|
Gran triunfo el obtenido ayer por la soprano lituana en el coliseo madrileño. Un programa con guiños lanzados en una doble dirección: hacia la propia tradición (con una primera parte dedicada íntegramente a obras de autores de Europa oriental) y otro (en la segunda parte) dirigido al centenario pucciniano, aunque el gran Verdi haya tenido también un importante (muy importante) hueco.
Lo más destacable de la primera parte, en mi opinión, la hermosa (y desconocida para mí) aria de la ópera Dalia, de Balys Dvarionas —llena de reminiscencias y guiños a la ciudad natal de Grigorian (Vilna/Vilnius)—, y la lectura —intimista, sensual, muy matizada— que la soprano hizo de la celebérrima "Canción de la luna" de Rusalka, ofreciendo una versión de muchos quilates y bastante superior a la que, curiosamente, interpretó no hace mucho en el mismo escenario la estadounidense Sondra Radvanovsky. Obviamente, la lituana gana por juventud e idiomatismo, pero si hago la comparación es porque la superioridad también vino por el lado de la mayor sensibilidad y adecuación expresiva al texto que manifestó Grigorian.
Pero no sólo en el repertorio eslavo han coincidido Radvanovsky y Grigorian, sino también en el italiano, pues también tuvimos versión de Sola, perduta, abbandonata, de la Manon Lescaut pucciniana. Y aquí debo decir que, sin ser referencial, tuvo mucha más carne, más fuoco, más impegno y más verismo la versión ofrecida por la norteamericana. La que pudimos escuchar anoche a Grigorian (y al director húngaro Nánási) resultó un poco blandengue, falta de slancio y carente del dramatismo (un punto exacerbado) que requiere el pasaje, con una protagonista extenuada y que se sabe a punto de morir. En definitiva: demasiado lírica, demasiado plácida, demasiado serena esta lectura de la lituana, y poco ajustada, en mi opinión, al abrumador y angustioso momento (postrero, al fin y al cabo) en que, se supone, está sumido el personaje.
En la segunda parte del recital lo más destacable, a mi entender estuvo en la romanza Un bel dì, vedremo, de la Butterfly pucciniana, papel que se adapta perfectamente a la vocalidad de una Grigorian que marcó excelentemente las dinámicas y los diferentes estados de ánimo porque atraviesa la delicada japonesa. Como curiosidad —pues, al parecer, la soprano lituana acaba de incorporar el rol a su repertorio—, su interpretación de Tu che la vanità, del Don Carlo de Verdi, en una lectura que si bien fue destacable en las partes más intimistas y elegíacas de la particella, mostró que la voz de Grigorian es demasiado liviana para la parte, de modo que prácticamente desaparece en la tesitura más grave. Pero veremos cómo evoluciona la cantante en este difícil y exigente rol (si lo añade definitivamente a su agenda).
Como propina, y ante el clamor del público (absolutamente entregado), Grigorian remató con una atractiva interpretación de la extensa "aria de la carta" de Tatiana, del Eugenio Oneguin de Tchaikovski, donde volvieron a brillar sus virtudes: entrega dramática y una voz que yo no me atrevería a caracterizar especialmente por su belleza tímbrica (aunque no es fea, ni mucho menos), pero que la intérprete maneja con dominio técnico, gusto, intención, suma expresividad y que se proyecta con facilidad.
Muy interesante la labor de Henrik Nanasi, que imprimió calor, intensidad y fuerza a la Orquesta Titular del Teatro Real, especialmente en dos de los cuatro números estrictamente orquestales: la chispeante obertura de Ruslan y Ludmila, de Glinka, y la no menos espectacular obertura de La novia del zar, de Rinski-Korsakov.
En resumen: una velada muy disfrutable.
_________________ "Tornate all'antico e sarà un progresso" (Giuseppe Verdi, compositor y genio).
Esto y otras muchas cosas más en Desde el Nibelheim
Última edición por Alberich el Negro el 25 Nov 2024 13:50, editado 1 vez en total
|