Resucitó este hilo a propósito de mis breves comentarios en el subforo de programas operísticos sobre el próximo Palestrina en Viena este diciembre.
Hans Pfitzner es hoy conocido principalmente por los tres preludios de su ópera
Palestrina, pese a que compuso más óperas, tres sinfonías, canciones orquestales y muchos conciertos. Sin embargo, ni siquiera los tres preludios de dicha ópera son tan frecuentes como quisiéramos, y por dos principales motivos.
El primero y el de sobras conocido, es que simpatizó con los nazis. Ya desde su juventud, Pfitzner era abiertamente antisemita. Esto no le impidió tener amigos y valedores judíos como Bruno Walter, quien estrenó esta ópera. De hecho, él estrenó Palestrina, y la bellísima y hoy olvidada cantata
Von Deutscher Seele (Del alma alemana, basada en poemas de Eichendorff), de 1922. Pfitzner creía que algunos "nobles" judíos eran lo suficientemente patriotas como para ser alemanes honorables. Esto es algo que más adelante le traería problemas. A principios de los años 20, Adolf Hitler le visitó en el hospital, y tras discutir con él este tema, el dictador se decepcionó tanto que le hizo la cruz, llegando a creer que era medio judío, lo que para él era inadmisible. Aunque durante el período nazi fue uno de los músicos más favorecidos, Pfitzner no obtuvo el reconocimiento en vida que esperaba. De hecho tuvo que rendir pleitesía a altos cargos nazis para poder prosperar, incluido el infame Hans Frank, gobernador general de Polonia y responsable de la muerte de millones de personas. El fin de la guerra no le supuso un cambio: llegó a escribir que la "cuestión" judía era un problema racial, que ya en el pasado se habían extinguido otras razas (como si dijera "¿por qué no se iba a extinguir esta"?), y que si se supiera lo que se ha hecho contra los alemanes, entonces el mundo tendría otra visión de Hitler. Aunque fue absuelto en su proceso de desnazificación,la reputación de Pfitzner quedó irremediablemente manchada hasta nuestros días, siendo esta categorización como músico "nazi" el principal obstáculo para su mayor y merecida presencia en las salas de conciertos.
El segundo y no menos importante motivo, es que Pfitzner se declaró abiertamente antimodernista, viviendo en una época donde la música sinfónica y vocal vivía una época de constante efervescencia y experimentación. Su conservadurismo musical contribuyó a que su fama se limitase principalmente a Alemania y Austria. Su música (y esto es algo que también ocurriría con compositores de menor renombre favorecidos durante el nazismo) es muy bella, suma, pero no aporta nada nuevo. Por ejemplo,
Von Deutscher Seele es una cantata hermosa, con momentos inspirados, pero no considero que se compare con los Gurrelieder ni con la Segunda de Mahler. El concierto para violín op. 34, el concierto para violonchelo op. 42, ls sinfonía "An der Freude" o la suite musical de la obra Das Kätchen von Heilbronn son algunas de sus obras que merecerían estar en salas de conciertos de forma más asidua, aunque la mayoría de ellas no son comparables en tamaño artístico a los poemas sinfónicos de Strauss o a la música de Korngold o Britten.
Palestrina fue estrenada en 1917, con un enorme éxito, y permaneció en el repertorio hasta después de la Segunda Guerra Mundial. Considerada como una "leyenda musical", Pfitzner se compara con Palestrina: la Santa Sede debate, entre otros asuntos, el prohibir la polifonía, un símbolo de la secularización, y que había supuesto una innovación en la música sacra, para volver a la "pureza" del canto gregoriano. Palestrina defiende el arte, su arte, de la élite, de venderse al poder que, representado en el Cardenal Borromeo, le coacciona para componer una misa que le permita salvar la polifonía. Él prefiere la inspiración, y antes que ser obligado, prefiere no componer. Pfitzner pretende defender su arte conservador de los "peligros" de la modernización de la música, tan aceptados por la élite cultural. Y como Palestrina tras perder a su esposa, algo que influye en su pérdida de inspiración, Pfitzner se convierte en un ermitaño social debido a las tragedias de su vida, aunque esto sucedería después de 1917. El acto segundo de la obra transcurre en el concilio de Trento, donde nadie se pone de acuerdo en nada, y al final el gran conflicto que acaba en riña es reprimido con ejecuciones y torturas: una alegoría profética de cómo iba a ser la República de Weimar con la que muchos alemanes, Pfitzner incluido, no parecían estar contentos. Hay mucha influencia de la obra de Wagner, el primer acto es deudor de Parsifal, especialmente en la primera obertura, donde se escucha el motivo principal de la obra. El primer acto, es sin duda el más inspirado. Después, hay momentos de gran belleza y colorido musical, alternándose con otros más del montón. Aún así, la orquestación, como varios han apuntado, es bastante interesante. El segundo acto, con tanta discusión, puede recordar que Tannhäuser o los Maestros Cantores, pero como bien dijo Pfitzner, sin motivo para la risa. El tercer acto es bello musicalmente, pero sin la inspiración del primero. La obra termina con una breve reflexión del músico antes de que se ponga a tocar el órgano, cerrando la obra con el motivo principal de la obertura.
En 2009, la Ópera de Múnich la puso en escena, con un montaje bastante funcional de
Christian Stückl, en el que se ve un cuadrado donde cuelga el retrato de la mujer del compositor, una mesa y unas escaleras, todo rodeado de un fondo negro, que se convertirá en verde cuando Palestina encuentre la inspiración para componer, apareciéndosele una sucesión de ángeles. En el segundo acto, el fondo del escenario es rosa en la escena del concilio. El Cardenal Borromeo llega en limusina. En el tercer acto, hay un retrato de Jesucristo con la corona de espinas, con el fondo verde y rosa. En general, el montaje no molesta, y el argumento es comprensible. Lo llamativo de que Borromeo entre en limusina podría responder a que la situación de Palestrina podría suceder hoy: la iglesia sigue siendo igualmente poderosa.
Simone Young dirige la
Orquesta de la Ópera de Múnich de forma notable, con bellas interpretaciones de las tres oberturas, poniéndose más al servicio de la obra en una dirección dinámica, pero que al mismo tiempo permite que la orquesta brille. El coro es igualmente notable, muy en especial al final del primer acto, en el que interviene su sector femenino.
El reparto es de lo más notable que en esa época se podía conseguir en Alemania.
Christopher Ventris en el rol principal, se encontraba en ese entonces en su mejor momento, probándolo una voz bellísima, lírica, de sonido brillante, aunque por otro lado hace parecer más joven al personaje.
Falk Struckmann y
Michael Volle son Borromeo y Morone respectivamente, ambos notables en sus interpretaciones pero se echa de menos un poco más de autoridad y grave en el Borromeo. Las mujeres son excelentes:
Christiane Karg es un estupendo Ighino y
Gabriella Scherer como Silla mantiene ese nivel. En el extenso reparto se encuentran nombres como
John Daszak, Wolfgang Koch y
Peter Rose en el breve rol del Papa, como muestra del enorme nivel que se congregó.
Hans Pfitzner es un compositor a reivindicar, y Palestrina una ópera que debería verse más a menudo. Este año será escenificada en Viena, dirigida por su valedor Christian Thielemann, para los afortunados que vayan a verla. Es una pena que su obra no sea tan representada a menudo, pero sus posiciones a lo largo de su vida nos han privado de ello. Él solo sentó las bases de su propio olvido.