum en los pasillos de acceso a ambos laterales de primer anfiteatro, obteniendo un resultado francamente impresionante, al crear una sensación palpable de profundidad y espacio. En el debe, sin embargo, estuvo el problema de los solistas, que se vieron continuamente sofocados (anegados, diría yo) por el caudal sonoro (cuadrafónico, además) llegado desde tres de los cuatro puntos cardinales. Y ello fue un problema, sobre todo en determinados pasajes de la obra donde la combinación de la voz solista (especialmente las de soprano y
mezzo) con el conjunto coral (por ejemplo en el do final del
Libera me que cierra la obra) es necesaria, no sólo para dar como resultado un efecto de belleza y expresividad indudables, sino a efectos expresivos, pues conviene oír la voz del creyente que, en esos momentos, nos está hablando.
En la parte solista destacaron, especialmente, el tenor Quintín Bueno (que escanció un estupendo
Ingemisco de variado fraseo y dinámicas) y la
mezzo Sandra Ferrández, cuyo papel en la obra tiene gran importancia. Bastante bien, asimismo, la soprano Guiomar Cantó (que hubo de batirse el cobre como pudo con el "mega-coro" en el hermoso, teatral y tremendo
Libera me), y el bajo Duccio Dal Monte, dueño de un instrumento oscuro y con proyección, aunque algo engolado.
En definitiva, una lectura del
Requiem verdiano muy efectista, de muchos decibelios, y en la que se optó por impresionar a los espectadores con el caudal sonoro (bien empastado, ciertamente), antes que con riquezas tímbricas, matizaciones dinámicas y excelsitudes canoras.
PD: aquí tienen una pequeña muestra del momento más impactante de la velada. El vídeo, por cierto, no transmite, ni mucho menos, el enorme torrente de sonido que llegaba a los que estábamos allí:
https://www.youtube.com/watch?v=frwl4LIs17E. La grabación no es mía, por cierta, sino que la he encontrado en
Youtube.