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Yo salí de la función del viernes impactado por la maravillosa dirección orquestal de Gustavo Gimeno: detallista, contrastada, cuajada de matices dinámicos, dramática y sensual…..Pero no es eso lo que me sorprendió, sino el sonido de la orquesta, lo que consigue de ella. La orquesta del TR es buena, pero siempre he pensado que le falta un timbre, un sonido propio que le de carácter, individualidad, que la haga reconocible.
Pues anoche me pareció encontrar trazas de ese sonido, cálido y muy dúctil al mismo tiempo; desde los primeros “pizzicati” de la cuerda grave, tocados por una vez con sumo cuidado, solo como bajo de fondo y no como parte de la música, el rubato ejercido con enorme fluidez por el clarinete, el sonido sedoso y uniforme de violas y violines, consiguiendo unos “diminuendo” y “morendo” tan bien ejecutados que me parecía estar en otras latitudes, la extrema precisión de la percusión ( a esto ya estábamos muy acostumbrados, pocas orquestas le tosen a este grupo), en fin , una fiesta sonora que casi me hizo no escuchar a los cantantes.
Si el maestro Gimeno cumple lo que parece prometer tanto aquí como en el magnífico “El ángel de fuego” que ya le escuchamos, no podemos más que felicitarnos por su nombramiento como director artístico del teatro.
Los cantantes estuvieron todos muy bien y perfectamente encajados en sus papeles, incluso físicamente. Le hubiera pedido algo más de peso a la voz de Lensky, pero cantó magníficamente su aria. Un poco por encima de todos estuvo Kristina Mkhitaryan, a quien había escuchado en una Stuarda que me había encantado. A destacar la enrome entrega vocal y física de ella y de Iurii Samoilov en el duo final.
El universo de Loy, siempre poblado de variopintos personajes, doncellas, camareros, empleados…..que a veces no pintan nada en la acción, es verdad que se parece demasiadas veces. Sin embargo, acertada o no , al menos se preocupa de dirigir a los actores, de plantarles ideas o comportamientos que podrán gustar más o menos, pero que suponen un esfuerzo de dar vida a los personajes.
Habrá a quien le parezca aberrante que Lensky “resucite” y se de un abrazo con Oneguin al tiempo que suena la polonesa; a mi toda esa parte después del duelo, me encantó. Absolutamente fantasiosa y llena de poesía ( lo de Gremin cante su aria a los dos , a Oneguin y a Tatiana, le da un plus de patetismo), que ayuda a levantar un libreto, efectivamente, tan convencional, que no deja de corresponder, por otra parte, a una época y lugar donde el romanticismo exacerbado de pasiones desatadas eran la moda.
En resumen, una buena función, servida muchísimo mejor vocal y musicalmente que la de hace un par de años en el Liceu.
Por cierto, mientras ya fuera del teatro, sacaba el casco de la moto y me pertrechaba para la fria noche madrileña, pasó a mi lado, menuda y frágil, con un aire muy juvenil, envuelta en una gruesa cazadora y pantalones ajustados, Elena Zilio, a quien apenas tuve tiempo de darle las gracias y decirle que era una fuerza de la naturaleza, y que, esbozando una leve sonrisa, siguió su camino rauda y veloz en dirección hacia el convento de la Encarnación.
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